A principios del siglo XX, México vivía bajo un régimen autoritario que había olvidado el espíritu de la Constitución. Entonces la palabra volvió a convertirse en instrumento de transformación. El llamado a restaurar el orden constitucional fue encabezado por Francisco I. Madero, quien proclamó el principio democrático de “Sufragio efectivo, no reelección”, una consigna que movilizó al país entero.
Posteriormente, el constitucionalismo revolucionario encontró liderazgo militar y político en Venustiano Carranza, quien convocó al Congreso Constituyente que daría origen a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.
En aquel Congreso resonaron las voces de tribunos revolucionarios que defendieron derechos sociales inéditos: el derecho al trabajo, a la educación y a la tierra. México se convirtió así en el primer país del mundo en constitucionalizar los derechos sociales, entre ellos la Libertad de expresión.
La palabra que transformó la justicia social: La Revolución. Pero el tiempo pasó y el espíritu constitucional volvió a ser olvidado bajo el peso de la dictadura. Entonces, a principios del siglo XX, la palabra volvió a despertar a la nación. Esa palabra fue pronunciada por Francisco I. Madero, quien convocó al pueblo con una consigna que cambió la historia: “Sufragio efectivo, no reelección”.
Aquella frase fue más que un lema político; fue una exigencia constitucional de democracia. Posteriormente, el movimiento Constitucionalista encontró conducción en Venustiano Carranza, quien convocó al Congreso Constituyente que habría de transformar la estructura jurídica de México. De ese proceso nació la histórica Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917. Esa Constitución no solo defendió libertades; hizo algo inédito en el mundo: consagró los derechos sociales.
El derecho a la educación, a la tierra, al trabajo y a la justicia social. México se convirtió así en el primer país que llevó la justicia social al texto constitucional. Por ello la oratoria constitucionalista, revolucionaria, mexicana no es solo un ejercicio retórico; es la fuerza que ha construido nuestra nación.
Desde la voz insurgente de Hidalgo y Morelos, pasando por la firme palabra republicana de Juárez, hasta el discurso social de la Revolución, la oratoria ha sido el puente entre el ideal de justicia y la realidad jurídica de México. Porque en México, la Constitución no solo se escribe, se pronuncia, se defiende y se vive.
Que nunca olvidemos que cada generación tiene la responsabilidad de mantener viva esa tradición: la tradición de la palabra que defiende la libertad, que limita el poder y que honra la dignidad humana.
México no nació únicamente de las armas; México nació de la palabra. Antes de que la patria se escribiera en constituciones, primero se proclamó en discursos. Antes de que existiera la ley, existió la voz del pueblo que exigía justicia. La historia constitucional de México es, en esencia, la historia de su oratoria: la palabra que convoca, la palabra que persuade y la palabra que transforma.
La Oratoria Constitucionalista no es simple elocuencia; es la defensa moral de la libertad frente al poder. La palabra que limita al poder:
La palabra que liberó a la nación en la Independencia. La palabra que defendió a la República en la Reforma. Y la palabra que transformó la justicia en la Revolución. Porque en México la Constitución no es únicamente un documento jurídico. Es la voz histórica del pueblo. Es la conciencia de la nación. Y es el límite moral del poder.
Que nunca olvidemos que mientras exista una voz que defienda la libertad, que proclame la justicia y que recuerde la dignidad humana, la Oratoria Constitucionalista seguirá siendo el corazón de México. Lo sentenció en su momento Venustiano Carranza Garza:
“Lo primero que debe hacer la Constitución Política de un pueblo, es garantizar, de la manera más amplia y completa posible, la libertad humana, para evitar que el gobierno, a pretexto del orden o de la paz que siempre alegan los tiranos para justificar sus atentados, tenga una vez que limitar el derecho y no respetar su uso íntegro, atribuyéndose la facultad exclusiva de dirigir la iniciativa individual y la actividad social, esclavizando al hombre y a la sociedad bajo su voluntad omnipotente.”
Cierto es, agregaría, si eres hombre de valores, eres hijo de la Libertad, somos herederos de una Revolución Social inacabada, que estuvo en contra de toda forma de esclavitud. El escritor y luchador, Praxedis Guerrero, señaló justamente: Vivir para ser libres, o morir para dejar de ser esclavos.”, “Los triunfos morales no bastan para emancipar a un pueblo, como las comidas espirituales no alimentan ningún cuerpo.” “¿Teméis a la Revolución? Renunciad a la injusticia y el miedo se acabará en vosotros.”
Finalmente, el arte de gobernar se olvida cuando se acostumbra una persona al poder, lo hace insensible, a veces tirano o dictador, la historia de México se repite muchas veces cuando existe una injusticia, por tanto, el poder de la palabra tiene que reivindicar a toda la sociedad, a todo el conglomerado humano en México, hacer justicia social es muy difícil cuando los labios se cierran y las palabras no fluyen en voz de quienes son la conciencia de la nación, así los Periodistas o Revolucionarios como Ricardo Flores Magón, como Librado Rivera, como los hombres que soñaron un México más grande y más justo, debemos acudir al rescate de la Historia Nacional y de verdad, encontraremos soluciones a los grandes problemas nacionales.
No vivimos en el “México Bárbaro” de John Keneth Turner, ni en los “Grandes Problemas Nacionales” de Andrés Molina Enríquez, vivimos problemas muchos mayores y que tenemos como ciudadanos que hablar en esta época, porque la palabra es principio y fin de nuestra democracia mexicana.































