Segunda parte
El pueblo que cuida su historia, se cuida a sí mismo. Y en Mitla, ese cuidado nació de una convicción profunda: que los vestigios arqueológicos deben permanecer con quienes les dieron vida. Ese fue el motor que impulsó al señor Ervin Frissell, abogado jubilado de Nueva York, al llegar a Oaxaca en los años cincuenta, cuando las piezas arqueológicas se vendían con una libertad que hoy resulta dolorosa. Tras el descubrimiento de la tumba 7 de Alfonso Caso, el gobierno estatal intentó legislar para proteger el patrimonio, pero la federación lo frenó alegando exclusividad constitucional. El resultado fue un vacío legal que permitió la venta indiscriminada de piezas.
Frissell y su esposa Gertrudis, testigos de esa pérdida silenciosa, hablaron con las autoridades de Mitla para proponer un museo. La respuesta fue inesperada: ellos apoyarían… si él lo formaba. Así nació el Museo Frissell de Mitla, fruto de una minuciosa arquitectura jurídica. Frissell creó una asociación civil con expertos como Consejo Directivo, protocolizada ante notario, y también la “Junta Cultural Zapoteca”, A.C., con los pobladores de Mitla, cuyos objetivos eran proteger el acervo, promover la educación de niños y jóvenes que se impulsaran para estudios superiores, la salud, preservar la lengua zapoteca y fomentar las artesanías. Lo que dio solidez al proyecto y apego a la cultura originaria.
Las autoridades entregaban al museo cientos —quizá miles— de piezas halladas durante obras públicas. Frissell y Howard Leigh recorrieron 200 pueblos, documentaron inventarios con la fotografía de cada urna, dioses, diosas con tocados completos, vasijas y demás figuras y estatuillas. Leigh donó al Museo 600 piezas extraordinarias de arte zapoteca mediante escritura pública. La prensa oaxaqueña publicó imágenes espectaculares. Y hoy, ante el museo reabierto por insistencia del pueblo, surge la pregunta inevitable: “Nos preguntamos, ¿en dónde están ahora?… ¡No están todas!”. El municipio de Mitla tiene derecho a una rendición de cuentas. El sábado pasado se abrió una nueva sala con hermosas piezas. Pero y las demás, ¿dónde están?
Las escrituras notariales muestran que la llamada “compraventa” fue en realidad una donación: el dinero recibido fue devuelto al México City College, salvo diez mil pesos destinados a saldar una deuda con la familia Quero, anterior propietaria de la casa donde se instalaron museo, posada, restaurante y biblioteca. Las colecciones de pintura, el mural de Zurita, los libros especializados: todo fue donado a la institución educativa denominada México City Collegue, que era asociación civil, no se le donó a los dueños en lo personal sino a la institución por lo que nadie podría disponer de la casa ni de su contenido. Así consta en los documentos ante notario público.
La cláusula cuarta de la escritura obliga a que la casa se dedique a la enseñanza y divulgación científica, manteniendo siempre en ella, al Museo Frissell de Arte Zapoteco y un centro de estudios sobre culturas antiguas de América. Los Frissell pidieron vivir ahí hasta su muerte y recibir una pensión de veinticinco dólares mensuales, registrada en Hacienda Federal en 1959. Entregaron inventarios con fotografías de las piezas, registradas ante el INAH, justo con Ignacio Bernal alumno de Alfonso Caso.
Tras el fallecimiento de los Frissell, el investigador John Paddock administró el museo con rigor ejemplar. Sus informes mensuales —resguardados hasta hoy en la Fundación Bustamante-Vasconcelos de esta ciudad— muestran un museo vivo, visitado, respetado. Igualmente la administración de la rectora Margarita Gómez-Palacio, fue de promoción del Museo y visitas temporales de grupos de estudiantes de la UDLA de la hoy CDMX al Museo y ciudad de Mitla. El rendimiento económico del proyecto era sobresaliente.
Viene el inesperado cierre al día siguiente de la inauguración de la nueva museografía pagada por Américan Express que por primera vez tendría el Museo. Y empieza el saqueo, hasta la fatal noche del 30 de noviembre del año 2000, fecha en la que fue asaltado y prácticamente vaciado, rompiendo la museografía que nunca conoció el pueblo de Mitla, solo los restos y vidrios rotos, ninguna autoridad reclamó ni denunció a pesar del peregrinar de las autoridades municipales ante el INAH, CONACULTA y LA UDLA en la CDMX, constan los oficios.
Hablamos de 200 pueblos que desnudaron. De la historia arqueológica de 200 pueblos de Oaxaca. ¿Qué pasó con esos vestigios?

































