Álvaro Cuitláhuac
La catedral de Oaxaca se convierte en el epicentro de una de las más profundas expresiones de fe en la región cada 23 de octubre. Cientos de feligreses, adornados con flores y acompañados de música se reúnen para celebrar al Señor del Rayo, una imagen de Cristo crucificado que ha trascendido lo meramente religioso, convirtiéndose en un signo de identidad oaxaqueña.
La celebración del mediodía fue presidida por el Arzobispo de Antequera, Pedro Vásquez Villalobos y en ella dio cuenta del significado del Señor del Rayo en la vida de los creyentes; se dirigió especialmente a aquellos que enfrentan el dolor de la enfermedad, la pérdida de seres queridos o la desaparición de familiares. “Nos podrán contar la historia del Jesús crucificado, pero ¿cuál es su historia con él?”, preguntó el Arzobispo, apelando al sentido de amor y reconciliación que debe prevalecer en las relaciones humanas, al igual que en la devoción al Cristo crucificado.
Una fiesta pletórica de fe y tradición
En la catedral metropolitana los pilares del recinto fueron adornados con flores coloridas, mientras los acordes de la música impregnaban el aire. Algunos fieles acudieron a la misa, otros simplemente para venerar la imagen del Señor del Rayo en su capilla. Entre ellos también había turistas que, además de admirar la arquitectura, buscaban conocer la historia de este festejo tan importante para los oaxaqueños.
La figura del Señor del Rayo se ha convertido en una fusión de religiosidades antiguas y modernas. Según la leyenda, su origen se remonta a los tiempos en que los frailes dominicos pidieron al rey Carlos I de España una imagen de Cristo para evangelizar la región. Tras el intento fallido, la imagen llegó finalmente en 1540. Durante su estancia en la Iglesia de San Juan de Dios, un rayo destruyó el templo, pero el Cristo quedó milagrosamente intacto. Desde entonces, ha sido conocido como el Señor del Rayo.
El sincretismo detrás de la imagen
La historia del Señor del Rayo no solo es un relato de fe cristiana, sino también un testimonio del sincretismo que define la cultura oaxaqueña. La leyenda cuenta que el Cristo crucificado se asocia con Pitao Cocijo, el dios zapoteco de la lluvia y el rayo, pues su festividad coincide con la temporada de lluvias en la región. Este sincretismo refleja la capacidad de los pueblos de integrar lo nuevo sin perder de vista sus raíces, haciendo del Señor del Rayo una figura que conecta lo prehispánico con lo cristiano.
Una imagen venerada
La imagen del Señor del Rayo mide entre 1.55 y 1.65 metros, con un tono de piel oscuro, que algunos fieles describen como el de un Cristo moreno, aunque otros aseguran que su color original era blanco. El Cristo está representado en su momento de crucifixión, con la cabeza inclinada hacia abajo, manos y pies clavados en la cruz, la herida en el costado y la corona de espinas, detalles que evocan el sacrificio de Jesús.
Cada año, la catedral de Oaxaca se llena de flores, incienso, velas y música en su honor, mientras danzantes con plumas realizan sus ofrendas. Para muchos oaxaqueños, el Señor del Rayo no es solo una imagen religiosa, sino una fuente de protección y esperanza, un símbolo de amor y fe que sigue acompañando a su pueblo.
La celebración de la identidad oaxaqueña
El Señor del Rayo ha sobrepasado las fronteras de lo sagrado, representando un vínculo profundo con la historia, las leyendas y las tradiciones de Oaxaca. Es un símbolo que une a la comunidad, en el que la fe, la cultura y el sincretismo encuentran un espacio común de expresión.











































