Antes de detenerse frente a los cuadros, el visitante escucha un silencio poco común. No es el silencio de una sala vacía, sino el de las personas que observan con detenimiento imágenes que parecen moverse entre dos mundos. En una pared aparece el rostro de Ricardo Flores Magón. En otra, seres fantásticos, animales, nahuales y personajes de colores intensos parecen escapar de la pintura para ocupar el espacio. Entre las figuras se leen palabras en lengua mazateca que, más que explicar las obras, forman parte de ellas.
Nada en esta exposición busca ilustrar la historia de manera convencional.

Cada cuadro parece responder una misma pregunta: ¿qué ocurriría si el pensamiento libertario de Ricardo Flores Magón dialogara con la cosmovisión mazateca de un artista nacido un siglo después?
La respuesta se encuentra en “De mazateco a mazateco. Ricardo Flores Magón y Filogonio Naxín”, la exposición que el creador oaxaqueño presenta en la Casa de la Cultura Oaxaqueña y que propone una lectura distinta del revolucionario mexicano: no desde los libros de historia, sino desde la memoria de un pueblo que sigue vivo.
Filogonio Naxín no habla de Flores Magón como un personaje distante.
Habla de él como de alguien que comparte la misma tierra.
La misma montaña.
El mismo origen.
“Esta exposición se llama De mazateco a mazateco, Ricardo Flores Magón y Filogonio Naxín. Es un diálogo con la ideología y la filosofía de Ricardo Flores Magón y parte de mi cultura, que es la cosmogonía mazateca”, explica mientras recorre la sala donde conviven pintura, grabado y escultura.
Su intención no consiste en reproducir episodios históricos.
Busca algo más complejo: establecer un puente entre dos maneras de entender la libertad.
Mientras Flores Magón hizo de la palabra un instrumento para denunciar la desigualdad y defender la emancipación social, Naxín encuentra en el arte un espacio donde la cultura indígena continúa resistiendo frente al olvido.
VOLVER AL ORIGEN
La idea de la exposición nació de una observación sencilla. Durante años, el artista escuchó hablar de Ricardo Flores Magón como uno de los grandes ideólogos de la Revolución Mexicana, pero pocas veces encontró referencias a sus raíces indígenas.
“Hay gente que no conoce que los hermanos Flores Magón también pertenecieron a la cultura mazateca”, comenta.
La afirmación no pretende corregir un dato biográfico.

Busca abrir una reflexión sobre la manera en que la historia nacional ha invisibilizado, en muchos casos, el origen indígena de algunos de sus protagonistas.
Naxín nació en Mazatlán Villa de Flores, en la Sierra Mazateca, la misma región de donde provenía la familia Flores Magón.
Para él, esa coincidencia territorial representa mucho más que un dato geográfico.
Es el punto donde comienzan a cruzarse dos historias separadas por más de cien años.
Por un lado, está el revolucionario que convirtió el periódico Regeneración en una tribuna política y enfrentó persecuciones, cárcel y exilio.
Del otro, un artista indígena que ha encontrado en la pintura, el grabado y la ilustración otra forma de cuestionar la realidad.
Los lenguajes son distintos.
El propósito, en cambio, parece coincidir.
Hablar de libertad.
La revolución también puede pintarse
El recorrido por la exposición revela que Naxín no intenta representar literalmente a Flores Magón.
Sus retratos aparecen rodeados de símbolos, animales y personajes que pertenecen al imaginario mazateco.
La revolución deja de entenderse únicamente como un hecho histórico para convertirse en una experiencia cultural.

