Bersahín López
Los recientes hechos de violencia, los robos cotidianos y los homicidios que lastiman a nuestras regiones no son casos aislados; son el síntoma doloroso de una falla estructural que lacera a las familias oaxaqueñas. El primer acto de responsabilidad política es llamar a las cosas por su nombre y reconocer exactamente en dónde estamos parados.
La inseguridad que hoy vivimos no surgió de la noche a la mañana; ha sido construida durante muchos años con omisiones, poco profesionalismo, actuación sesgada y el declive de las instituciones.
A esto se suma que la corrupción es el gran lastre del siglo XXI, contaminando todas las esferas de lo público y lo privado. Pretender la paz en Oaxaca con operativos lejanos, temporales y generados desde la comodidad de una oficina nunca será la solución.
Por ello, la recuperación de la seguridad colectiva exige un cambio de fondo: la participación decidida de la ciudadanía, la aplicación estricta del marco legal y una actuación de los funcionarios públicos de forma determinante y profesional.
Esto implica ubicar los escenarios de mayor inseguridad y actuar en función de este análisis; informar a la ciudadanía y compartir estrategias que puedan trabajarse de manera conjunta.
Significa también que cuando exista una denuncia por algún delito realmente se atienda; que cuando haya un llamado de auxilio no existan demoras; y que cuando se detenga a presuntos delincuentes, las instituciones protejan a las víctimas en la plenitud de sus derechos y no privilegien a los infractores bajo ninguna influencia política, sino que hagan valer el pleno estado de derecho.
La construcción de la paz encuentra sentido cuando los eslabones del humanismo y la gobernabilidad están perfectamente sincronizados. Esto tiene que ver con la actuación del Estado como eje rector de la seguridad pública, pero también con la necesidad imperativa de dialogar de cerca con las comunidades, recuperar la confianza entre las familias y las instituciones de seguridad, y generar estrategias de fondo en cada territorio, respetando sus particularidades y realidades locales.
La reinstalación de un verdadero estado de derecho ya no puede ser una tarea unilateral o aislada; tiene que ver con un gran ejercicio de participación comunitaria que permita fortalecer la cultura cívica y generar lazos de unidad. Es indispensable que, cuando existan actos de inseguridad, podamos unirnos como familias para que las instituciones tengan actuaciones determinantes en favor de la paz y la tranquilidad colectiva.
Actualmente, se han enquistado en nuestra sociedad acciones y dinámicas que nos afectan a todas y todos, provocando el temor a la denuncia y la omisión ante el delito debido a la poca probabilidad de que exista una sanción y al miedo a las repercusiones. Esto cambiará cuando el temor colectivo desaparezca y cuando comprendamos que una sociedad unida es una sociedad fuerte.
Somos un pueblo con una calidad humana extraordinaria; debemos recuperar la esencia de nuestra hermandad. Una solución de raíz está sumamente ligada a los principios familiares y a los valores humanos, y es ahí donde también debemos trabajar.
¿Coincidimos?
@bersahinlopez



































