La cultura occidental se ha regido desde hace casi dos mil años, por los principios que fijaron la tradición y la doctrina de la Iglesia (por antonomasia, la católica). La misma medición de nuestros tiempos como “la era cristiana” y la datación a partir de la misma nos coloca en tiempos y momentos fijados por el calendario gregoriano y las fiestas religiosas. Muchas banderas de países europeos contienen como emblema y símbolo perenne, la cruz. El Reino Unido tiene en su bandera tres cruces: de San Jorge, por Inglaterra; de San Andrés, por Escocia y de San Patricio, por Irlanda del Norte. Dinamarca, Suiza, Islandia, Suecia, Noruega portan la cruz representando lo que fue Europa antes de las revoluciones de 1789 y 1848: la fuerza de la cristiandad.
Haremos un recuento de la forma en que los mexicanos aprendimos a fechar y datar los acontecimientos locales y nacionales, antes de las Leyes de Reforma y de la Constitución de 1857. El año comenzaba conmemorando la Circuncisión del Niño Jesús, el primer día de enero y del año. Seguía la Epifanía o visita de los Reyes Magos, el 6 de enero, cuando se partía la rosca y se encontraba el niño, para luego celebrar la fiesta de la Candelaria o Purificación de la Virgen María y presentación de Jesús en el templo. Lo siguiente era febrero, el Martes de Carnaval y el Miércoles de Ceniza, listos para la Cuaresma de retiros espirituales y buen comportamiento, para llegar al Domingo de Ramos y la grande recordación de la última Cena en Jueves Santo, la Crucifixión en Viernes Santo y en algún tiempo se consideró el “sábado de gloria”, pero se rectificó y la Resurrección es el domingo siguiente. Cuarenta días después, la Ascensión del Señor; a los cincuenta días Pentecostés o Venida del Espíritu Santo, fiesta seguida por la Trinidad y la gran celebración de Corpus Christi, que en Oaxaca se festejaba con deliciosas empanadas.
Mayo era el mes dedicado a la Virgen María, el 13 las apariciones de Fátima. Junio se dedicaba al Sagrado Corazón de Jesús. Julio, mes importante por la Virgen del Carmen el día 16 y aquí con el Lunes del Cerro. El 15 de agosto, la Asunción de María, a la cual está dedicada nuestra Catedral Metropolitana. El 8 de septiembre la Natividad de la Virgen, seguida de San Mateo, el 21 y la Virgen de la Merced, el 24, para cerrar con San Miguel Arcángel, el 29. En octubre se recordaba el Descubrimiento de América, una conmemoración religiosa también por la Virgen del Pilar el día 12 y estar preparando viandas y golosinas para las grandes festividades del Día de Todos Santos el 1 de noviembre y los Fieles Difuntos, el día 2, fiestas religiosas que datan del siglo X y traídas por los frailes evangelizadores, pero que hoy se ha inventado que son fiestas “prehispánicas”, lo cual es incorrecto.
Diciembre era el mes más alegre y vistoso por la ornamentación de Advientos y el inicio del Año Litúrgico. No sólo eso, la fiesta nacional de la Virgen de Guadalupe y la fiesta de la patrona de Oaxaca, la Virgen de la Soledad. Pero el novenario alegre de las Posadas comenzaba el 16 y toda la niñez en barrios e iglesias esperaban esos alegres momentos de letanías, faroles, piñata, colación, silbatos, serpentinas, “espantasuegras” y otros motivos de verdadera y sana alegría que, naturalmente, culminaban el 24 y por la noche a las 12, la Misa de Gallo, solemne celebración de nuestro rito en Nochebuena, en espera del nacimiento del Redentor el 25, hoy justamente.
No terminaban las cosas: el 28, Día de los Santos Inocentes, servía para bromas pesadas y pedir prestado: “Inocente palomita que te dejaste engañar, sabiendo que en este día, nada se puede prestar”. Finalmente, día 31, fin de año, otra Misa de Gallo para cerrar el círculo de la Octava de Navidad.
Esa era nuestra forma de vivir, de celebrar, de conmemorar, con ricas viandas, platillos y antojitos de la insuperable cocina oaxaqueña y mexicana. Recuerdos imborrables. Vale. ¡Feliz Navidad!.
NOTA: Por vacaciones, esta columna se volverá a publicar hasta el 9 de enero.
