Fernando Gálvez de Aguinaga, curador de la muestra, identifica con claridad esa transformación.
En el texto que acompaña la exposición escribe:
“El arte de Filogonio defiende, en sus maneras y tras haber recorrido sus propios caminos, una visión estética fundada desde su comunidad originaria, pero también desde su mundo de trabajo y labores en las ciudades de Oaxaca y de México.”
La observación resulta fundamental para comprender el trabajo del artista.
Su pintura no nace exclusivamente de la tradición.
Tampoco surge únicamente de la academia.
Es el resultado de dos experiencias que durante mucho tiempo parecían incompatibles: la vida comunitaria en la Sierra Mazateca y el aprendizaje adquirido en la ciudad.
Gálvez incluso establece un vínculo más profundo entre ambos personajes cuando afirma:
“La anarquía de Ricardo Flores Magón está en la libertad de trazo, cromatismo, concepto y composición de Filogonio Naxín.”
La frase sintetiza el sentido de toda la exposición.
No se trata únicamente de pintar a un revolucionario.
La revolución ocurre en la propia manera de pintar.
Una estética que nace desde la comunidad
Durante décadas, buena parte del arte indígena fue observado desde una mirada folclórica o artesanal.
La propuesta de Filogonio Naxín rompe con esa clasificación.
Sus pinturas dialogan con el grabado contemporáneo, con la literatura, con la historia política y con las discusiones actuales sobre identidad y memoria.
No intenta representar un pasado congelado.
Construye un presente.
En ese sentido, la cosmovisión mazateca no aparece como un tema decorativo.
Es la estructura que sostiene toda la exposición.
“Van a encontrar justamente desde el pensamiento y la resistencia, pero partiendo desde mi cosmogonía mazateca”, explica.
Cada personaje fantástico, cada nahual y cada animal responde a una manera distinta de comprender el mundo.
No son figuras inventadas para embellecer el cuadro.
Proceden de una tradición oral que ha sobrevivido durante generaciones y que continúa alimentando la imaginación de las comunidades mazatecas.
Ahí reside una de las mayores fortalezas del trabajo de Naxín.
Su obra no traduce la cultura indígena para hacerla comprensible al espectador urbano.
Invita al visitante a entrar en ella.
LA LENGUA TAMBIÉN PINTA

Si los personajes revelan la riqueza de la cosmovisión mazateca, las palabras terminan por completar el discurso.
Muchas de las piezas incluyen frases escritas en lengua mazateca.
No funcionan como títulos.
Tampoco son traducciones.
Son parte del lenguaje plástico.
“Casi todas las piezas tienen palabra y frase en lengua mazateca, que están justamente dialogando con esta resistencia de la lengua mazateca”, explica el artista.
En un país donde decenas de lenguas originarias enfrentan procesos constantes de desplazamiento, esta decisión adquiere un significado político y cultural.
Las palabras dejan de ser únicamente un vehículo de comunicación.
Se convierten en color.
En textura.
En imagen.
En memoria.
Y, sobre todo, en una afirmación de que la lengua sigue viva porque continúa nombrando el mundo desde quienes la hablan.
Para Naxín, la lengua es el primer territorio de identidad.
El artista considera que su lengua materna es el mazateco, porque fue la primera forma en que comprendió el mundo, la comunidad y la naturaleza. Después llegó el dibujo y la gráfica como otros lenguajes de expresión, y posteriormente el español o castellano como una herramienta para comunicarse con otros espacios culturales.
Esta manera de entender sus propios lenguajes revela una idea profunda: su obra no es una traducción de la cultura mazateca hacia el exterior, sino una creación que nace desde esa raíz y dialoga con otros mundos.
EL TRAZO COMO ACTO DE LIBERTAD
Una de las características que distingue la obra de Filogonio Naxín es la manera en que entiende el proceso creativo. Frente a la idea tradicional del artista que planea cada detalle antes de comenzar una pieza, Naxín apuesta por la espontaneidad, por permitir que la imagen aparezca durante el acto mismo de pintar.
Sus obras no nacen necesariamente de un boceto previo.
Nacen del movimiento.
Del impulso.
De la memoria acumulada.
“No uso boceto; así como van surgiendo, literal, así es como se van haciendo todos los trazos”, explica.
Esta forma de trabajo no significa improvisación sin dirección. Por el contrario, detrás de cada línea existe una experiencia construida durante años de observación, aprendizaje y convivencia con su cultura.
“Todos son trazos muy lúdicos, efímeros”, señala.
En esa libertad formal se encuentra uno de los vínculos más profundos con Ricardo Flores Magón. La ruptura de las reglas establecidas, la búsqueda de nuevos caminos y la defensa de la autonomía aparecen tanto en el pensamiento político del revolucionario como en la manera en que Naxín construye sus imágenes.
Fernando Gálvez de Aguinaga observa precisamente esa relación cuando plantea que la herencia libertaria de Flores Magón permanece en la obra del artista mazateco a través del color, la composición y la libertad creativa.
En las pinturas de Naxín, la forma no busca obedecer una estructura rígida.
Busca expresar.
Cuando la literatura se transforma en imagen
La exposición también recupera una faceta menos conocida de Ricardo Flores Magón: su producción literaria.
Además de textos políticos, el revolucionario escribió cuentos y obras teatrales donde utilizó la imaginación y el humor para cuestionar las injusticias sociales.
Entre esos relatos, Filogonio Naxín encontró una pieza que llamó especialmente su atención: “La torta de pan”.

