La Virgen de Guadalupe apareció en 1531 en el Tepeyac, pero fue hasta mediados del siglo XVII cuando su culto tomó fuerza, convirtiéndose en la primera mariofanía americana de alcance mundial. Sobre cómo la imagen trascendió fronteras, conversó la investigadora del INAH, Paula Mues Orts, quien junto con Jaime Cuadriello Aguilar, de la UNAM, curó la exposición Tan cerca, tan lejos. Guadalupe de México en España, que presenta el Museo del Prado hasta septiembre de 2025.
En España se conservan más de mil piezas guadalupanas; cerca de 70 integran la muestra. Son reflejo de las copias que llevaron españoles y novohispanos devotos de la Virgen aparecida en la tilma, considerada acheropita (no hecha por mano humana). En 1666, el Cabildo de la Catedral de México promovió su análisis por pintores criollos para confirmar su materialidad y multiplicar reproducciones.
Su veneración no fue inmediata; creció conforme obró milagros, como durante la inundación de 1629 o la peste de 1736, hasta que se le juró patrona de la Nueva España. Novohispanos encargaron imágenes para iglesias españolas, y criollos fundaron una congregación en su honor en Madrid. El comercio con el virreinato, a través del Galeón de Manila, facilitó su llegada a puertos como Sevilla y Cádiz, extendiéndose hasta Cantabria y otras regiones.
El culto estuvo ligado al Arzobispado de México y se impulsó con obras como Felicidad de México (1648) de Miguel Sánchez y el Nican mopohua (1649) en náhuatl. La copia más antigua, de 1656, fue pintada por José Juárez tras descorrerse los velos de la tilma; luego viajó a España, donada al Convento de la Concepción, en Ágreda.
Aunque el arzobispado controlaba su difusión, se elegían artistas indígenas para reproducir la imagen, como Luis de Tejeda. Más tarde, el pintor mulato Juan Correa realizó el primer calco, usando tiras de papel aceitado para plasmar detalles exactos. A partir de ahí surgieron numerosos facsímiles, reforzando su presencia y convirtiendo a la Virgen de Guadalupe en símbolo de identidad de la sociedad novohispana.
Al comenzar el siglo XIX, se transformó también en estandarte de la lucha por la independencia, trascendiendo como ícono que une fe, historia y memoria colectiva.








































