Su infancia no fue precisamente una “afortunada”, como él mismo la describe. Víctor Orozco Orozco (30 de julio de 1948) nació “al otro lado del río” (que en zapoteco se dice Cheguigo). En esa parte de la Octava Sección de Juchitán de Zaragoza transcurrió su infancia y desde ahí comenzó a forjar su sueño de ser artista, a pesar de que se esperaba que siguiera el oficio familiar, la curtiduría.
No fue fácil ir contra la corriente, pero más de 50 años después puede ver que ha logrado cosas increíbles. Víctor Cha’ca, como se le conoce, sabe que es posible lograrlo, pero que también son importantes las oportunidades para que las y los jóvenes no tengan un camino tan complicado como el suyo.
El artista zapoteco reflexiona sobre eso a propósito de su exposición “Xu Ro’/Terremoto”, que inaugura el 6 de febrero en el Centro Cultural San Pablo, en la ciudad de Oaxaca.
Con la exposición escultórica y de pintura titulada, el autor de 77 años resignifica el terremoto del 2017 que afectó a estados como Oaxaca, Chiapas y Puebla, pero principalmente al Istmo de Tehuantepec.
A partir de las vigas de madera de casas colapsadas por el sismo de 8.2 grados de ese 7 de septiembre, y que estaban destinadas al fuego o al desecho, el artista elaboró una serie de esculturas que, junto con otras en bronce, evocan el desastre, pero que también son un homenaje y una resignificación de lo vivido, de la vida y la muerte.
P: ¿Cómo recuerda su infancia en ese Juchitán antes del temblor?
R: “No fue precisamente una infancia afortunada. No nos faltaba comida porque mis padres se esforzaban mucho, pero era un entorno de mucha ignorancia, de mucha tradición y calor humano, pero no había mucha educación en esa época. Yo no era prodigio en la escuela, pero se notaba mi habilidad en el trabajo manual. Desde esa vez decidí, tuve un sueño y quise seguirlo por más que mis padres decían que aprendiera un oficio o que estudiara algo más útil como un maestro. Mi abuelo decía, con que te hagas un maestrito, con eso puedes sobrevivir si no quieres aprender el oficio familiar.
El oficio familiar era la curtiduría, para lo cual su abuelo y padre tenían una tenería, en donde curtían pieles de chivo y de borrego, hacían sombreros de palma y accesorios. “Querían que yo siguiera esa tradición, pero yo quisiera seguir mi sueño y estoy aquí gracias a ese sueño”.
Su madre era ama de casa, analfabeta; y su padre, “a duras penas estudió el segundo año” de primaria, “pero tenía una caligrafía hermosa, tenía habilidad para dibujar”. Cha’ca cree que ver dibujar a su padre marcó sus recuerdos, especialmente por dos dibujos que hizo. Uno de los recuerdos de entonces es cuando lo acompañó a comprar la casa que ahora es de sus hijos y que él ayudó a decorar con “muralitos, adornos, que hacíamos con un molde y pintábamos”.
Cha’ca se describe como un migrante, un zapoteco que salió de su natal Juchitán hace 35 años o más, pero que mantiene el vínculo con sus orígenes. Cuando ocurrió el sismo del 7 de septiembre del 2017, él estaba en su taller en el valle de Etla y su familia en la casa del Istmo. Pronto se enteró que Juchitán se destruyó con ese terremoto de 8.2 grados.
Al conocer de los estragos quiso salir inmediatamente para ayudar a sus paisanos, para animarlos, pero la realidad lo rebasó. “Al ver la angustia de la gente, el desastre, lloré con ellos. Siempre he dicho que no hay mujeres ni hombres valientes en una zona de desastre como lo fue Juchitán”.

Ahora, la exposición “Xu ro” es un homenaje para sus paisanos y para esas casas que nunca volverán a levantarse.
Víctor estima que fueron más de 10 mil casas tradicionales derrumbadas en toda la región Istmo, pero él solamente pudo recuperar las vigas de 10 o 15 viviendas.