La historia de una torta que reflexiona sobre su propia existencia puede parecer absurda a primera vista, pero para el artista contiene una crítica profunda sobre la sociedad.
“Me gustó cómo una torta se pone a pensar, a filosofar la rebeldía”, explica.
El relato plantea una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando alguien tiene la posibilidad de actuar, pero permanece inmóvil ante las circunstancias?
Para Naxín, esa reflexión continúa vigente.
“Me causó algo entre gracioso y cómico, pero también un pensamiento que es lo que aún seguimos viviendo en esta actualidad.”
A partir de esa lectura realizó cuatro ilustraciones que trasladan el universo literario de Flores Magón al lenguaje visual.
El resultado no es una representación literal del cuento.
Es una reinterpretación desde la sensibilidad mazateca.
La imaginación del escritor revolucionario encuentra así un nuevo territorio en la pintura.
La diversidad de técnicas: una misma búsqueda
La exposición reúne distintas disciplinas que muestran la amplitud del trabajo de Naxín.
Pintura, grabado y escultura conviven en un mismo espacio para construir una narrativa donde cada técnica aporta una posibilidad diferente.
El visitante encuentra obras realizadas mediante óleo, acrílico, monotipo, aguafuerte, azúcar sobre cobre y serigrafía análoga.
Cada procedimiento implica una relación distinta con la materia.
El grabado, por ejemplo, exige paciencia y precisión.
La pintura permite mayor libertad gestual.
La escultura abre una nueva dimensión espacial.
“Ahora también estoy manejando esculturas; voy sacando la obra del lugar y la pongo dentro del espacio tridimensional”, explica.
Esta exploración representa una nueva etapa dentro de su trayectoria.
Después de trabajar durante años con la superficie plana del papel y el lienzo, sus personajes comienzan a ocupar otros territorios.
Los seres imaginarios que antes habitaban únicamente la pintura ahora buscan existir físicamente.
DEL NIÑO QUE DIBUJABA EN LA SIERRA AL ARTISTA RECONOCIDO INTERNACIONALMENTE

La historia artística de Filogonio Naxín no comenzó en una galería.
Comenzó en la Sierra Mazateca.
Desde niño encontró en el dibujo una forma de expresión.
“Dibujo desde los siete años”, recuerda.
Pero el camino hacia el reconocimiento estuvo marcado por múltiples trabajos, aprendizajes y dificultades.
Como muchos artistas provenientes de comunidades indígenas, tuvo que construir su trayectoria enfrentando limitaciones económicas y sociales.
Su formación estuvo vinculada con Oaxaca y posteriormente con la Ciudad de México, espacios donde amplió sus conocimientos y entró en contacto con otros lenguajes artísticos.
Hoy su obra forma parte de espacios culturales de gran relevancia.
Ha presentado piezas en el Museo Nacional de Antropología, el Museo Vivo del Muralismo, la Biblioteca Pública de Nueva York y diversas instituciones internacionales.
También ha realizado trabajos para proyectos culturales en Francia.
Sin embargo, esos reconocimientos no borran el origen.
Al contrario.
Para Naxín, regresar a Oaxaca y presentar su obra en la Casa de la Cultura tiene un significado especial.
“Aquí fue donde por primera vez recibí mis primeros talleres”, recuerda.
El espacio donde comenzó su formación se convierte ahora en el lugar donde comparte una obra madura, construida después de décadas de trabajo.
Es un regreso al punto de partida.
EL ARTISTA DETRÁS DE LA OBRA: CREAR Y SOBREVIVIR

El reconocimiento público suele ocultar una parte fundamental de la vida de los artistas: la lucha cotidiana para sostener la creación.
Filogonio Naxín habla de esa realidad con claridad.
La pintura, aunque representa una necesidad profunda, también implica enfrentar las condiciones económicas del mundo artístico.
“Yo trabajo 24 horas, amanezco pintando, duermo pintando; ya es algo interno, una necesidad que nace desde el corazón, desde el alma”, expresa.
Pero esa pasión convive con una realidad compleja.
“No todo lo que uno pinta se puede vender… no es como vender comida o una necesidad cotidiana.”
Para el artista, crear implica una forma permanente de resistencia.
No sólo por las dificultades económicas, sino porque muchas veces las propuestas indígenas deben abrirse espacio dentro de un sistema artístico que históricamente ha privilegiado otras miradas.
Para continuar produciendo, Naxín ha desarrollado distintas actividades relacionadas con el arte: ilustración de libros, proyectos gráficos y colaboraciones culturales.
No se trata de abandonar la pintura.
Se trata de encontrar caminos para mantenerla viva.
LA RESISTENCIA COMO FORMA DE VIDA

