Arturo Valdés, comerciante ejemplar y figura entrañable del quehacer cotidiano en Oaxaca, falleció a los 101 años de edad, dejando un legado que trasciende generaciones. Fundador de la emblemática panadería La Bamby, su vida fue testimonio de trabajo incansable, amor por la familia y profundo compromiso con la tierra que lo acogió.
Originario de Villaviciosa, en la región de Asturias, España, Arturo nació en una familia de nueve hermanos. Su infancia y juventud transcurrieron en tiempos difíciles, vivió los estragos de la Guerra Civil Española, lo que marcó su carácter y forjó en él una tenacidad que lo acompañaría toda la vida.
En 1951 emprendió el viaje a México para reunirse con su hermana Cristina, quien había llegado a Oaxaca años antes al casarse con Raymundo, un oaxaqueño que estaba de vacaciones en Villaviciosa. Arturo encontró en Oaxaca un nuevo hogar y comenzó a trabajar en una empresa de abarrotes y posteriormente en una tienda de telas.

Fue en esta Verde Antequera donde conoció a María Luisa Sainz Menxueiro, con quien contrajo matrimonio en 1960. Juntos formaron una familia sólida y numerosa: Muca, Arturo, Juan Carlos, Begoña, Iñigo y Mikeldi son el reflejo de ese proyecto de vida compartido, basado en el esfuerzo, la unidad y el amor.
En 1969, Arturo y su cuñado Raymundo decidieron emprender un negocio propio y, junto a Cristina, fundaron la panadería La Bamby. Más que un comercio, La Bamby se convirtió en una extensión de su hogar, una empresa familiar donde cada cliente era recibido con una sonrisa y un trato cercano. Bajo la guía de Arturo, el negocio creció y se consolidó como una referencia obligada en la ciudad.
Para Arturo su lugar habitual era la caja, desde donde atendía personalmente a los clientes, muchos de los cuales lo recuerdan como un hombre de palabra amable, mirada cálida y siempre dispuesto a conversar. En sus últimos años decidió dedicarse a supervisar el local y se mantenía presente en su escritorio, leyendo El Imparcial y tomando su infaltable Coca-Cola, como parte de una rutina que le daba sentido y alegría.

La llegada de la pandemia de COVID-19 lo obligó a permanecer en casa, y esa ausencia del contacto diario con la panadería afectó su ánimo. Fue entonces cuando sus hijos lo convencieron de volver, aunque fuera por unas horas al día. Regresar al negocio fue para él un renacer, una manera de mantenerse conectado con lo que más amaba.
Arturo Valdés vivió más de un siglo, lo suficiente para ver crecer a sus seis hijos, conocer a sus 16 nietos y disfrutar a sus 10 bisnietos. También fue testigo de innumerables cambios sociales, políticos y tecnológicos, enfrentó la migración, la guerra, la enfermedad y, pese a todo, mantuvo siempre una actitud alegre, agradecida y solidaria.
Hoy, Arturo Valdés vive en cada cliente que cruza la puerta, en cada historia compartida entre vitrinas y charolas, en cada pan dulce que evoca hogar.
Su ausencia deja un vacío difícil de llenar, pero su legado permanece.











































