¡Todos somos Loret!
La libertad de expresión, el ataque a la democracia y un demencial odio a España, campean en el México oficial. Veamos antecedentes.
La derrota de los mexicas en Tenochtitlán, no significó la “conquista de México”, sino vencer a un pueblo del Altiplano, sanguinario, cruel y antropófago. En esa derrota tomaron parte contingentes de guerreros tlaxcaltecas superiores en número, antes humillados por la furia azteca y por ello se aliaron con Cortés. El gran territorio de La Nueva España, fue colonizado en avanzadas posteriores, sin hechos de armas como el 13 de agosto. La historiografía oficial creó un enemigo: los españoles y omitía a los tlaxcaltecas.
La revolución de independencia tuvo como enemigo inicial al “mal gobierno” (virreinal) equívocamente “aliado” a la furia jacobina de Napoleón Bonaparte cuando invadió España. Un furioso cura Hidalgo anhelaba el reinado de Fernando VII. Once años después, Iturbide, criollo como Hidalgo, consumó la Independencia que fue, en términos de carne de cañón y sangre, una guerra civil. España nos dejaba un gigantesco territorio, en manos de gobiernos inexpertos. Pero la historiografía oficial creó un enemigo: los españoles.
Estados Unidos logró arrancarnos Texas en 1836 y en 1848 un vasto territorio desde Nuevo México hasta California, Colorado, Arizona, Utah y otras tierras. Perdimos más de la mitad del enorme suelo que nos dejó España. No supimos defenderlo. Pero la historiografía oficial creó un culpable: Antonio López de Santa Anna.
La reforma emprendida por los liberales en 1854, llevó a una división (urdida por Juárez) entre mexicanos, a una guerra civil (1858-1861) y luego a una invasión francesa, de la cual nos salvó el gran militar Porfirio Díaz. Fueron diez años de guerra y muerte. Pero la historiografía oficial creo dos enemigos: el Partido Conservador y la Iglesia.
En 1910, un fanático espiritista, Francisco I. Madero, provocó una revolución que se prolongó siete años cuando éramos un país fuerte. Lucha de facciones y un millón de muertos y expatriados después quedaba México en pobreza y en ambiciones de caudillos. Pero la historiografía oficial inventó un culpable: Porfirio Díaz.
Lázaro Cárdenas, en 1938 y López Mateos, en 1960, nacionalizaron el petróleo y la electricidad respectivamente. La historiografía oficial creó enemigos: las empresas extranjeras. (En realidad, el Tata expropió para favorecer a Estados Unidos).
En 1994, Carlos Salinas suscribió con Estados Unidos y Canadá, el Tratado de Libre Comercio. Un ocurrente inventó que se iniciaba la “etapa neoliberal” continuada por Zedillo, Fox, Calderón y Peña. Desde el poder se estigmatizó al liberalismo como el enemigo más temible de México y lo condena a tarde y a mañana, sin proponer algo diferente o mejor.
Hoy en día, febrero de 2022, el presidente de México, creyó que en 1910, que en 1857 y que en 1910, habían ocurrido “transformaciones”. Y sí, las hubo, pero haciendo retroceder económica y socialmente a México. Ha resucitado “enemigos”: españoles, conservadores, neoporfiristas y neoliberales. Ha emprendido una guerra que si no fuera porque se declara desde el Palacio de los Virreyes, parecería fantasmal, pero es real, al grado de proponer “pausar” nuestra buena relación con España, nuestra gran raíz familiar, étnica, lingüística y cultural, en uno de los hechos más desorbitados de una “política exterior” sin rumbo, sin brújula y naufragando en el odio y la ignorancia. Ha pasmado a la diplomacia local e ibérica, como se hizo con Panamá. Lo único que se ve en el horizonte es la del desastre, la corrupción y el engaño.
No sólo España es objeto de odio y venganza, también la democracia y la libertad de expresión, violando las leyes: ya cobra muchas víctimas. Lamentable panorama para un país con gobierno “híbrido” dijo recién The Economist, con rumbo a la dictadura.
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“No sólo España es objeto de odio y venganza, también la democracia y la libertad de expresión, violando las leyes: ya cobra muchas víctimas.”


