La trayectoria de Filogonio Naxín permite observar que el arte no surge únicamente de la inspiración.
También nace de la disciplina.
De la constancia.
De la capacidad de continuar incluso cuando las condiciones no son favorables.
Cuando habla con jóvenes artistas, no promete caminos fáciles.
Su mensaje está relacionado con la perseverancia.
“La única forma de hacer es también esa resistencia y ese constante trabajo mismo”, afirma.
Para él, la creación exige mantener claro el objetivo personal.
“Va a haber muchos obstáculos, muchos tropiezos, muchas cosas que pueden enfrentarse en el camino, pero si uno se deja guiar por ese obstáculo, tampoco logra el objetivo.”
Su propia historia funciona como ejemplo.
Antes de ocupar salas de museos nacionales e internacionales, hubo años de aprendizaje, incertidumbre y trabajo silencioso.
Hubo momentos donde los materiales eran escasos. Sin embargo, la falta de recursos económicos no frenó su imaginación; por el contrario, lo llevó a experimentar con materiales y procedimientos poco convencionales.
Durante una etapa en que trabajó como carnicero, exploró las posibilidades de la sangre de res como material pictórico. Aquella experiencia muestra una característica esencial de su obra: transformar los elementos de la vida cotidiana en recursos creativos.
Para Naxín, cualquier material puede contener una posibilidad artística cuando existe una mirada capaz de descubrirla.
Pero la necesidad de crear permaneció.
“Lo más importante es no dejar de producir, no dejar de crear las cosas”, sostiene.
Esa idea resume una de las principales enseñanzas de su trayectoria: el arte no sólo es una profesión.
Es una forma de permanecer en el mundo.
UN ARTE QUE NO MIRA AL PASADO: DIALOGA CON EL PRESENTE

La obra de Filogonio Naxín parte de una raíz profunda, pero no permanece encerrada en ella. Su trabajo demuestra que las culturas originarias no son expresiones detenidas en el tiempo, sino espacios vivos donde la memoria, la creatividad y la reflexión continúan transformándose.
En la exposición “De mazateco a mazateco. Ricardo Flores Magón y Filogonio Naxín”, la tradición no aparece como una pieza de museo.
Aparece como una fuerza activa.
Los nahuales, los seres fantásticos, la lengua mazateca y los símbolos comunitarios conviven con referencias históricas, técnicas contemporáneas y cuestionamientos sociales.
La propuesta de Naxín rompe con una visión limitada que durante mucho tiempo colocó al arte indígena únicamente dentro del terreno de la artesanía o del folclor.
Sus obras plantean otra lectura: el arte producido desde los pueblos originarios también puede abordar la política, la filosofía, la historia y los grandes debates del presente.
En sus cuadros no hay una separación entre lo ancestral y lo contemporáneo.
Ambos mundos forman parte de una misma realidad.
RICARDO FLORES MAGÓN DESDE OTRA MIRADA

