Binisita
Hay algo ligeramente sobrenatural en la forma en la que dejamos de amar.
No pasa de golpe. Es más bien como una casa que se queda vacía sin que nadie anuncie la partida. Los objetos siguen ahí, las palabras se repiten solas en las paredes, el aire conserva una temperatura que ya no corresponde a nadie.
El amor no siempre se va. A veces se queda, pero sin cuerpo.
Y una se queda adentro, caminando entre restos, tratando de entender en qué momento dejó de estar habitado.
Pero hay algo más.
Algo que no es solo emocional, sino histórico.
Porque incluso esa casa, esa forma de imaginar el amor, no es completamente nuestra.
Nos enseñaron a amar de cierta manera. A esperar ciertas cosas. A medir el amor en términos de estabilidad, coherencia y permanencia.
Nos enseñaron que amar bien es amar de forma ordenada. Sin excesos, sin contradicciones, sin desbordes.
Y que si algo falla, el problema está en cómo estamos sintiendo.
Pero esa idea del amor, lineal, estable, predecible, no nació en nosotras.
Es una forma muy específica de entender el vínculo. Una que privilegia el control, la claridad, la autosuficiencia emocional.
Una que sospecha de la intensidad. Que incomoda el apego. Que convierte la necesidad en debilidad.
Y entonces empezamos a corregirnos.
A regular cuánto queremos. A medir cuánto damos. A contener lo que sentimos para que encaje dentro de lo que se supone que el amor debería ser.
Pero el cuerpo no siempre obedece.
El cuerpo recuerda otras formas.
Formas más desordenadas, más ambiguas, más difíciles de nombrar. Formas donde el amor no es una estructura limpia, sino un territorio en disputa.
Y ahí es donde se vuelve más extraño todo.
Porque no solo estamos intentando entender al otro. Estamos intentando entender una experiencia que ya viene mediada por discursos que nos atraviesan.
Amamos desde ahí.
Desde lo que heredamos, desde lo que nos dijeron que merecíamos, desde lo que aprendimos a tolerar.
Y por eso también duele tanto cuando se rompe.
Porque no es solo la persona.
Es la historia que estábamos sosteniendo. La idea de amor en la que estábamos intentando encajar.
Y cuando aparece la traición, cuando algo se quiebra de forma más evidente, no solo se rompe el vínculo.
Se rompe la narrativa.
Es como si alguien hubiera movido las piezas de un juego que una creía entender.
Y entonces una duda de lo que vio. De lo que sintió. De su propia capacidad de leer al otro.
Pero otras veces no hay ruptura clara.
Solo una especie de desalineación lenta.
Como si dos trayectorias que alguna vez coincidieron dejaran de hacerlo sin explicación suficiente.
Y ahí aparece lo más difícil de aceptar:
Que el amor no siempre fracasa. A veces simplemente deja de ser compatible con quienes somos.
Y eso no encaja en la idea que nos enseñaron.
Porque nos dijeron que el amor, si es real, se sostiene. Se cuida. Se queda.
Pero ¿qué pasa cuando lo que cambia no es la voluntad, sino las condiciones?
Cuando el tiempo, las experiencias, las formas de ver el mundo transforman tanto a dos personas que ya no logran encontrarse en el mismo lugar.
Quizá lo más incómodo de todo es esto:
Que el amor no es una experiencia pura.
Es una práctica atravesada por historia, por poder, por expectativas que no elegimos del todo.
Y aun así, se siente.
Se siente real. Se siente necesario. Se siente, a veces, inevitable.
Y entonces una tiene que aprender a habitar esa contradicción:
Que amar puede ser profundamente genuino y al mismo tiempo estar mediado por todo lo que nos antecede.
Que puede ser bello y también limitado.
Que puede ser nuestro sin ser completamente propio.
Y que a veces, lo único que queda es salir de esa casa que ya no nos reconoce sabiendo que no solo dejamos a alguien atrás, sino también una idea del amor que ya no sabemos sostener.


































