En Oaxaca, la antropóloga y creadora Guislaine Loyre Dehautecloque ha construido una obra que atraviesa culturas, dioses, astronomía, cosmos y vibraciones. Su recorrido no parece seguir una línea, sino una pregunta persistente: qué existe más allá de aquello que nuestros ojos alcanzan a ver.
Hay nombres que necesitan explicación.
“Mi nombre, me llamo Elena para hacerlo fácil”, dice Guislaine Loyre Dehautecloque. Hace una pausa y enseguida corrige el gesto de simplificación: “Se olvida de eso, pero es mi identidad”.
La frase parece pequeña, pero dice mucho de la mujer que está detrás de ella. Guislaine no parece cómoda con las etiquetas sencillas. Antropóloga de formación, investigadora por vocación y artista por una necesidad que fue creciendo con los años, ha construido su trayectoria a partir de preguntas que la llevan de un territorio a otro, de una cultura a otra y, ahora, de lo visible hacia lo microscópico.
“Siempre por formación profesional lo que me interesa es dar cuenta de algo”, explica.
No habla de su obra como una confesión personal. No parece interesarle pintar simplemente lo que siente. Lo que busca, dice, es otra cosa:
“Lo que me interesa es tener una conexión con la historia, con la naturaleza, con algo que existe, con algo bello”.
Ahí comienza el recorrido.
LA ANTROPÓLOGA QUE NECESITABA CAMBIAR DE PREGUNTA
Antes de que Coatlicue apareciera en su trabajo, hubo otros mundos.

Filipinas forma parte de su historia como investigadora. También India, Egipto, América del Sur y las antiguas culturas de Mesoamérica. Shiva bailando, la representación del cielo en el antiguo Egipto, la astronomía de los mayas y Monte Albán han sido algunos de los territorios conceptuales que ha explorado mediante el dibujo, la pintura, el textil y otros lenguajes.
El tránsito de la antropología hacia la creación artística no ocurrió de golpe.
“Siempre he dibujado y hecho cositas”, cuenta. En algún momento decidió que quería tomarse el tiempo para desarrollar esa parte de sí misma.
Pero su formación como investigadora terminó imponiendo sus propias reglas.
“Como yo era investigadora, no estoy contenta con hacer algo. Si sé, ya pasó lo siguiente, y cuando sé, me aburre repetirme”.
Por eso cambia de tema.
No necesariamente porque abandone una investigación, sino porque una respuesta abre otra pregunta.
“Entonces así pasó de un tema a otro”, dice.
Su obra puede leerse, entonces, como una especie de mapa de curiosidades: cada pieza es una parada y cada parada conduce a otra.
MIRAR EL CIELO PARA ENTENDER LA TIERRA
En Monte Albán encontró uno de esos cruces que parecen interesarle especialmente: religión, arquitectura, poder y observación del cielo.
Trabajó sobre lo que identifica como un monumento astronómico y sobre elementos grabados de la antigua ciudad zapoteca. Reconoce, sin embargo, que en ese momento no contó con el acompañamiento de un arqueólogo que pudiera corroborar todas sus interpretaciones.
Lo que le interesaba era la relación entre la sociedad y el universo que tenía encima.
También había encontrado algo parecido en su acercamiento a los mayas.
“No se habla del norte y del sur”, explica. “Se habla de la puesta del sol, de la salida del sol”.
Y enseguida remata:
“Eso es lo importante”.
La frase revela una de las constantes de su mirada: las culturas que estudia no son únicamente conjuntos de objetos antiguos. Son otras maneras de orientarse, de comprender el territorio y de relacionarse con aquello que está por encima y alrededor del ser humano.
“CUANDO ME ACERQUÉ A OAXACA, NO HAY OTRO LUGAR”
México llegó primero como un viaje.
Tenía una amiga de muchos años, compañera de sus estudios doctorales en Filipinas, y decidió visitarla. Después comenzó a recorrer el país.
Pasó por Pátzcuaro. Viajó por distintos lugares. Hasta que llegó a Oaxaca.
La frase con la que recuerda ese momento es contundente:
“Cuando me acerqué a Oaxaca, no hay otro lugar”.
Se quedó seis meses, lo que permitía su visa. Después regresó. Lo hizo varias veces.
“Lo hice no sé tres o cuatro veces”, recuerda.
Hasta que la estancia dejó de ser temporal.
Su residencia pasó de cuatro años a permanente.
Oaxaca ya no era el destino de un viaje. Era el lugar desde el que podía seguir mirando.
COATLICUE, LA FIGURA QUE LO CONECTA TODO
Entonces apareció Coatlicue.

