Contrario a lo que muchos creen, el poder no siempre se sostiene sobre la fuerza. El siglo XX demostró que existe un instrumento más eficaz que las armas: el control de la narrativa. Quien logra definir el significado de las palabras y los marcos de interpretación de la realidad tiene gran parte del camino recorrido hacia la conquista del poder.
El pensador italiano Antonio Gramsci denominó a este fenómeno “hegemonía cultural”: la capacidad de un grupo para presentar sus intereses particulares como si fueran los intereses de toda la sociedad. Cuando esto ocurre, quienes cuestionan la narrativa dominante suelen ser descalificados mediante etiquetas ideológicas que buscan anular el debate antes de que comience.
Durante décadas, diversos grupos políticos y sociales construyeron una narrativa según la cual toda movilización era presentada automáticamente como una legítima lucha popular. En ese relato, las afectaciones económicas, los bloqueos, la suspensión de clases y los daños a terceros quedaban relegados frente a conceptos como resistencia, dignidad, soberanía o transformación social.
La expresión “Ciudad de la Resistencia”, utilizada con frecuencia para referirse a Oaxaca, ilustra este mecanismo. Más allá de su aparente inocencia, la frase proyecta la idea de que un grupo específico representa a toda la sociedad oaxaqueña. Quien se autodefine como resistente adquiere automáticamente una supuesta superioridad moral, mientras que quien cuestiona sus acciones corre el riesgo de ser señalado como enemigo del pueblo o aliado de intereses contrarios.
Así, la discusión deja de centrarse en los resultados concretos para trasladarse al terreno emocional y simbólico. Durante años predominó la narrativa que describía los acontecimientos de 2006 como una insurrección popular y democrática. Sin embargo, con el paso del tiempo han surgido cuestionamientos sobre los beneficios reales que obtuvo Oaxaca después de meses de conflicto, parálisis económica y deterioro institucional.
No debe perderse de vista que las narrativas no solo movilizan personas; también construyen legitimidades que pueden transformarse en capital político. Muchos de los actores que protagonizaron aquellos movimientos ocupan hoy espacios de poder, confirmando que la disputa por el relato también es una disputa por el gobierno.
Actualmente, esa batalla se libra en las redes sociales. Miles de usuarios participan diariamente en una competencia por definir qué hechos deben generar indignación, quién merece ser considerado víctima o héroe y cuáles temas deben permanecer fuera de la discusión pública. Sin embargo, la percepción social parece cambiar. Mientras muchos ciudadanos enfrentan dificultades económicas cotidianas, los discursos simplificadores y las apelaciones emocionales pierden capacidad de convencer.
La capacidad de distinguir entre los hechos y los relatos políticos sigue siendo uno de los grandes desafíos de nuestra época. De ello depende la construcción de una sociedad más crítica, informada y capaz de evaluar a sus gobernantes por sus resultados y no únicamente por sus discursos.

































