En Dimitrova Gallery quedó inaugurada Acua-cromías, la más reciente exposición del artista oaxaqueño Alonso Chávez, una propuesta que invita al espectador a sumergirse en un universo donde el color se comporta como un organismo vivo: fluye, respira y se transforma.
El director del espacio, Martin Dimitrova, explica en el texto de sala que la obra de Chávez construye un territorio pictórico donde la materia cromática “se desborda y, al hacerlo, revela su propia memoria”. Esta noción es clave para comprender una exposición que apuesta por la intuición, el movimiento y la transparencia como lenguajes expresivos.
Formado en la riqueza cultural de Oaxaca y marcado desde la infancia por una sensibilidad ligada a la música y la pintura, Chávez ha desarrollado un estilo que privilegia el gesto y la atmósfera. Sus lienzos están habitados por aves —guacamayas azules y amarillas, cacatúas rosas y viajeros nocturnos— que no buscan representar la naturaleza de manera literal, sino transfigurarla en emoción, en estados anímicos que se despliegan como paisajes interiores.

En piezas como Luz entre la tormenta o Sueños del cielo en color, la luz surge como un fenómeno espiritual que atraviesa la superficie de las obras. En otras, como Tejedores de nostalgia, el movimiento se concentra en ritmos visuales que parecen susurrar relatos antiguos. Los pequeños formatos sin título funcionan como ventanas íntimas donde el color se convierte en palabra, en respiración.
“Chávez trabaja desde la intuición: manchas deliberadas, trazos abiertos y capas que revelan su propio proceso”, describe Dimitrova. Esa transparencia es parte esencial del mensaje: el artista no oculta la construcción de la obra, la celebra. Su pintura es un diálogo honesto entre azar y disciplina, un equilibrio que ha perfeccionado en más de diez años de trayectoria en museos y espacios culturales del estado.
Acua-cromías propone una experiencia más allá de la mirada. Es una exhibición que se escucha y se siente: cada obra es un clima, un pulso, un tránsito entre lo visible y lo sensorial. El espectador no es un visitante, sino un testigo del instante en que el color se convierte en vuelo y el vuelo en emoción.
En este territorio pictórico, Alonso Chávez recuerda que la pintura es un acto de presencia y que la naturaleza —esa que lo ha acompañado desde sus primeros pasos— regresa transformada, luminosa y profundamente viva.











