Uno de los principales aportes de la exposición es recuperar a Ricardo Flores Magón desde una perspectiva distinta.
La historia oficial suele recordarlo como un revolucionario, periodista y pensador anarquista.
Naxín propone observarlo también como un hombre vinculado a una comunidad, a una lengua y a una región específica.
La Sierra Mazateca deja de ser un dato secundario de su biografía para convertirse en un elemento fundamental de interpretación.
El artista plantea una pregunta necesaria: ¿qué parte de la identidad indígena de los personajes históricos mexicanos ha sido ignorada o minimizada?
La exposición responde desde la creación artística.
No mediante un discurso académico, sino a través de imágenes donde Flores Magón comparte espacio con símbolos de la cultura mazateca.
La intención no es apropiarse de su figura, sino establecer una conversación.
El revolucionario que defendió la libertad política encuentra un eco en un artista que defiende la libertad cultural.
EL TERRITORIO COMO MEMORIA
Para Filogonio Naxín, la Sierra Mazateca no es únicamente un lugar de origen.
Es una fuente permanente de pensamiento.
El territorio aparece en sus obras como una memoria acumulada: historias transmitidas por generaciones, formas de entender la naturaleza y relaciones espirituales con el entorno.
Esa relación con el territorio explica por qué sus personajes no pueden separarse de la comunidad que los vio nacer.
Cada figura contiene una parte de esa memoria colectiva.
Cada color evoca una experiencia.
Cada símbolo guarda una historia.
En un momento donde muchas comunidades indígenas enfrentan desplazamientos, pérdida de lenguas y transformaciones aceleradas, la obra de Naxín adquiere una dimensión política.
Crear también es conservar.
Pintar también es resistir.
EL ARTISTA FRENTE AL MERCADO Y LA PERMANENCIA
El reconocimiento institucional que ha recibido Filogonio Naxín no elimina los desafíos que enfrentan los creadores indígenas dentro del sistema artístico.
Su trayectoria muestra una contradicción frecuente: mientras existe una creciente valoración internacional del arte indígena, muchos artistas continúan enfrentando dificultades económicas para sostener su producción.
Naxín lo expresa desde su propia experiencia:
“El arte siempre es una resistencia.”
La frase resume una condición compartida por numerosos creadores: producir no solamente implica tener una idea o una técnica, sino encontrar las condiciones materiales para continuar trabajando.
La independencia artística requiere también perseverancia.
Por ello, la historia de Naxín resulta significativa.
Su reconocimiento no apareció de manera inmediata.
Fue resultado de años de trabajo constante, aprendizaje y búsqueda personal.
UN MENSAJE PARA LAS NUEVAS GENERACIONES
Cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes comienzan una trayectoria artística, Naxín no habla de fama ni de éxito.
Habla de compromiso.
De disciplina.
De mantenerse fiel a una búsqueda.
“Tener la parte de la disciplina, siempre tener el eje y el objetivo de lo que uno quiere hacer, sin perder ese eje”, afirma.
Su mensaje se construye desde la experiencia.
El artista sabe que el camino creativo está lleno de dificultades, pero también sabe que abandonar la creación significa perder una parte esencial de uno mismo.
“No dejar lo que a uno le gusta”, resume.
Esa frase podría funcionar como una síntesis de su propia trayectoria.
El niño que dibujaba en la Sierra Mazateca.
El joven que buscaba formación artística.
El creador que trabajó en distintos oficios para sostener su vocación.
El artista que hoy expone en museos nacionales e internacionales.
Todos forman parte de la misma historia.
LA IMAGINACIÓN COMO TERRITORIO DE LIBERTAD
La obra de Filogonio Naxín confirma que la imaginación no es una fuga de la realidad.
Es una manera distinta de comprenderla.
Sus personajes fantásticos no alejan al espectador del mundo concreto.
Lo obligan a mirarlo desde otra perspectiva.
En sus pinturas conviven la crítica social, la memoria comunitaria y la celebración de la identidad.
Esa mezcla es precisamente lo que vuelve singular su propuesta.
Como escribió Fernando Gálvez de Aguinaga:
“El mundo de Naxín es tan dinámico como su vida: los fuertes cambios han cimbrado a un hombre que ha sabido responder a las transformaciones sin perder identidad ni metas.”
La frase describe una trayectoria marcada por el movimiento.
Por los cambios.
Por los desplazamientos.
Pero también por una certeza: mantener una raíz mientras se dialoga con el mundo.
UNA EXPOSICIÓN QUE DEJA PREGUNTAS ABIERTAS
Al finalizar el recorrido por De mazateco a mazateco, queda claro que la exposición no busca únicamente mostrar obras.
Busca generar preguntas.
¿Qué significa conservar una identidad en un mundo globalizado?
¿Cómo pueden sobrevivir las lenguas originarias frente a los procesos de desaparición?
¿Qué papel tiene el arte cuando una comunidad necesita defender su memoria?
Filogonio Naxín responde desde la creación.
Su respuesta está en los colores, en las palabras mazatecas, en los personajes fantásticos y en la libertad de sus trazos.
Su obra recuerda que la cultura no es una pieza del pasado.
Es una construcción permanente.
La exposición demuestra que el arte indígena contemporáneo tiene una voz propia, capaz de dialogar con la historia de México y con los desafíos del presente.
Filogonio Naxín no pinta solamente lo que recuerda.
Pinta lo que permanece.
Y en esa permanencia encuentra una forma de libertad.










































