Durante generaciones, hacer una tarea escolar implicaba leer, investigar, equivocarse, corregir y construir una respuesta propia. Hoy, para una parte de los estudiantes, ese proceso puede resolverse en cuestión de segundos con una instrucción escrita en ChatGPT. La inteligencia artificial está transformando la manera de estudiar, pero también está abriendo un debate sobre el aprendizaje, la autonomía y el pensamiento crítico.
Daniel tiene 16 años, cursa el primer año de preparatoria y calcula que utiliza inteligencia artificial en aproximadamente el 85 por ciento de sus actividades escolares. La consulta para encontrar información, la búsqueda de fuentes, la elaboración de textos y hasta la resolución de ejercicios forman parte de sus usos cotidianos.
No oculta que también recurre a estas herramientas para evitar hacer algunas tareas.
Recuerda una clase de matemáticas en la que no comprendió un ejercicio sobre conjuntos. En lugar de volver a revisar la explicación o pedir ayuda a la profesora, sacó su teléfono y solicitó a ChatGPT que resolviera el problema.
La práctica, asegura, no fue exclusiva de él. Varios compañeros hicieron lo mismo.
Pero cuando se trata de entregar trabajos escritos, Daniel ha encontrado otra dificultad: las respuestas generadas por inteligencia artificial pueden tener un lenguaje demasiado elaborado para un estudiante de su edad. Por eso modifica las frases, elimina palabras y adapta el texto a su manera de expresarse.
Su experiencia refleja una transformación que avanza dentro de las aulas: los estudiantes ya no solamente utilizan internet para encontrar información, ahora cuentan con herramientas capaces de producir respuestas, desarrollar argumentos y elaborar trabajos completos.
La pregunta es cuánto de ese proceso sigue siendo realmente suyo.
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL YA ENTRÓ A LAS AULAS
Desde que ChatGPT se lanzó públicamente el 30 de noviembre de 2022, las herramientas de inteligencia artificial generativa comenzaron a modificar las prácticas de estudio en escuelas y universidades.
A diferencia de buscadores como Google o plataformas de consulta como Wikipedia, estas tecnologías pueden elaborar textos originales, resumir documentos, explicar conceptos y responder instrucciones específicas.
Su expansión ha obligado a las instituciones educativas a revisar sus métodos de enseñanza y evaluación, pues una tarea terminada ya no necesariamente demuestra que el estudiante comprendió el tema.
Un estudio realizado en noviembre de 2024 por investigadores de la Coordinación de Evaluación, Innovación y Desarrollo Educativos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con la participación de 4 mil 725 estudiantes y 2 mil 69 profesores de bachillerato, licenciatura y posgrado, identificó una presencia amplia de estas herramientas en las actividades académicas.
Los resultados mostraron diferencias entre estudiantes y docentes en la frecuencia y los propósitos de utilización. Entre los principales usos estudiantiles figuraron la búsqueda de información y el apoyo a distintas actividades de aprendizaje.
El fenómeno plantea un desafío para las instituciones: la tecnología avanza con mayor rapidez que las reglas y estrategias pedagógicas para incorporarla.
Ya no basta con prohibir los teléfonos o advertir sobre el plagio. También es necesario enseñar a utilizar estas herramientas sin abandonar las capacidades que la educación busca desarrollar.
DE LA CULPA A UNA NUEVA FORMA DE ESTUDIAR
La experiencia de Ari, de 22 años, estudiante de séptimo semestre de Derecho, muestra otra relación con la inteligencia artificial.
Su primer acercamiento ocurrió durante el último semestre de preparatoria. Tenía trabajos acumulados y exámenes próximos cuando un amigo le recomendó utilizar ChatGPT para resolver una actividad.
Al principio sintió culpa porque consideraba que estaba entregando un trabajo que no había elaborado por cuenta propia.
Con el tiempo cambió su postura. Actualmente utiliza inteligencia artificial para organizar información, revisar textos, estudiar y aprovechar mejor sus horarios, pues combina la universidad con el trabajo.
