Todo comenzó en Chinameca, Veracruz, a donde Félix Reyes había emigrado con su madre. Fue su padrastro, un hombre que se dedicaba a la fotografía y al que describe como muy estricto, el que le dijo: “ten una cámara porque la vecina quiere que se le tome una foto”. Tenía entonces 17 años y habían pasado ocho desde la partida de su pueblo natal: Santiago Minas, Sola de Vega, Oaxaca. “Tres rollos tuve que echar a perder para que saliera una foto buena”, recuerda el fotoperiodista de aquel comienzo difícil en un oficio que demandaba aprender la técnica para aprovechar al máximo los 36 negativos.
Los errores no se impusieron a su tenacidad por ser “alguien” y demostrar que podía hacerlo. Tampoco lo hicieron los insultos de Alfredo Rodríguez, el padrastro que de “pinche oaxaco pata rajada” o mediocre no lo bajaba. “A mí me tocó mi orgullo”, dice el autor de la exposición Revelar otras historias de Oaxaca, en curso en el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa).
Félix, que ahora recorre la muestra apoyado de un bastón y en compañía de la familia, recuerda que con esos errores aprendió a “ver la luz”, a revelar los negativos y hacer de la fotografía una labor con la que viajó por Sinaloa, Baja California Sur y Sonora, como empleado del que luego como su patrón le negó estrenar la cámara de 14 mil pesos que había comprado con ahorros propios. Tenía entonces poco más de 20 años y el disgusto lo hizo abandonar la casa de su madre, también a dejar el oficio por un tiempo, en lo que buscaba a su padre y se dedicaba a otras actividades en el campo y el mar.
Fue entre los años 1984 y 1985 cuando Reyes, ya instalado en su estado, retoma la fotografía y por invitación del fotógrafo Alberto Carmona ingresa al periódico El Informador. En ese medio se desempeñó en la sección de sociales, pero cuando no trabajaba un compañero de deportes entraba al ruedo.
“Ahí iba yo y los mismos compañeros que cubrían deportes me veían como apestado. Son círculos y es muy difícil pasar un filtro”, narra quien en este oficio ha recorrido casi todos los diarios de Oaxaca, entre ellos El Imparcial, El Extra y Rotativo, además de ver el nacimiento y muerte de varias revistas. En la prensa nacional, sus imágenes se han publicado en Reforma, La Jornada y Proceso.
En el periodismo, donde sigue aunque de manera intermitente, pues sus dolencias le han impedido seguir los trotes de antaño, Félix Reyes ha tomado distancia de grupos o situaciones cuando lo ha visto necesario. También se ha aproximado y convivido al punto de la borrachera, pero siempre con respeto, con quienes aparecen en varias de las imágenes curadas por Abraham Nahón, a quien conoció en 2006.
Los rituales para la matanza de siete, 14 o 21 guajolotes (en la zona mixe) o de las cientos de cabras (en la Mixteca), los matrimonios arreglados en los Copala, los estragos del Huracán Paulina (1997) en la Costa, un motín en el penal de Ixcotel (en Valles Centrales), el levantamiento de diversos grupos de resistencia y la vida cotidiana, han quedado plasmados en las fotografías de Reyes. También los tiempos de la revuelta social y política de 2006 que incluso como varios muestran la crudeza y matices de la entidad, distantes muchas veces de los colores vibrantes de la Guelaguetza.
En Revelar otras historias, explica se muestran “las fracturas de Oaxaca”, estado que a su parecer se idealiza al grado de la “guelaguetzificación”. Y son esas las otras historias que el sociólogo e investigador Abraham Nahón observó en el trabajo de Reyes, quien en poco más de medio siglo de vida ha estado, como él mismo dice, “en los momentos cruciales de Oaxaca”, pero no para pasar a la historia, pues esto ya lo hizo a través de los medios.
“El culpable” de la exposición que trae a la luz la labor de Félix, “un fotorreportero de a pie, que se ha metido en regiones y zonas que no son visibles para la historia nacional ni, muchas veces, para la local”, realizó una curaduría que imágenes en su mayoría inéditas. Se trata de una serie que “desmitifica ese Oaxaca idílico e idealizado, asumiendo que pensarnos desde nuestras imágenes es también asumir que la historia no está concluida y puede cambiar su ruta y desenlace”.
Las fotografías, refiere el curador, también reflejan a una persona que se formó en el oficio, que ha ido más allá de la orden de trabajo y ha padecido la precariedad y marginación de este campo, pero que también se ha conducido en la ética, sabiendo perfectamente que del periodismo no se hará “lana”, a menos que se acuda a la corrupción.
“Si tú no tienes una ética, si no tienes valores, vas a llegar a eso, y luego al conformismo”, apunta Reyes, quien ve como un logro del fotoperiodismo el que un trabajo como el suyo se exhiba en un sitio dedicado a las artes.
“Esta obra estuvo en el archivo, en la oscuridad, en el tiempo de revelarse otra vez, ya lo estaba, (pero) faltaba (que lo hiciera) hacia afuera”, señala quien a no ser por la enfermedad estaría caminando con una caravana migrante para contar las historias de vida y adentrarse en el oficio del fotorreportero.









































