Ana Noemí
De niña hasta mi adolescencia, caminaba todos los días por las calles del Barrio de Xochimilco. Después me fui a Chicago. Por razones migratorias no podía regresar. Pasaron los años. La vida siguió allá, pero Oaxaca seguía siendo el lugar al que uno pertenece aunque no esté.
El año pasado finalmente pude volver.
La ciudad que encontré no es la misma que dejé.
Hay más prosperidad, eso es evidente. Más turistas, más restaurantes, más hoteles, más movimiento. Pero esa prosperidad vino acompañada de algo extraño: no reconozco mi ciudad. Donde antes había casas, fondas y pequeñas tiendas, ahora aparecen restaurantes que “reinterpretan” la cocina oaxaqueña a precios exorbitantes. No estoy seguro de que los platillos sean mejores que los de mi abuela.
Una placa indica que el Centro Histórico es Patrimonio Mundial de la UNESCO. Alrededor, basura. Desde un bar en un segundo piso suena rock pesado; a unos pasos, música en vivo. Frente a ese ruido parece quedar una sola casa habitada. Me pregunto cómo vivirán ahí. Es difícil escuchar el silencio de otra época.
Regreso a casa por el andador. Creo haber escapado la música. Me acerco al Instituto Renacimiento, donde estudié. Otra música crece con cada paso. Un invitado con la corbata aflojada sale tambaleando y vomita contra la pared de mi escuela. Le pregunto si está bien; se ríe y vuelve a entrar. Resulta que el salón colinda con mi escuela. Me siento mal por las monjas que la dirigen. ¿Seguirán viviendo ahí? Admiro las rejas del salón. Me entero luego que las diseñó el maestro Toledo. Quiero pensar que sentiría tristeza.
Cruzo Niños Héroes, eventualmente llego a casa. Esa noche sueño que Toledo es un gigante, arranca las rejas y se las lleva debajo de su brazo sin más.
Deseo encontrar mañana en mi ciudad lo que hoy no supe ver.











































