• FERNANDO A CALDERÓN Y RAMÍREZ DE A.•
• II parte •
Pero ahora mientras estaba vuelto con la cara hacia las curvas ocultas del camino, mirando a su través, de pronto tuvo la fuerte impresión de que el tiempo lo había sobrepasado y circundado, de que se extendía por el campo y lo rodeaba, con lo que le entorpecía y extraviaba el juicio. Con un espasmo de coraje inesperado y desacostumbrado, volvió a llevarse la mano al reloj. Tenía la impresión de que había transcurrido, un cuarto de hora desde la consulta anterior. Así pues teniendo en cuenta su estado de impaciencia, supuso que en realidad habrían pasado cinco minutos. Lo observó. Sólo habían transcurrido dos minutos.
Lord Gelsy hizo un pequeño esfuerzo mental y casi inmediatamente tuvo conciencia del esfuerzo. Se dijo: ésta es otra señal de la edad. Estoy perdiendo el sentido del tiempo. Indiscutiblemente la vejez iba afectándolo cada vez más de prisa. Ahora lo abordaba de dos modos: no sólo atacaba su modo de vivir sino también su conciencia de la vida. Saberlo lo reconfortó: tal vez pensó por última vez. Ese conocimiento daría de sí. Lo saborearía mientras pudiese. Todavía con la cara vuelta hacia los árboles, Lord Gelsy dijo en voz alta.
Por lo que se ve, estoy en total decadencia y de todos modos hay que hacerle frente. ¿Estoy actuando con dilación? Sí, pero dadas las circunstancias la dilación resulta un juego adecuado y agradable. Es el ladrón del tiempo, ¡y con cuánta razón!, ¿por qué tiene el tiempo de imponer su voluntad?
Miró de nuevo al frente y continuo por el camino hacia delante. Ahora atravesaba campos rasos y no había ningún ser vivo. Eran pastos pero no había bestias. Había a su alrededor una especie de vacío por el que avanzaba, entorpecido por la opresión cada vez más intensa del tiempo. Las cosas duraban. En su momento había protestado por la excesiva fugacidad del mundo. Esta vivencia era nueva, era duradera, casi hubiera podido creer que interminable. La medida de aquella sensación era su respiración, que conforme, fuera haciéndose más lenta y fatigosa, se convertiría en la medida de una tarea interminable: al igual que los trabajos de Sísifo el personaje de la mitología griega que como castigo tenía que subir un roca y cuando resbalara volverla a subir y así eternamente, fue fundador y rey de Éfira. Este recuerdo hacia avanzar a su lento corazón por cada uno de los momentos infinitos, y se relajaba para dejarlo volver a latir y empezar de nuevo. Era el primer contacto con algo que Gelsy aún no había sentido nunca con la simple y absoluta desesperación.
En aquel instante vio la casa y mientras miraba se preguntó por las dimensiones de la curva. Daba la impresión de trazar una semicircunferencia de manera que regresaba en la dirección que iba.
En aquellos momentos Lord Gelsy se daba cuenta de todo esto pero de una manera sólo a medias consciente, lo que le llamaba la atención no era la puerta sino la chimenea que echaba humo en el sentido literal de la expresión. Humo en abundancia y sin parar con densa negrura y sólo de vez en cuando resplandecía de color carmesí intenso como si un genio atrapado estuviera esforzándose por escapar de la prisión en movimiento que lo encerraba. La casa en sí era poco más que una cabaña. Había una puerta, cerrada. A la izquierda una ventana también cerrada, encima dos ventanas de la buhardilla, cerradas u cubiertas en su interior con alguna colgadura oscura. No había rastro de vida por ningún sitio y el humo no cesaba de ascender al cielo inerte. A Chelsy le resultó curioso no haberse percatado de todo lo que ahí estaba.
Si al entrar en la cabaña por ahora el debería hacer algo se preguntó. Miró por la ventana pero estaba velada por suciedad. No distinguía bien si los vidrios ocultaban o no el humo del interior. Cuando estuvo cerca del umbral de la ventana casi se le salía ésta de su campo de visión, creyó ver un rostro asomándose desde dentro y retrocedió un paso y volvió a mirar para comprobarlo. El rostro si es que en realidad se trataba de un rostro, que sólo había al mirar él de soslayo, como una especie de instantáneo garabato blanco contra la ventana borrosa, como si fuera una máscara colgada más que una persona viva, o como si el cristal de la ventana lo hubiese mirado a él de refilón y él hubiese captado la mirada sin comprender la causa. Al retroceder no vio cara alguna y creyó que era un efecto de la luz, regreso al umbral y llamó con los nudillos.
No hubo respuesta y volvió a llamar de nuevo y de nuevo aguardó y mientras estaba allí de pie comenzó a sentirse irritado. El equilibrio mental de Lord Chelsy no se había logrado sin generar una considerable energía que contrapesase la violencia de su temperamento natural. Había personas a las que en su momento él tenía muy cerca de odiar por ejemplo a su cuñado. Su cuñado no era una buena persona. Lord Chelsy lo admitió, mientras estaba frente a la puerta y sin ninguna razón comprensible se acordó de él. Su cuñado había muerto, el casi lo lamentaba ya que deseaba seguir provocándolo y atormentándolo. (Continuará…)



