Para las más de 80 esculturas realizadas en estos ocho años, tuvo que vender varias piezas para costear el proyecto. El curador, Héctor Palhares, seleccionó alrededor de 40 esculturas que desde febrero y hasta mayo podrán admirarse en el Centro Cultural San Pablo, de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca.
Aunque la exposición no se relaciona con su infancia, indudablemente tiene parte de su esencia, de sus más de 5 décadas de trayectoria. “Más de 50 años de que estoy en este negocio, se podría llamar así, porque estoy sobreviviendo. Hay artistas no tan afortunados que no pueden vivir tan fácilmente de esto”, explica.
P: Se dice que es muy difícil vivir del arte. En su caso, ¿lo es?
R: “Muy, muy complicado, pero el alma del arte no es ingrata. Cuando da, te da. Y cuando no, no”.
P: ¿Qué edad tenía cuando pensó en dedicarse al arte?
R: Como 13 años. Tuve un sueño muy vívido en el que alguien me decía que debía vivir de este modo, en el arte. Yo perseguí ese sueño, pero para hacerlo realidad tuvieron que pasar varios años. Mis primeras exposiciones profesionales fueron a finales de los 70. Esa etapa y antes de ella fue duro. Ejercí varios oficios para sobrevivir, pero nunca dejé el arte. Trabajé como carpintero, trabajé en Pemex, como obrero, fui a echar colado para comprar material y darle de comer a mis hijos.
P: ¿Qué le hizo aferrarse pese a las dificultades?
R: Recuerdo muy bien que por los años 70 estaba echando colado en la casa de un abogado, quería ganar los 150 pesos que estaban pagando ese día. Ahí estaba cuando me dicen: te buscan. Era una señora de la Ciudad de México, se llamaba Adriana Luna Parra, ella me propuso llevar mi obra a la Ciudad de México y desde ahí empecé a vender, pude dar solvencia a mi familia, aunque yo quería salir de la pobreza. No éramos miserables, teníamos qué comer, como mi padre que nunca nos dejó sin comida, pero no había lujos.
Ahorita, gracias a este oficio, gracias a Dios, ya podemos sobrevivir con cierta comodidad.
P: Muchos artistas como usted, por falta de oportunidades, han tenido que ser autodidactas
R: Yo siempre he sido autodidacta. Bueno, no creo que pueda llamarse así porque cuando el maestro Francisco Toledo fundó la Casa de la Cultura de Juchitán había muchas obras de literatura. Yo, desde mi pubertad, fui un lector empedernido, casi enfermizo, y solo podía calmarme leyendo… Ahí, en la Casa de la Cultura leí todos los libros de arte que había, también los de literatura, y así conocí más a la literatura universal, a los artistas universales de toda la historia de la humanidad. Eso no quiere decir que es necesario que esté en una escuela de arte, pero es muy importante. Es muy importante que los jóvenes vayan a la escuela. Si quieren estudiar arte, que vayan a la escuela.
Cha’ca recuerda que hace varios años, cuando Toledo y él se reencontraron en los valles centrales de Oaxaca, aquel le propuso crear una escuela de arte en Juchitán.
“Mientras él vivió nunca lo pudimos lograr, pero hace tres años se presentó la oportunidad con varios amigos que nos propusimos crear una escuela de arte en Juchitán vinculada a la UABJO (Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca). Esa es una de mis grandes satisfacciones, igual que esta exposición. En esta etapa de mi vida he logrado cosas muy importantes para el pueblo de Juchitán. Y queremos hacer más, una escuela de música también vinculada a la UABJO, que haya licenciaturas. Estoy haciendo cosas increíbles para mí, pero después de 50 años. En la escuela se pueden aprender en cinco o seis años todas estas técnicas para las que yo necesité muchos años para perfeccionarlas.












































