Rodeada de sus hermanos, de sus amistades, de las escritoras que votaron por ella, la poetisa zapoteca Natalia Toledo recibió este martes la Medalla Bellas Artes de Literatura en Lenguas Indígenas, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). Ataviada con la indumentaria tradicional que caracteriza a las mujeres de su región, Toledo compartió un mensaje en zapoteco y en español, en el que recordó cómo tuvo que aprender a leer y escribir en una lengua ajena a la suya.
“Aprendí a leer y escribir en español porque en la escuela no me enseñaron a hacerlo en mi lengua materna. Recuerdo, por aquel entonces, como si se tratara de lodo, para poder entrar al salón de clases había que dejar el zapoteco en la puerta, pues en cuanto la cerraban los niños nos veíamos obligados a hacer un esfuerzo sobre humano para comunicarnos, porque nos obligaban a hacerlo en español”, contó la poeta desde el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México.
Entre risas, nostalgia, a veces un poco de tristeza y de otras emociones, la autora de “Guie’ yaase” (Olivo negro) y “Deche bitoope” (El dorso del cangrejo) habló de su infancia, del tener que dejar su natal Juchitán para mudarse a la capital del país, de cómo su cuerpo “jamás logró trasplantarse del todo”.

Su primer libro de poemas publicado en español a los 21 años, dijo, muestra la “necesidad de dominar la lengua hegemónica, impuesta hace siglos a todas las naciones que conforman este país y que lleva el nombre de una sola ciudad”.
En su discurso, Natalia recordó cómo lo dicho por un crítico de literatura mexicana, quien aseguraba que la literatura contemporánea en lenguas originarias no existía, causó su indignación, pues ella sabía de toda una generación en el Istmo y de la obra de Andrés Henestrosa. Eso que sintió como una ofensa también la llevó a descubrir el valor de su lengua materna, el zapoteco.
“Desde ese día abracé mi lengua y prendí las luces de mi palabra. Para mí la poesía es como el totopo, como el aire tibio de Juchitán dándome en la cara, como el lodo en los pies después de una lluvia espesa. Es volver a sentarme con todo lo que he amado y que ahora vive en la espalda del tiempo, es volver a sentir el olor de los tulipanes rojos, de la albahaca fresca con que me bañaba mi mamá para quitarme la tristeza, esa nostalgia que se instaló en mi lado izquierdo desde niña”, expresó la también Premio Nacional de Literatura Nezahualcóyotl 2004.
“Esta es la poesía, la fuerza vital que me devuelve el pulso cuando no siento correr la sangre en el cuerpo, la sonaja del árbol que plantaron en mi ventana cuando nací y que me sigue acompañando. Ahora soy huérfana de padre y madre. Tengo ese hermoso universo conmigo, toda esa vida habita mis párpados que cuando los cierro mis ojos comienzan a deletrear”.











































