Hemos visto fluir u oído en los medios de comunicación y redes sociales en los últimos meses, semanas y días un sinfín de comentarios en torno a la sucesión presidencial. La esperanza popular en el nuevo presidente en que cambiarán las cosas en el país y la descalificación natural al presidente saliente. La escena de cada final e inicio de sexenio, pero con carga especial en este año. Los aciertos y desaciertos en el quehacer de los nuevos diputados federales y senadores morenistas, preparando el terreno para el que conducirá los destinos del país. Y los legisladores de Oaxaca no quedan fuera del escenario de confrontaciones.
Aun cuando no todos los mexicanos estamos preparados para ser los protagonistas del cambio e iniciar la llamada Cuarta Transformación de México, por lo menos estamos conscientes de que hay muchas cosas por corregir y que necesitamos ir a la acción y a la participación ciudadana para limpiar la gran casa de los mexicanos desde sus estructuras, la cual han ensuciado y degradado quienes han tenido oportunidad para dignificarla y no lo hicieron.
Es cierto que son millones de mexicanos los que queremos el cambio, no solamente los 30 millones de ciudadanos que votaron a favor de López Obrador, sino también miembros y simpatizantes de otros partidos políticos y organizaciones desde sus diferentes visiones, pues nos hartamos con los excesos y latrocinios de los gobernantes en turno.
Ojalá que los seguidores del todavía presidente electo estén conscientes de la gran responsabilidad histórica que muchos ya han asumido y quienes lo harán a partir del próximo 1 de diciembre para no repetir la historia. Sabemos que no todos los que quedarán adentro de la nueva nave son una garantía de lealtad, eficiencia y honradez. Muchos de ellos se mudaron de un partido a otro por conveniencia y no tienen una carta limpia de presentación porque tienen cola que le pueden pisar, pero hay quienes tienen desde ahora nuestro respeto y confianza.
No vaya a suceder lo que nos pasó a los oaxaqueños con Gabino Cué Monteagudo. Tanta esperanza que despertaron su designación a la gubernatura del estado y los discursos para la paz y el progreso, y miren cómo terminó. En el caso de López Obrador la esperanza es mayor dada la complejidad de la problemática nacional, que no bastarán los seis años de gobierno sino que habrá que formar nuevas generaciones de mexicanos comprometidos en cuerpo y alma con el pueblo.
La Cuarta Transformación no debe quedar en un mero enunciado político y de propaganda, sino que debe ser una ruta a seguir para alcanzar las grandes metas de justicia y desarrollo, para que las presentes y futuras generaciones no nos echen la culpa de que no hicimos bien las cosas, como criticamos todavía ahora, a veces sin fundamentos históricos, a quienes lucharon por la Independencia, la Reforma y la Revolución, porque seguimos arrastrando lastres de la colonización, de explotación, de diferencias de clases sociales y económicas muy marcadas, y no se diga de las condiciones de marginación en que se encuentran aún las mismas comunidades indígenas.
Ojalá lo tomen en serio los nuevos servidores públicos de las diferentes cámaras y poderes, porque en su seno hay de todo, bueno y malo; quienes se han aprovechado de las mieles del poder y han acumulado fortuna y no creo que estén dispuestos a vivir con la medianía que sugería el gran Benito Juárez, quien sí predicó con el ejemplo, a quien quiere emular el presidente en turno e invita a sus colaboradores a hacerlo también.
Los poderes constitucionales de la nación y de los estados están convocados por el pueblo mexicano a ejercer su misión con toda transparencia y responsabilidad. En el caso de los legisladores, éstos se deben más a la ciudadanía que al propio presidente electo bajo cuya sombra muchos de ellos obtuvieron el triunfo electoral. Deben entenderlo desde el principio.
Qué bueno que los medios de comunicación críticos, las redes sociales, los analistas políticos, los historiadores y científicos sociales tienen la mirada puesta en ellos. Si no hay contrapesos en las legislaturas con mayoría morenista, los medios y sus representantes están llamados a cumplir su deber histórico señalando errores y reconociendo también aciertos cuando los haya, y qué bien que lo están haciendo.
Jean Meyer citó recientemente a Raymundo Riva Palacio y a Lorenzo Meyer en un artículo publicado en El Universal en referencia a los críticos del poder. Coincide con el primero de que “la claudicación, congraciarse con el presidente en turno, no enriquece el debate, es renunciar al debate”. En cuanto al segundo, retoma su texto: “El silencio cómplice o el miedo ayudan a la instauración del autoritarismo, que facilita un poder absoluto como el que tendrá López Obrador. Hay que discutir posiciones y confrontar ideas en la arena política… para contribuir también a un mejor gobierno. Dar la batalla en este campo es una obligación de todos para que la nueva realidad mexicana no sea deforme ni disfuncional”.



































