Alonso Tolsá
Bajo la dirección de Marinés Cardoso, el pasado jueves 9 de abril a las 6pm, quince danzantes de butoh presentaron la última de dos funciones en Estación Morelos. Aunque el aguacero que cayó esa tarde en el centro de la ciudad de Oaxaca retrasó unos minutos el evento, no impidió que este se llevara a cabo. Así, empapados y todo, nos congregamos veintitantos espectadores, muchos, entre los que me incluyo, auténticos neófitos entusiastas del tema.
El par de presentaciones llevó por nombre “Ocaso”, ¿acaso un título deliberadamente lúgubre en alusión a los orígenes posbélicos del butoh? Una rápida búsqueda en internet arroja que esta danza se inventó en la década de 1950 en Japón como un método de catarsis colectiva frente al traumático desenlace de la Segunda Guerra Mundial, a saber, dos bombas atómicas arrojadas por EEUU en Hiroshima y Nagasaki que mataron a más de doscientas mil personas. El butoh puede definirse, en contraste con las manifestaciones artísticas cuya vocación última es la búsqueda kantiana de lo bello y lo sublime, como la expresión escénica del dolor que puede incluir, por supuesto, la reconciliación sanadora.
Cuando salí de Estación Morelos dos horas después rumbo al periférico, tuve la sensación de no reconocer bien qué había visto, cómo me sentía y, en definitiva, qué había aprendido, como espectador primerizo, de la danza butoh. Llamó mi atención que el dominio técnico, basado en la tensión y distensión del cuerpo y su arduo trabajo como “órgano” muscular, parece importante, más se encuentra subordinado al de la expresividad del artista. La convicción de esta expresividad depende de que aflore la vulnerabilidad a través de canalizar emociones como la angustia, la decepción, el asomo a la insania y otras afines. El involucramiento corporal es absoluto, de los ojos a los dedos meñiques de los pies, la escenografía y el vestuario apenas sobresalen, quizá para impedir que compitan con la temperatura emocional en escena. Esta última es respaldada por atmósferas de bajos pausados y efectos de sonido oníricos.
Regresé a casa con los calcetines húmedos, pero contento. Por el convencimiento que me generó la expresividad de los danzantes, mis números favoritos fueron “Bosque nocturno” de Camille Pelloux, “Planta, semilla, piedra” de Pablo Miranda, “Madre monstruo” de Paula Castañón, “El oído se come a sí mismo” de Aerin, “Esencial”, un híbrido fascinante de danzas contemporáneas, de Sandra Ibáñez e “Hiber-nación” de Chris Christou. Al iniciar la presentación, Marinés Cardoso, una artista y estudiosa reconocida en la materia, preguntó al público en voz alta “¿qué bailarías de ser el último baile?” Si ese día también diluviara, sin duda, la coreografía de Cantando bajo la lluvia.











































