La muerte de Carmen Cordero Avendaño deja en Oaxaca un silencio difícil de llenar. No se trata únicamente de la despedida de una jurista o de una investigadora; se trata de la partida de una mujer que dedicó su vida a comprender el alma profunda de los pueblos originarios. Con su ausencia, Oaxaca pierde a una de sus observadoras más sensibles, a una estudiosa que supo mirar con respeto aquello que durante mucho tiempo el derecho oficial se negó a reconocer: la sabiduría jurídica que vive en la costumbre de las comunidades.
Nacida en Oaxaca de Juárez el 31 de agosto de 1931, Carmen Cordero perteneció a una generación de mujeres que debieron abrirse paso en espacios que todavía no estaban pensados para ellas. Cuando ingresó al Instituto de Ciencias y Artes del Estado de Oaxaca para estudiar Derecho, era la única mujer de su generación. Aquella circunstancia, lejos de intimidarla, fortaleció su carácter. Con disciplina, inteligencia y convicción, demostró que el conocimiento jurídico no era patrimonio exclusivo de los hombres. Sus primeros pasos en la vida profesional estuvieron marcados por el servicio público. Fue la primera mujer que ocupó el cargo de Defensora de Oficio en Oaxaca, una responsabilidad que asumió con determinación en un entorno en el que incluso los propios presos desconfiaban de ser representados por una mujer. Pero su carácter sereno y su preparación terminaron imponiéndose. Pronto comenzaron a buscarla quienes necesitaban defensa.
Fue en esos años cuando ocurrió algo que marcaría profundamente su vida intelectual. En los expedientes judiciales aparecían hombres indígenas sometidos a procesos penales sin comprender el idioma en el que eran juzgados. Aquella injusticia revelaba un problema más profundo: el Estado mexicano aplicaba su sistema jurídico a pueblos que se regían por normas distintas, por sistemas de autoridad propios y por una lógica comunitaria que rara vez era comprendida por los tribunales. Tal vez fue la semilla de buscar el conocimiento de la cultura indígena. La vida la llevó lejos de México durante algunos años. El matrimonio con el francés Bernard Durand la condujo a vivir en Asia y posteriormente en Europa. Vietnam, Camboya, África y finalmente París ampliaron su horizonte cultural y fortalecieron su mirada como científica social. Pero la distancia no diluyó su vínculo con Oaxaca; por el contrario, lo hizo más profundo. En la Sorbona encontró el espacio académico donde su inquietud intelectual tomaría forma rigurosa. Allí decidió dedicar su investigación doctoral al estudio del derecho consuetudinario de los pueblos indígenas de Oaxaca. No era un tema habitual en la academia jurídica de aquellos años. El derecho indígena apenas comenzaba a ser reconocido como un campo legítimo de investigación.
Su voz también estuvo presente en momentos clave de la discusión nacional sobre los derechos indígenas. Participó como asesora jurídica en los diálogos de San Andrés, donde defendió la necesidad de construir una relación más justa entre el Estado mexicano y los pueblos originarios. Su postura era clara y profundamente humana: los pueblos indígenas no reclaman soberanía; reclaman respeto. Esa convicción atravesó toda su vida intelectual. Nunca miró a las comunidades indígenas desde la distancia académica o desde el exotismo cultural. Las miró con respeto, con curiosidad genuina y con una profunda admiración por su capacidad de resistencia histórica.
Hoy, con su partida, Oaxaca pierde a una mujer que dedicó su vida a escuchar esas voces. Pierde a una jurista que comprendió que el derecho no sólo se escribe en los códigos, sino también en la memoria viva de los pueblos. Pierde a una investigadora que supo detenerse para mirar donde otros pasaban sin ver. Pero su obra permanece. Sus libros, sus investigaciones y su ejemplo seguirán acompañando a quienes buscan comprender el derecho indígena no como una curiosidad del pasado, sino como una expresión viva de justicia comunitaria.
En tiempos en que la diversidad cultural sigue planteando desafíos al derecho moderno, la obra de Carmen Cordero nos recuerda algo esencial: que la verdadera justicia comienza cuando somos capaces de reconocer al otro en su propia dignidad. Hoy Oaxaca la despide con respeto y gratitud. Y en ese gesto queda también el reconocimiento a una mujer que dedicó su vida a comprender, a explicar y a defender la riqueza cultural de los pueblos originarios. Descanse en paz Carmen Cordero, mujer de mirada profunda, jurista de convicciones firmes y amante incansable de las culturas que dan identidad a esta tierra.




































