Esta enfermedad de transmisión aérea, causada por un Paramixovirus del género Morbillivirus, fue inicialmente confundida con otras fiebres eruptivas; la primera descripción detallada que lo distinguió de la viruela la realizó en Bagdad el médico Rhazes, quien de manera clara describió en el año 910 las principales enfermedades eruptivo-vesículo-pustulosas, viruela, sarampión y varicela.
Al traducirse su libro al latín, el sarampión fue también conocido como morbilli o pequeña enfermedad, refiriéndose a las lesiones cutáneas pequeñas. La enfermedad se diseminó ampliamente en Europa y Asia durante la Edad Media en los siglos XI y XII y fue reportada en el XVII en Inglaterra, en donde el médico inglés Thomas Sydenham realizó una moderna descripción en 1693, acuñando el término measles a partir del inglés medieval mesles y el latín missella, diminutivo de miser, misery, y distinguiéndolo, además, de otras enfermedades como la escarlatina.
En nuestro país la enfermedad ha recibido nombres diversos, en la época prehispánica fue conocido en náhuatl como tepiton záhuatl, que significa lesiones pequeñas, para distinguirlo del huey záhuatl (lesiones grandes) o viruela. Otros nombres que la enfermedad ha recibido en algunas regiones de nuestro país son: alfombrilla o tapetillo, los cuales aluden al aspecto de la erupción en la piel. El término sarampión procede del latín vulgar sarampio o serampio, acuñado en la Edad Media y que significa pápula o lesión dérmica.
El virus fue introducido a nuestro país por los españoles a través de las Antillas. Al respecto, Pedro de Alvarado escribió una carta al rey Carlos V en 1932 que señala: “en toda la Nueva España vino una pestilencia por los naturales que dicen sarampión” y, de acuerdo con fray Toribio de Benavente “en 1534 vino a la Nueva España un español herido de sarampión y de él saltó a los indios” donde encontró una población totalmente susceptible, ocasionando epidemias con elevadísima mortalidad y letalidad, principalmente para la población infantil y desnutrida.
A partir de esos años las epidemias se fueron presentando cíclicamente en 1531, 1537, 1593, 1595, 1692-93, 1727, 1746, 1768-69, 1825-26, 1871, 1882-83, 1893, 1927 (la lista no es exhaustiva), hasta la eliminación de su transmisión endémica en los años setenta del siglo pasado, mediante intensivas campañas y altas coberturas en la vacunación. Como era de esperarse –si bien más adelante ocurrieron dos grandes brotes en los años noventa de la centuria pasada– la disminución de tales coberturas colocó a nuestro país nuevamente en riesgo, para casos importados de otras latitudes.
Concluyo citando el trabajo del doctor Miguel E. Bustamante presentado en la sesión de la Academia Nacional de Medicina el 15 de noviembre de 1972 en el que puntualizó: “entre las enfermedades procedentes del viejo mundo introducidas en México se encuentra el sarampión, que cuando ataca a una población susceptible –y la mexicana lo era de modo absoluto (se refiere a la postconquista)– afecta a la casi totalidad de los expuestos; añadido esto a su excepcionalmente alta morbilidad y altísima mortalidad, tanto por la enfermedad como por las complicaciones que lo acompañan”.
Cabe esperar que lo aprendido en el pasado reciente, cuando se logró eliminar la transmisión endémica mediante altas coberturas de vacunación, podamos utilizarlo todos de nuevo –sin miserias– para el control de esta vieja enfermedad.









































