Hay historias que vuelven porque todavía tienen algo que decir. Treinta años después de que Ángeles Mastretta publicara Mal de amores, la vida de Emilia Sauri llega a las pantallas de Netflix para reencontrarse con nuevas generaciones y, de paso, mirar hacia un México que comenzaba a transformarse.
La serie, estrenada el pasado 2 de septiembre, está integrada por siete episodios y es dirigida y adaptada por Catalina Aguilar Mastretta, hija de la escritora. La producción retoma la novela publicada en 1996, una obra que obtuvo el Premio Internacional Rómulo Gallegos en 1997 y que entrelaza una historia familiar y amorosa con los acontecimientos de la Revolución mexicana.
La protagonista es Emilia Sauri, interpretada por Renata Vaca, una joven poblana que crece en el seno de una familia liberal y encuentra en la medicina una vocación que va mucho más allá de las expectativas que la sociedad tenía para las mujeres de su tiempo.
La historia comienza en 1910, cuando México vive los últimos años del régimen de Porfirio Díaz y el país se encamina hacia una transformación política y social. En Puebla, Emilia prepara remedios y aprende sobre medicina en la botica de su familia, mientras observa un mundo en el que las decisiones de las mujeres suelen estar determinadas por padres, esposos y convenciones sociales.
Pero Emilia no parece dispuesta a aceptar ese destino.
Una mujer fuera de su tiempo
Uno de los mayores atractivos de Mal de amores es precisamente la construcción de su protagonista. Emilia no busca únicamente encontrar al hombre adecuado; quiere estudiar, ejercer una profesión, participar en la vida de su país y decidir qué hacer con su propia existencia.
En ese camino se encuentra con Daniel Cuenca, su amor de infancia, interpretado por Juan Pablo Fuentes, un joven aventurero vinculado con la revolución. También aparece Antonio Zavalza, interpretado por Iván Amozurrutia, un médico con quien Emilia comparte su interés por la medicina.
El conflicto sentimental entre ambos hombres funciona como una de las líneas de la historia, pero la verdadera lucha de Emilia ocurre en otro terreno: cómo construir una vida propia sin renunciar a sus convicciones.
La novela ya planteaba a una mujer que enfrentaba las limitaciones impuestas a su género y que se negaba a elegir entre el amor y sus propias aspiraciones. Esa característica permanece en la adaptación televisiva.
El universo femenino que rodea a Emilia también muestra distintas maneras de entender lo que significaba ser mujer a principios del siglo XX. Mientras algunas aceptan el matrimonio y las reglas sociales como parte inevitable de la vida, otras encuentran formas de intervenir en las transformaciones políticas de su país.
Entre ellas destaca Milagros Sauri, tía de Emilia, interpretada por Cassandra Ciangherotti. El personaje muestra que la participación femenina en la Revolución no se limitó a una sola clase social ni a un único papel. Las mujeres también podían transmitir información, facilitar recursos y participar políticamente desde los espacios que tenían a su alcance.
El México que vuelve a la pantalla
La serie también funciona como una reconstrucción visual de un país que estaba a punto de entrar en una de sus mayores transformaciones.
Puebla ocupa un lugar central. Sus calles, edificios y paisajes sirven para recrear aquel México de principios del siglo XX, con escenarios como el Palacio Municipal, la Biblioteca Palafoxiana y distintos espacios de Atlixco. La producción también utilizó locaciones en Ciudad de México y San Luis Potosí para representar distintos episodios relacionados con la Revolución.
El cuidado de época alcanzó detalles que van desde los interiores de las casas hasta la correspondencia utilizada por los personajes y otros elementos cotidianos. La producción incluso recurrió a un Ford Model T original de 1903 para reforzar la ambientación.
Detrás de esa recreación hubo un despliegue considerable: más de 3 mil 500 personas participaron en la producción, fueron contratados más de 600 proveedores locales y se realizaron más de 90 días de filmación en Puebla, Ciudad de México y San Luis Potosí. El departamento de vestuario creó más de 500 prendas originales con fibras naturales.
Así, Mal de amores no solamente cuenta una historia ambientada en el pasado: intenta reconstruir la atmósfera de aquel México a través de sus espacios, ropa, objetos, música y costumbres.
De la novela a Netflix
La adaptación tiene además un elemento particular: la responsable de llevarla a la pantalla es la hija de la autora.
Catalina Aguilar Mastretta leyó la novela por primera vez cuando tenía 13 años y con el paso del tiempo convirtió su adaptación en un proyecto personal. Para ella, Emilia Sauri era un personaje con el que podía reconocerse, y llevar la historia al audiovisual terminó convirtiéndose en un proyecto vital.
Ángeles Mastretta, por su parte, acompañó el proceso de producción y postproducción y se mostró satisfecha con la manera en que su historia fue llevada a la pantalla.
La música es otro de los elementos que conecta el pasado con el presente. Más de 60 músicos participaron en la creación e interpretación de la banda sonora, que reúne música original y canciones de intérpretes como Vivir Quintana, Lila Downs, Elsa y Elmar, Ximena Sariñana, Ely Guerra y Gaby Moreno.









