Una de las herramientas que emplea es NotebookLM, que le permite incorporar apuntes y documentos para generar resúmenes, preguntas, tarjetas de estudio y materiales de audio.
Esta última función le resulta especialmente útil para repasar mientras se traslada de un lugar a otro.
Ari considera que existe una diferencia entre utilizar la tecnología como apoyo y dejar que realice todo el trabajo intelectual.
Por ejemplo, cuando prepara un ensayo, primero desarrolla un borrador y después recurre a la inteligencia artificial para revisar la ortografía, mejorar la redacción, identificar repeticiones o encontrar alternativas para expresar sus ideas.
En sus investigaciones jurídicas también procura especificar las fuentes que necesita consultar, como doctrina, jurisprudencia y legislación.
Sin embargo, reconoce que esa frontera no siempre es sencilla de mantener. Introducir un documento extenso y pedirle a una herramienta que explique sus principales argumentos puede ahorrar horas de lectura, pero también abre una interrogante: ¿qué tanto comprende realmente quien recibe una síntesis sin revisar el material original?
HACER UN BUEN PROMPT NO SIGNIFICA NECESARIAMENTE APRENDER
Daniel y Ari han desarrollado una habilidad que hace pocos años no formaba parte de la formación escolar tradicional: aprender a formular instrucciones para obtener respuestas útiles de una máquina.
A esta práctica se le conoce como prompting y consiste en proporcionar indicaciones específicas sobre el contenido, las fuentes, el tono y el resultado esperado.
Daniel considera que saber construir esas instrucciones es parte importante del uso de la inteligencia artificial.
Ari también ha aprendido a precisar sus solicitudes para conseguir respuestas más cercanas a sus necesidades académicas.
Pero existe una diferencia entre saber dirigir una herramienta y desarrollar por cuenta propia las capacidades que intervienen en la elaboración de un trabajo.
La inteligencia artificial puede organizar información y proponer argumentos, pero el estudiante necesita evaluar si las respuestas son correctas, identificar posibles errores y decidir qué información merece ser utilizada.
La habilidad de formular buenos prompts puede convertirse en una competencia útil, pero no sustituye automáticamente la comprensión, la investigación ni la capacidad de argumentar.
CUANDO APROBAR IMPORTA MÁS QUE COMPRENDER
Uno de los testimonios más reveladores de Daniel tiene que ver con la utilidad que atribuye a algunas materias escolares.
El adolescente considera que existen contenidos que difícilmente utilizará en su vida cotidiana y que, por tanto, no siempre encuentra razones para dedicarles demasiado tiempo.
Desde esa perspectiva, resolver un ejercicio mediante inteligencia artificial puede parecerle más práctico que invertir una hora intentando comprenderlo.
Su postura exhibe uno de los riesgos más importantes de esta tecnología: que el objetivo de aprender quede desplazado por la necesidad de cumplir con una actividad y obtener una calificación.
La posibilidad de conseguir respuestas inmediatas modifica la relación entre esfuerzo y resultado. Un estudiante puede entregar un trabajo correcto sin haber desarrollado las habilidades necesarias para elaborarlo.
Esto no significa que la deshonestidad académica haya nacido con ChatGPT. Copiar trabajos, reproducir textos ajenos o recurrir a respuestas de otros compañeros son prácticas anteriores a la inteligencia artificial.
Lo que cambia es la facilidad para producir respuestas personalizadas, adaptar el lenguaje y generar materiales que aparentan haber sido elaborados por el propio estudiante.
Ante este escenario, los docentes enfrentan el reto de evaluar no solamente el resultado final, sino también el proceso mediante el cual se construye el conocimiento.
EL RETO PARA LOS PROFESORES Y LAS UNIVERSIDADES
La incorporación de inteligencia artificial también está modificando la relación entre docentes y alumnos.
En el salón de Daniel, mientras la profesora explica un ejercicio, los estudiantes tienen acceso desde sus teléfonos a herramientas capaces de resolverlo en segundos.
La situación plantea una pregunta fundamental para la educación: si una máquina puede proporcionar respuestas inmediatas, ¿qué papel debe desempeñar el profesor?
