Había en un lejano país un lejano pueblo donde las calles estaban ordenadas, los parques cuidados y las decisiones públicas se tomaban pensando en las generaciones futuras y no únicamente en la próxima fotografía para las redes sociales. Sus habitantes, políticamente correctos, se llamaban entre ellos vecinos y vecinas y, sus gobernantes, entendían que administrar una ciudad significaba custodiar una herencia recibida y entregarla mejor de lo que la encontraron. Ese pueblo, desde luego, no era Oaxaca.
Gobernar Oaxaca de Juárez no es como gobernar muchas otras ciudades. Quienes buscan esa responsabilidad, aunque solo sea como un cargo más, no reciben solamente una estructura anquilosada y burocrática, un presupuesto o una nómina. Reciben siglos de historia expresada en sus calles, sus edificios y sus plazas. A lo largo de generaciones, quienes aquí vivimos la hemos escrito hoja por hoja de memoria y patrimonio. Fue la Antequera novohispana, la ciudad que vio crecer a Benito Juárez y a una generación de grandes liberales cuyas decisiones políticas moldearon, pacificaron y dieron identidad a un México disperso después de su independencia. Es un centro histórico reconocido internacionalmente y, al mismo tiempo, una ciudad profundamente viva y orgullosa. Para algunos es una sociedad en permanente resistencia y gran rebeldía.
Por eso resulta preocupante observar la superficialidad con la que parecen abordarse algunas decisiones públicas recientes.
Las polémicas de los últimos meses no son importantes únicamente por sí mismas, sino por lo que revelan acerca de una forma de gobernar. La reforestación del Cerro del Fortín con especies ajenas al ecosistema local, posteriormente cuestionada por especialistas; las intervenciones improvisadas en espacios históricos como El Llano; o las controversias urbanas derivadas de autorizaciones y cambios en zonas altamente sensibles de la ciudad parecen compartir un mismo denominador común: la ausencia de una visión integral sobre la ciudad que se administra.
Oaxaca no admite ocurrencias.
La ciudad exige estudio, diálogo y sensibilidad histórica. Cada árbol que se planta o se pierde, cada jardín que se modifica y cada permiso que se autoriza impactan un patrimonio que pertenece no solamente a los habitantes actuales, sino también a quienes vendrán después.
El caso de El Llano resulta particularmente simbólico.
Ese parque no es simplemente un espacio recreativo. Forma parte de la memoria política y cultural de Oaxaca. Allí estuvo José María Morelos durante la guerra de Independencia. Allí permanece uno de los monumentos más logrados dedicados a Benito Juárez. Durante generaciones ha sido escenario de actividades culturales, encuentros ciudadanos, celebraciones populares y tradiciones únicas e irrepetibles como los “Viernes del Llano”.
La biografía sentimental de nuestra capital estaría incompleta sin El llano.
Sin embargo, el deterioro es evidente. Las áreas verdes muestran abandono, varias fuentes permanecen inactivas, los árboles enfrentan plagas y el espacio público ha sido progresivamente desplazado por ambulantes y puestos de fritangas. Y en este régimen, sobre todo, por eventos políticos que utilizan el parque más como escenografía que como patrimonio histórico. Esta metáfora de la situación actual es precisa, pero cruel: una ciudad histórica administrada con criterios de temporalidad política.
Los gobiernos municipales no deberían limitarse a administrar los problemas que aparecen durante tres años. Su obligación es mucho más ambiciosa: pensar la ciudad a veinte o treinta años de distancia. Las banquetas, los árboles y los parques sobrevivirán a las administraciones. También sobrevivirán sus errores.
































