Texto: Jorge Gabriel Armenta Silva
A continuación, transcribiré los apuntes del Dr. Ignacio Alvarado, médico que atendió a Benito Juárez el día que falleció y nos detalla el momento del fallecimiento.
“Juárez desde hace algunos años sufría de dolores de cabeza, zumbidos de oídos y mareos, esa mañana del 18 de julio, hacia dos horas apenas que yo estaba a su lado cuando la opresión del corazón con que empezó se transformó en dolores agudos y repentinos, palidez en su semblante, Juárez sufría la angustia mortal de quien busca aire para respirar y no la encuentra, me daba la impresión que estaba probando a la vez lo que es morir y seguir viviendo. La enfermedad se desarrolló por ataques sucesivos, cada dolor tiene una duración de minutos, se van desvaneciendo poco a poco, su semblante vuelve a tomar color y entra en una calma completa y tal parece que ya estaba salvado”, continúa narrando el Dr. Alvarado, “serían las once de la mañana de aquel luctuoso día , cuando un nuevo calambre con dolor intenso lo obligó acostarse rápidamente al lecho, su pulso no se movía, el corazón latía débilmente, su semblante se demudo , en ese momento tuve que acudir contra mi voluntad, a aplicarle un remedio muy cruel pero eficaz: el agua hirviendo sobre el área del corazón. El Sr. Juárez se incorporó violentamente al sentir tan vivo dolor, y me dijo, ¡me está usted quemando! a lo que le conteste ¡Es intencional señor, así lo necesita usted! El remedio produjo felizmente un efecto rápido, haciendo que el corazón tuviera fuerza para latir, en diez minutos Juárez volvió a ser lo que era habitualmente”.
“Aquella calma de tres horas pronto desapareció y un nuevo ataque más formidable, más repentino y más prolongado que el de la mañana, vino a de ser la presa de una larguísima perturbación de la reciente tranquilidad de los que le rodeábamos, e inútiles fueron cuantos medios emplee antes de recurrir otra vez al agua hirviendo; fue al fin preciso venir porque ya no sentía el pulso debajo, le anuncie lo que íbamos a hacer, se tendió en el lecho, el mismo se descubrió el pecho y espero sin moverse aquel bárbaro remedio. Lo aplique sin perder el tiempo, aquel hombre que llevaba doce larguísimas horas de ser la presa de una dolorosa enfermedad y que por eso su energía estaba agotada, se levantó con calma sin manifestar ni impaciencia ni contrariedad; arregló su corbata, cubriose con su capa, se sentó en un sillón y ordenó que entrara el ministro Lerdo de Tejada, escuchó el asunto delicado que llevaba, dándole la solución definitiva, posteriormente una hora después mando a llamar a uno de los generales más distinguidos para intercambiar puntos de vista sobre la campaña que iban a iniciar un día después.
Momentos antes de morir Juárez estaba sentado tranquilamente en su cama: a las once y veinticinco de la noche se recostó sobre su lado izquierdo, descanso su cabeza sobre la mano, no volvió a hacer movimiento ninguno y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhalo el último suspiro”.






