La respuesta no necesariamente consiste en competir con la tecnología o intentar prohibirla por completo.
Los docentes pueden concentrarse en enseñar a interpretar información, contrastar fuentes, construir argumentos, resolver problemas y defender conclusiones propias.
Los investigadores de la UNAM han advertido sobre la importancia de incorporar la inteligencia artificial con criterios pedagógicos, éticos y críticos, además de fortalecer la capacitación de profesores y estudiantes.
El desafío es evitar dos extremos: considerar que la tecnología resolverá por sí sola los problemas educativos o asumir que su presencia únicamente perjudica el aprendizaje.
Una misma herramienta puede facilitar la comprensión de un tema, ofrecer ejercicios personalizados y ayudar a mejorar un texto. Pero también puede convertirse en un sustituto del esfuerzo intelectual cuando se utiliza para evitar leer, investigar o razonar.
“ESTOY PAGANDO PARA QUE PIENSE UNA INTELIGENCIA”
Ari también ha experimentado cierta incomodidad ante el uso excesivo de estas herramientas.
Durante un mes pagó una versión de inteligencia artificial que le permitía trabajar con más documentos, incorporar referencias y realizar consultas más amplias.
Aunque encontró ventajas en sus funciones, llegó a cuestionarse cuánto estaba delegando de su propio pensamiento.
Su reflexión fue contundente: estaba pagando para que una inteligencia artificial pensara por ella.
Decidió dejar de pagar, aunque continuó utilizando herramientas gratuitas para algunas actividades.
Su relación con la tecnología también trascendió el ámbito académico. Ahora puede consultarla para organizar un presupuesto, decidir qué cocinar o plantear situaciones personales.
La inteligencia artificial pasó de ser una herramienta para resolver tareas a convertirse en una especie de interlocutor cotidiano.
Esta facilidad también genera interrogantes sobre la dependencia tecnológica y la tendencia a buscar respuestas externas incluso ante decisiones que requieren reflexión personal.
RECUPERAR EL PAPEL Y EL PENSAMIENTO PROPIO
A pesar de utilizar herramientas digitales, Ari ha comenzado a recuperar algunas prácticas que considera importantes para su aprendizaje.
Cuando necesita estudiar con mayor profundidad, prefiere tomar papel y lápiz, escribir sus apuntes y desarrollar sus propias ideas.
También procura leer más y escribir a mano, incluso cartas, como una forma de enfrentarse directamente con sus pensamientos sin recurrir inmediatamente a una respuesta generada por una máquina.
Considera que su generación enfrenta el desafío de conservar la capacidad de investigar, analizar y construir opiniones propias en un entorno donde casi cualquier pregunta puede responderse en segundos.
Su preocupación coincide con uno de los principales debates educativos: cómo aprovechar las ventajas de la inteligencia artificial sin debilitar la autonomía intelectual.
EL FUTURO DE LA EDUCACIÓN NO SE RESUELVE CON UN PROMPT
Las experiencias de Daniel y Ari muestran dos maneras de relacionarse con una tecnología que ya forma parte de la vida académica.
Para uno, representa una vía rápida para resolver actividades que considera poco útiles. Para la otra, es una herramienta que facilita estudiar, organizar información y aprovechar mejor el tiempo, aunque también reconoce el riesgo de depender demasiado de ella.
Ambos casos reflejan que el problema no está únicamente en la existencia de la inteligencia artificial, sino en el propósito con el que se utiliza.
La educación enfrenta ahora una tarea que va más allá de enseñar a escribir instrucciones para obtener mejores respuestas: necesita formar estudiantes capaces de cuestionar lo que reciben, verificar información, construir argumentos y reconocer cuándo una herramienta está apoyando su aprendizaje y cuándo lo está sustituyendo.
Porque entregar una tarea ya no demuestra necesariamente que alguien aprendió. Y en una generación que puede obtener una respuesta en segundos, quizá la capacidad más importante sea conservar la disposición de pensar por cuenta propia.
Con información de El País












































