(II) Modesto Seara Vásquez
No es muy complicado llegar a la conclusión de que el problema tiene causas complejas, una parte de ellas provocada por una humanidad desquiciada, pero la otra es resultado de causas naturales, muchas de las cuales son de carácter cíclico, que ya se habían presentado en el pasado. Ambas opciones obligan a la humanidad a elaborar una política de prevención o de respuesta, o más bien de las dos cosas, porque el cambio climático es un hecho, en el que podemos influir algo si somos los principales causantes de ello, y paliando sus efectos destructivos si sus causas escapan a nuestro control.
De pronto, con la aparición del coronavirus, la humanidad se encuentra en el torbellino de una crisis médica que no sabe cómo controlar, fragmentada como está en unidades político-sociales, incapaces de entender que una amenaza común, como ésta, solo se puede enfrentar con acciones prontas, enérgicas y comunes. No quiere darse cuenta de ello, ni se va a dar, y las consecuencias están a la vista: la paralización de toda la vida social en el planeta. ¿Será suficiente esta llamada de atención para despertar a los pueblos y comprender la urgencia de un cambio de rumbo profundo y rápido? No creemos que ése vaya a ser el caso, pues se confía en que esta crisis se va a superar, lo cual es cierto a corto plazo, y que podremos volver a los viejos hábitos del consumo desenfrenado, de una sociedad hedonista, lo cual es totalmente falso a largo plazo.
Pero, para provocar una reflexión seria respecto al futuro de la humanidad, que nos pudiera llevar a una modificación profunda de los hábitos sociales, para diseñar e implementar un modelo sostenible de desarrollo, se requieren liderazgos efectivos e instituciones nuevas, que substituyan a las actuales; principios y valores diferentes, más universales; un marco ideológico que supere los esquemas de confrontación y suma cero, heredados del siglo XIX. Hace falta introducir en el debate un mejor conocimiento científico de las variables, para poder entender mejor la gravedad de esta crisis sistémica y multidimensional y finalmente reconocer que lo que está en juego es la supervivencia de los humanos en el planeta, a un plazo no muy largo.
La crisis debería funcionar como catarsis, que lleve a la humanidad a reconocer las miserias de la conducta humana, en todo el espacio y en todo el tiempo. Sin embargo, estamos enzarzados en luchas a todos los niveles, desde el individual hasta el mundial, cada uno defendiendo su parcela de razón, sin querer aceptar que todos los pueblos del mundo, sin excepción, ha sido causa y objeto de agravios, han cometido crímenes, contra los demás y contra ellos mismos, y es hora de poner un punto y aparte, un borrón y cuenta nueva, que nos permita concentrarnos en lo esencial, que es, ni más ni menos, que la prolongación de la supervivencia humana en el único planeta que nos puede sustentar. Hay que abandonar los sueños ridículos de quienes nos ofrecen la quimera de la vida en planetas que tienen condiciones peores que las que se pueden dar en la Tierra, en la peor de las hipótesis.
Con este libro, al que se han invitado a un grupo de distinguidos académicos de diversos países, deseamos contribuir al mejor conocimiento de los problemas. Como ocurre en estos casos, no se cubre ni podría cubrir, toda la temática que nos afecta. Pero como académicos, tenemos la responsabilidad de analizar, lo más objetivamente posible, la realidad y ofrecer las soluciones que nos parezcan mejores a los problemas que se planteen.
Lo que deseamos es romper paradigmas, porque siempre hay quienes tratan de mantener los análisis dentro de los límites de lo que se acostumbra a describir como realismo, es decir asumir como único posible, lo que existe y no pensar que cuando esa posibilidad apunta al exterminio, hay que imaginar opciones nuevas que nos permitan evitar o posponer un destino que todavía, en el corto plazo, no es inevitable.
Dentro de la temática general, cada uno de los colaboradores escogió el aspecto que consideró más interesante y lo desarrolló de acuerdo con su propio criterio. A todos ellos les agradezco su aportación, así como a los profesores del Sistema de Universidades Estatales de Oaxaca, que realizaron las traducciones correspondientes, y a mis colaboradoras, Alejandra Gricelda Hernández, secretaria particular e Irma Guadalupe García, Jefa de Relaciones públicas, en la UMAR, que me ayudaron con el minucioso trabajo de dar seguimiento al proyecto








