En la cosmovisión mexica, Coatlicue es una figura de enorme importancia. Para Guislaine, además, se convirtió en una especie de centro gravitacional de su investigación.
“Cuando llegué aquí la deidad más potente es ella. Ella es todo”.
Trabajó el tema con un arqueólogo y comenzó a descubrir conexiones.
“Ella se conecta con todos”.
La investigación desembocó en una serie de más de ochenta piezas. Algunas son fotografías; otras, pinturas sobre tela. Hay textiles y trabajos de costura, incluidos materiales textiles de Oaxaca, además de aproximaciones gráficas.
Pero Guislaine evita definirse como artista gráfica.
“No me quiero presentar como artista gráfica”, aclara.
La resistencia a las categorías vuelve a aparecer.
Quizá porque su obra tampoco parece obedecerlas.
Hay fotografía, pintura, textil, investigación antropológica, referencias arqueológicas y una búsqueda personal que no termina de acomodarse en un solo lenguaje.
Trabajar con Coatlicue, además, implicaba un desafío distinto.
“No sabía cómo los mexicanos iban a recibirme con un tema tan fuerte”.
La frase introduce una pregunta que permanece abierta: qué significa interpretar desde Oaxaca, siendo extranjera, una figura profundamente arraigada en la historia cultural de México.
Guislaine no parece responderla con una teoría. La responde trabajando.
DE UNA DIOSA AL UNIVERSO
Coatlicue no fue el final.
Después llegó el universo. Lo cósmico. Las energías.
Y finalmente, lo cuántico.
“Me fascina”, dice.
Podría parecer un salto radical: pasar de una deidad mexica a la física cuántica. Pero para Guislaine las fronteras son menos rígidas.
“Todo se junta, es difícil clasificar y poner caja”.
Esa frase podría funcionar como una definición involuntaria de su trayectoria.
No se trata de demostrar que Coatlicue y la física cuántica hablan de lo mismo. Tampoco de convertir una interpretación artística en una explicación científica. De hecho, ella misma establece el límite:
“No tengo un planteamiento científico”.
Lo que busca es una experiencia distinta del mundo.
Quiere que quienes se acerquen a su trabajo puedan percibirlo de otra manera:
“Que la gente escuche el mundo de manera así, vibracional”.
Habla de energía, luz, células, protones y de la conexión entre el cuerpo y el universo. Son conceptos que utiliza como parte de una sensibilidad artística, no como una teoría científica.
Y llega a una conclusión más íntima:
“Es una manera totalmente distinta de sentirnos y de sentir el universo”.
La palabra importante quizá no sea “cuántico”.
Es sentir.
UNA CASA ABIERTA AL UNIVERSO
Esa búsqueda tampoco termina cuando abandona el espacio de exposición.

En San Agustín, donde vive, Guislaine ha encontrado un entorno que parece corresponder con su manera de entender el mundo.
“Si vivo en San Agustín, es por no estar en la chamba de la ciudad”, dice.
Su casa, cuenta, tiene muchos cristales y un espacio central abierto.
La luz entra.
El aire entra.
También las hormigas y otros animales.
“Así que vivo afuera, con todas las hormigas, todos los animalitos que entran y salen”.
La casa fue construida por el artista y maestro papelero Alberto Valenzuela y es conocida como la Casa del Papel.
Para Guislaine no es solamente una vivienda.
Es parte de su manera de estar.
“Estoy conectada a cada momento con el medio ambiente, con el universo”.
La frase que en una sala de exposición podría sonar abstracta adquiere otra dimensión aquí: tiene ventanas, luz, insectos, aire y plantas.
EL SONIDO TAMBIÉN PUEDE CONSTRUIR
En su próximo trabajo, la materia volverá a encontrarse con la vibración.

Participará junto con un colaborador que trabaja con cuencos de cuarzo y gongs. Guislaine llevará una pieza construida a partir de alambre recuperado y pequeñas formas que representan planetas.
La intención es terminarla frente al público.
No solamente mostrar el resultado, sino mostrar el proceso.
El sonido tendrá un papel importante.
“Con la energía de esa música, porque los dos se añaden, no se juntan, se añaden”.
La frase podría describir también su propia trayectoria: no sustituir un tema por otro, sino añadirlo.
Coatlicue no desaparece cuando llega el cosmos.
El cosmos no desaparece cuando llega lo cuántico.
Cada pregunta se incorpora a la anterior.
DESPUÉS DEL UNIVERSO VIENEN LOS MICROORGANISMOS
Guislaine comenzó buscando respuestas en la antropología. Después las encontró —o siguió buscándolas— en las culturas antiguas, en Coatlicue, en el cielo, en el cosmos y en la vibración. Ahora su mirada se dirige hacia los microorganismos, hacia aquello que existe aunque no podamos verlo.
Quizá ahí radique la continuidad de su obra: no en los materiales ni en las técnicas, sino en la insistencia por mirar más allá de lo evidente.
“Aquí es una maravilla, se podría uno pasar la vida aquí”, dice sobre Oaxaca.











































