La encontraron sin vida, tendida en el pasto, cubierta con cartones. La joven —identificada como Drucila N., de 25 años, conocida artísticamente como Coral— fue asesinada con un disparo en la cabeza. Luego, abandonada en un terreno baldío del barrio La Expiración, en Zimatlán de Álvarez, Oaxaca.
El hallazgo se produjo el domingo por la tarde, alrededor de las 14:30 horas, en la privada de Chicuila. Una zona despoblada a espaldas del polideportivo local. Fueron vecinos quienes alertaron a las autoridades tras descubrir el cuerpo.
UNA ESCENA SILENCIOSA, UNA EJECUCIÓN SIN TESTIGOS
Al llegar, elementos de la policía municipal y paramédicos confirmaron la muerte de la joven. Vestía short de mezclilla, blusa blanca con vivos rojos y tenis blancos. Por el estado del cuerpo, se presume que el crimen ocurrió durante la madrugada, en un momento del día en que casi nadie transita por la zona.
La Fiscalía realizó diligencias en el lugar con personal del área de género. Quienes corroboraron que Drucila presentaba un impacto de arma de fuego en la cabeza. Se llevó a cabo una búsqueda en el pasto en busca de casquillos u otros indicios.
TRABAJABA COMO MESERA EN UN BAR DE LA ZONA
A unos 500 metros del lugar del hallazgo se localiza el bar La Mariposa, donde Coral trabajaba como mesera desde hacía algunos meses. Hasta ese lugar se trasladó una mujer que se identificó como dueña del establecimiento. Quien reconoció a la víctima como su empleada.
De acuerdo con los primeros informes, Coral ya habría salido del trabajo cuando fue atacada, pero las circunstancias exactas del crimen aún no están claras, ni se ha confirmado si existe una relación directa con su entorno laboral.
EL FEMINICIDIO COMO PARTE DEL PAISAJE
Este caso fue tipificado como feminicidio y se abrió una carpeta de investigación para tratar de dar con los responsables. Sin embargo, el crimen de Coral no es un hecho aislado: se suma a una larga lista de asesinatos de mujeres en Oaxaca, muchos de ellos sin resolver.
La saña, el abandono del cuerpo y la falta de testigos son elementos que se repiten una y otra vez en este tipo de crímenes. Donde la víctima es despojada no solo de la vida, sino también del derecho a la justicia y la memoria.
ENTORNOS DE ALTO RIESGO Y POCA PROTECCIÓN
Aunque no se ha establecido el móvil del crimen, su trabajo en un establecimiento nocturno pone sobre la mesa una realidad muchas veces ignorada: la vulnerabilidad de mujeres jóvenes que laboran en condiciones precarias, sin protección efectiva ni protocolos de seguridad.
Los entornos nocturnos, como bares o centros de entretenimiento, suelen carecer de regulaciones que garanticen seguridad, transporte seguro o mecanismos para reportar violencia o acoso, lo que deja a las trabajadoras expuestas a múltiples riesgos.
UN SISTEMA QUE SIGUE FALLANDO
Oaxaca continúa registrando altos índices de feminicidios, sin que exista una política clara, articulada y eficaz para prevenir estos crímenes. Las investigaciones avanzan lento, la impunidad se normaliza y la violencia de género se arraiga como un problema estructural.
Casos como el de Coral revelan una falla profunda en el sistema de protección, justicia y prevención, tanto para quienes enfrentan violencias cotidianas como para aquellas que terminan siendo víctimas de homicidios violentos.
QUE CORAL NO SEA UN NOMBRE MÁS
Coral tenía nombre, rostro y sueños. No fue una víctima más: fue una joven asesinada con violencia en una comunidad donde la vida de una mujer puede ser silenciada sin dejar rastro. Su muerte debe ser motivo de indignación, pero también de acción.
El feminicidio de Coral exige justicia, pero también memoria colectiva, políticas públicas eficaces y un compromiso real del Estado y la sociedad para garantizar que ninguna mujer más sea asesinada y olvidada.











































