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Gladys Tzul Tzul: las indígenas no queremos ser llamadas feministas

La socióloga guatemalteca considera que las luchas actuales entre comunidades indígenas y gobiernos son la resistencia de una oposición de años, en donde las consultas son una farsa y se mantienen las persecuciones

  • Gladys Tzul Tzul: las indígenas no queremos ser llamadas feministas
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Para hablar sobre temas que tiene que ver con comunidades indígenas y sus luchas, las socióloga Gladys Tzul Tzul considera necesario explicar cómo está condicionada su mirada.

“Como soy investigadora, pienso que uno mira desde un horizonte y lente teórico”, aclara la también activista mayak›iche›, quien por varios años ha trabajado en la teoría política comunal para romper la idea de que lo comunal es únicamente tradición, usos y costumbres o repetición.

“He construido una serie de preguntas teóricas sobre qué significa pensar la política en clave comunal, qué significa territorio y tierra en términos comunales indígenas, no únicamente definidos por instrumentos internacionales o por definiciones antropológicas”, ahonda la autora de una infinidad de artículos y el libro Sistemas de Gobierno Comunal Indígena: Mujeres y tramas de parentesco en Chuimeq’ena’

Sólo tras ello responde a la pregunta con que comienza esta conversación en Oaxaca, un estado mexicano cercano a la frontera con su país, Guatemala, y que a su vez se inscribe en Latinoamérica, en donde por varios (cientos de) años los pueblos y comunidades indígenas han sostenido las luchas y defensas de sus territorios. Además de participar en protestas como la vivida en la primera quincena de octubre en Ecuador, ante las medidas de austeridad anunciadas por el gobierno de aquel país.

¿Cómo está Latinoamérica? ¿Cómo la observa?

Creo que las luchas mapuches, las luchas amazónicas, las luchas de comunidades indígenas en Guatemala y de aquí en Oaxaca, en México, lo que nos muestra es una actualidad de la confrontación entre comunidad y estado, comunidad como un sistema histórico, político y económico que pugna con una estructura jurídica, política, económica, centrada en el estado y que tiene como premisa la propiedad privada. Si desde ese lente vemos, la confrontación entre propiedad comunal y propiedad privada está instaurada y presente, y creo que es lo que moviliza la política en los estados en este momento. Dado que la política de acumulación en Latinoamérica se centra en este momento en la extracción de agua, de minerales, justamente eso coincide en lugares donde la tierra es comunal porque la han tenido los pueblos.
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El pensamiento de Gladys contempla el antagonismo entre estado y comunidades, de ahí que desde esa mirada perciba el estado de sitio en su país (en 22 municipios) como uno con la intención de arrebatar la tierra que históricamente es de las comunidades. “Establecer un estado de sitio abre la posibilidad de desalojar tierras”. Y prácticas como esa, ahonda, ponen a pensar en la propiedad de otros recursos como el agua.
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¿Se relacionaría esto con lo ocurrido recientemente en Ecuador o con el contexto que se vive en Brasil?
Sí. A mí me emocionó mucho el levantamiento indígena ecuatoriano. Hice una investigación doctoral en 2014 sobre el levantamiento de la década de 1990 (el primero del continente en el siglo XX y estaba fascinada por ver las diferencias entre ese y el actual. Era muy interesante ver la pluralidad de voces de la amazonía, de la sierra y de la costa porque aunque había una demanda clara en contra del aumento al pasaje, a las cuestiones de las gasolinas, no era únicamente por eso, sino porque no queremos más campos petroleros, no queremos más minería, no queremos una ley de agua, no queremos una ley fitosanitaria que, digamos, va en contra de la forma de economía y las formas de riqueza concretas al interior de las comunidades indígenas en Ecuador.
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Como esas otras formas de riqueza, Gladys refiere que en las comunidades indígenas estas tienen que ver con la biodiversidad, con la existencia y generación del agua. Además de la conservación y cuidado que les han dado históricamente y desde donde emergen luchas y voces en contra de proyectos como los de hidroeléctricas o minerías, pues abogan por la conservación de sus recursos como bienes comunes, y no sólo de las comunidades en donde están ubicados.
Pero el rechazo de esas comunidades a los proyectos, ahonda Tzul Tzul, ha sido acompañado por una serie de agresiones que se extienden a comunidades enteras, y que son el reflejo de la negativa de los gobiernos a escuchar a las comunidades. Sobre las luchas por conservar los medios y recursos para la vida, detalla que los gobiernos instalan estados de sitio, persiguen a los activistas y fingen consultas.
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Si las consultas las ha observado como farsas, ¿es pertinente hacerlas o no?
Lo que pasa es que en las comunidades indígenas la consulta es un paso de un gran proceso y creo que ya las comunidades dijeron que no. Y no es no, en eso nos parecemos a las feministas.
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De acceder a las consultas, la decisión tendría que ser según los criterios de las mismas comunidades. “El Convenio 169 eso es lo que dice que es con sus propias instituciones y no establecidas o estandarizadas”, subraya.
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Cuando se habla de luchas, de mujeres indígenas, ¿cómo se habla sobre el o los feminismos?
Creo que hay una diferencia radical entre mujeres indígenas y movimientos feministas. Eso no significa que no haya diálogos, los hay; sobre todo sobre el diagnóstico de la dominación. Las feministas tienen una propuesta de investigación y han diagnosticado cómo ejerce la dominación, cuáles son los efectos en nuestros cuerpos. Y como mujeres indígenas también tenemos una serie de investigaciones, de discursos, de tips, de conversaciones donde también hemos hablado de estas cosas y (tenemos) un diagnóstico.
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No siempre hay coincidencias, remarca, pues “el feminismo es hijo del liberalismo y está pensando procesos de emancipación en términos individuales”, o al menos un tipo de feminismo es así y nace de esa sociedad. Y eso se diferencia de “un montón de mujeres indígenas que han luchado por al agua, por el camino, por la fiesta, por la tierra, que no tomaron talleres de género ni de feminismo, que no leyeron a Simone de Beauvoir, que no leyeron a Silvia Federici”, pero que son como la abuela, la tía, la madre y otras conocidas de Gladys, quienes tienen una concepción del mundo en femenino.
“Hay al interior del mundo indígena un panteón de mujeres con nombres y apellidos, con acontecimientos al frente que nos han enseñado a muchas de nosotras. Y muchas de nosotras podemos, luego, conversar con cierta producción feminista”.
Si bien, cree en los diálogos entre estas y las feministas, Gladys remarca que ninguno suplanta a otro movimiento o idea. Aunque remarca su contradicción hacia aquellas mujeres que digan que “las mujeres indígenas dicen que no son feministas, pero sí lo son aunque no se han dado cuenta todavía”.
“Esa es una tensión que está en estos momentos, lo cual es interesante, pero si ellas catalogan, nosotras tenemos que responder diciendo que no queremos ser catalogadas.
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Entonces, ¿no hay que nombrarse feminista para decir que se lucha por los derechos propios?
No, yo creo que no. Por lo menos en las sociedades indígenas, no, y ese es un acto de libertad.

 

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