Primera Parte
El 22 de septiembre de 1910, Justo Sierra inauguró la Universidad Nacional y pronunció la frase que marcó a todo el magisterio mexicano:
“Me propongo que la educación del pueblo mexicano sea la religión del porvenir… La escuela laica, gratuita y obligatoria será el templo de esa religión nueva; el maestro, su sacerdote”. Sierra no hablaba en una metáfora hueca. Venía del siglo XIX, cuando la Iglesia tenía el monopolio de la enseñanza. Él, positivista, propuso cambiar la sotana por el pizarrón. El templo dejó de ser la parroquia y pasó a ser la escuela rural, la normal, el aula de adobe. El sacerdote dejó de dar misa y empezó a dar clases.
En Oaxaca esa idea arraigó con fuerza. ¿Por qué? Porque Oaxaca siempre fue dos Oaxacas: la de la capital con institutos, y la de la sierra con 570 municipios, 16 lenguas y caminos rotos. Ahí, el único representante del Estado que llegaba era el maestro. Llegaba caminando, con libros bajo el brazo, a fundar el templo. El maestro normalista oaxaqueño entendió su papel de manera literal: era quien bautizaba con letras, quien confirmaba con oficios, quien daba comunión con libros de texto. No por fe, sino por método. Por eso la Escuela Normal se llama así: porque da la “norma”, el método y la técnica para que el milagro de aprender ocurra sin milagrerías ni engaños.
La enseñanza hoy en Oaxaca es de peldaños rotos y cotón pinto. Enseñar en Oaxaca es subir una escalera como la del poema del Dr. Esteban Avendaño Chávez: “peldaños y más peldaños… peldaños tiene la vida: segundos, minutos, años de existencia dolorida; inconscientes los trepamos, añorándolos bajamos y en este vivir ignoto no sabemos, al dar el paso, si el escalón está roto”. El escalón roto es la escuela sin techo en una pobre Mixteca. Es el niño que llega sin desayunar en la Sierra Sur. Es la maestra bilingüe de preescolar que da clases en zapoteco, traduce al español y luego evalúa en los formatos de la SEP, secretaría creada por el oaxaqueño José Vasconcelos.
Es el “cotón pinto de la vida” que también describió Avendaño: la esfera rueda y no sabes si hoy te toca grupo multigrado, supervisión que no llega o bloqueo en la carretera por el mismo magisterio. Pero el normalista oaxaqueño sube igual, como cuando viene de Tuxtepec a Oaxaca y exclama: “medio viaje fue subir, medio viaje bajar la montaña; atravesamos y la friega fue inclemente, pero qué tal… ya llegamos, Tuxtepec está presente”. Porque su formación le enseñó que educar es parir luz, como el sol del otro poema: “desde una morena entraña brota un niño rubicundo, parido por la montaña”. Cada niño que lee por primera vez es ese sol rubicundo. Y la montaña morena es Oaxaca: áspera, dura, pero madre al fin.
Las Normales de Oaxaca —CRENO, ENBIO y las regionales de Tamazulápam, Comitancillo, Putla y Teposcolula, entre otras— no sólo dan título. Dan oficio y mística. Oficio: planeación, didáctica y diagnóstico. Mística: saber que cuando se dispersan las negruras de la ignorancia, el oriente cambia en lumbres. Que tu “alquería”, tu escuelita, se baña con luz de milagrería cada vez que un niño escribe su nombre.

El sacerdote del siglo XXI. A 113 años de Sierra, ¿sigue siendo el maestro un sacerdote? Sí, pero sin altar. El templo hoy tiene goteras, falta internet y el sacerdote a veces marcha en el zócalo porque no le pagan, no lo escuchan ni lo atienden los políticos. Pero el fondo no cambia: sin maestro no hay nación. Oaxaca lo sabe. Cuando cerraron la mina de Natividad, cuando se secaron los manantiales de Capulálpam, cuando el “cotopintero Dios” hizo rodar la esfera y unos se fueron y otros se quedaron… lo único que no se cerró fue la escuela. Porque el maestro entendió que él era el último peldaño que no podía romperse.
Justo Sierra murió el 13 de septiembre de 1912, en Madrid, lejos de México. No vio la Revolución, no vio la SEP de Vasconcelos ni a la ENBIO enseñando en 16 lenguas. Pero dejó la semilla: la educación como religión laica.
Hoy, este 15 de mayo, honramos al profesor normalista oaxaqueño porque cumple el rito todos los días: entra al templo-aula, se pone frente a 30 niños y oficia el milagro antiguo de convertir sonido en letra, letra en idea e idea en libertad. No usa incienso: usa gis y borrador. No da hostia: da tarea. No promete el cielo: promete que, si aprendes a leer, el mundo es tuyo.
Por eso, maestro: gracias por seguir siendo templo cuando todo se cae a tu lado; por ser norma cuando todo es caos; por ser sacerdote cuando ya pocos creen en la religión del saber y del aprendizaje para salir adelante. Tu religión del porvenir sigue viva. Y Oaxaca, parida por la montaña, te lo agradece.
Contexto: Justo Sierra era positivista. Para él, la ciencia y la educación sustituían a la religión católica como base del país. Por eso llamó al maestro “sacerdote” y a la escuela “templo”. En esta ocasión sólo queda decir que los maestros normalistas son los sacerdotes de la religión del porvenir del niño oaxaqueño. Hoy no celebramos sólo al “maestro”. Celebramos al normalista. Al que no improvisa la clase: la diseña. Al que no sólo enseña letras: enseña a aprender.
¿Por qué normalista? Porque viene de “norma”. De la Escuela Normal Urbana de Oaxaca. Y es que Justo Sierra lo dijo en 1910 al fundar la Universidad: “La educación del pueblo mexicano será la religión del porvenir… y el maestro, su sacerdote”. El normalista es ese sacerdote laico. No transmite dogmas: transmite técnicas de enseñanza, didáctica, pedagogía y psicología infantil. Sabe que no es lo mismo explicar que lograr que el otro entienda. Que no basta con saber matemáticas: hay que saber enseñarlas a un niño de Ejutla, de la Sierra Juárez o de la Mixteca.
El normalista oaxaqueño tiene una carga doble. Enseñó en la montaña sin luz, caminó horas para llegar a la alquería, como dice el poema. Parió la luz en “morena entraña”, igual que el sol que brota de la Sierra, donde nació la trilogía serrana: Pérez, Méndez y Juárez.
Hoy, 15 de mayo, recordamos que sin normalistas no hay patria. Pueden cerrar minas como Natividad, pueden caer gobiernos, pueden girar las esferas del “Cotón Pinto de la vida”, pero mientras haya un maestro normalista frente a un pizarrón, roto o nuevo, la escalera seguirá teniendo peldaños y más peldaños, como la vida. Porque, como decía el poeta médico: no sabemos, al dar el paso, si el escalón está roto. Pero el normalista enseña a subir, aunque tiemble.
A todos los maestros normalistas de Oaxaca y de México: gracias por ser templo, norma y porvenir para la niñez y juventud de Oaxaca.
Gracias por su amistad, “Generación Abraham Castellanos”, y mi felicitación por su día.
Oaxaca de Juárez, 18 de mayo de 2026.
JORGE BUENO.
Cronista de Oaxaca.
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la
Federación Nacional de Asociaciones
de Cronistas Mexicanos A.C.





































