Revocación gansito y diplomacia reprobada
El texto constitucional de 1917 no permitía la reelección presidencial en ninguna circunstancia: ni continua, ni alternada; ni para quien, como provisional, sustituto o interino hubiera ocupado la silla mayor de Palacio Nacional. Fue por ambición de poder que Álvaro Obregón, ayudado por Plutarco Elías Calles, se atrevieron a modificar en 1926 el artículo 82 de la llamada carta magna, para permitir que el Traidor de Cajeme se reeligiera en las elecciones de 1928 y cubrir una etapa sexenal. Pero Obregón fue asesinado después de las elecciones, en julio de 1928 y, para bien de la República, el principio de “no reelección”, lema de Madero, fue restablecido en la Constitución. Desde entonces, ningún presidente mexicano ha repetido en ese cargo. Ha habido escarceos, más de los grupúsculos serviles que de los propios mandatarios.
Pero ninguno, desde Portes Gil hasta Peña Nieto (17 presidentes de 1928 a 2018), ha dicho que “no se va a reelegir”. En realidad, ni Alemán, ni Echeverría, ni Salinas, llegaron a expresar públicamente ese interés si es que alguna vez lo hubo. Pero en el actual mando presidencial de 2018 a 2024, el Ejecutivo repite, reitera y reafirma de manera frecuente y sin que nadie le pregunte, que “no se va a reelegir” o que “no busca la reelección o prolongación del mandato”. A cambio de ello, se inventó modificar la fracción IX del artículo 35 constitucional, para introducir la “revocación de mandato presidencial”, reglamentada en 2021, con una ley específica. Nadie pidió esa argucia y en realidad a nadie le interesa, mucho menos en este periodo. Lo reprobable es que el mismo presidente y sus simpatizantes políticos, insisten de manera obsesiva, en llevar a cabo una consulta ciudadana adulterando el concepto de revocación, por el de “ratificación”, mismo que no sólo es inexistente en la ley, sino que es innecesario, puesto que López Obrador fue electo constitucionalmente para cubrir el período del 1° de diciembre de 2018 al 30 de septiembre de 2024. Pero el poder en turno ha maniobrado de muchas maneras, la más visible atacar brutalmente y desprestigiar al Instituto Nacional Electoral y realizar intensas campañas para “ratificar” al presidente. No se omite el penoso papel del presidente de la Suprema Corte de Justicia que con su voto de calidad, permitió que la pregunta incluya el término “ratificación”.
El sentido de una revocación es simple y directo: votar para que el presidente abandone el puesto (si así quiere la mayoría) y se proceda conforme los enredados textos constitucionales del caso. Lo cierto es que la consulta que se realizará el 10 de abril próximo ni es de interés público ni hará cambiar el curso de un mandato cuajado de prejuicios, ignorancia, errores, agresiones, discriminación, encono polarización y otras lindezas. Es, pensando mal (y acertar, tal vez), que será un ensayo para que al “ratificar” lo no ratificable, se llegue a proponer otra consulta amañada, para extender el mando presidencial más allá de septiembre de 2024 o, abiertamente preparar, como en 1928, una reelección, contraria al principio maderista que tanto se invoca. En suma, repetir hasta la saciedad que “no quiere reelegirse”, es homólogo al dicho de “el que mucho se despide, pocas ganas tiene de irse”.
El domingo 16 de enero, en esta Hoja por Hoja, se publicó el artículo “Diplomacia tabernera”, criticando y exhibiendo parte de los dislates y graves errores de la “política exterior” del régimen. Ese texto se quedó corto: con la manera torpe y agresiva que se ha tratado a la República de Panamá, con designaciones impropias, insolencia y fuera del protocolo diplomático convencional, México ha quedado mal ante el mundo y ha mostrado la pequeñez e infamia de quienes tienen en sus manos la “política inferior” como bien dijo Paco Calderón (Reforma, 3 feb. 2022).


































