El pasado lunes, el gobernador Alejandro Murat, junto con el titular de la Unidad de Inversiones de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHyCP), recorrieron un tramo carretero de la autopista Mitla-Tehuantepec. Durante el recorrido –dice el boletín oficial- realizado en el kilómetro 105 de la autopista, ambos personajes constataron las tareas que se realizan en el entronque al municipio de San Pedro Quiatoni, así como los trabajos de pavimentación en la zona de Santo Domingo Tepuxtepec. En este lugar, el titular de la Secretaría de las Infraestructuras y el Ordenamiento Territorial Sustentable (Sinfra), Javier Lazcano Vargas dio a conocer que esta infraestructura tiene una inversión de más de 10 mil millones de pesos y se estiman cerca de 24 meses más de trabajos para ser concluida. Asimismo, permitirá la reducción del tiempo de traslado de cuatro y media horas, a sólo dos.
En su intervención, el funcionario federal señaló que esta autopista, al igual que la de Barranca Larga–Ventanilla, son compromisos asumidos por el presidente Andrés Manuel López Obrador con el pueblo de Oaxaca, por lo que los trabajos continuarán desarrollándose para impulsar el desarrollo de la entidad. En la clásica mañanera del pasado martes, el ejecutivo federal anunció una gira por Oaxaca para supervisar las citadas obras carreteras. Empero, nada nuevo para quienes, como los oaxaqueños, hemos escuchado el mismo discurso desde que ambas obras iniciaron: la primera, hace al menos 20 años, la segunda, desde 2008, a la fecha. Es decir, se trata de obras que han sido más que una realidad una ilusión. Hay que recordar que, en junio de 2019, AMLO, en una de sus numerosas giras por el estado, anunció que la autopista a la costa se terminaría en 2022 y la del Istmo estaría concluida en 40 meses.
Ello implica que ambas obras de infraestructura seguirán postergándose, haciendo sus costos más elevados. Oaxaca pues –y perdón por insistir- parece no estar en el ánimo de la Federación. He ahí el por qué envían para hacer la supervisión y el recorrido a un funcionario de tercer nivel y no al titular de la dependencia que, se supone, es la responsable del manejo del dinero en el país, no de la realización de las obras carreteras. En este espacio editorial no ha sido fortuita nuestra crítica e insistencia sobre los proyectos aludidos. En ninguna parte del país hay obras tan postergadas como las que nos ocupan ni, mucho menos, han tenido costos tan altos. Es cierto, la idiosincrasia del oaxaqueño ha complicado las cosas, pero ello no implica tanto discurso fatuo y tanto abandono del gobierno federal.
Endurecer medidas
Ante la situación que vive Oaxaca, en el sentido de que los contagios y decesos por Covid-19 no ceden, hay autoridades municipales del estado que han hecho más severas sus medidas para contener dicho mal. Lo hemos dicho: se trata de una situación de excepción en la que no debe haber ni resistencia de la ciudadanía ni, mucho menos, temor de parte de las autoridades. Es obvio que no es tarea fácil cerrar mercados u obligar a la población a quedarse en casa. Pero algo tiene que hacer el gobierno para evitar que el mal siga creciendo y que, en lugar de seguir avanzando en el semáforo epidemiológico vayamos hacia atrás, como ocurrió esta semana. Cualquier medida, por severa que sea, no debe ser vista como un atentado a los derechos humanos sino como una responsabilidad institucional para salvar vida.
Los organismos jurisdiccionales deben verlo desde este punto de vista antes de aprobar suspensiones o amparos. La realidad mortal del coronavirus va más allá de los instrumentos legales, cuyo principio rector debe ser la vida humana. Y hay que tratar de difundir todo lo que sea necesario para los obtusos, los tercos e ignorantes, porque al final del día son eje importante de contagios, con su forma pueril de ver la enfermedad. El cubre-bocas debe ser obligatorio, como lo es en la Ciudad de México, en donde el gobierno impondría sanciones a quienes no cumplan. Si como dicen las autoridades sanitarias, léase Hugo López-Gatell, que nunca volveremos a la normalidad plena, entonces es un buen principio irse acostumbrando a vivir aplicándose las medidas sanitarias para salvar nuestra vida y de los demás.
Tampoco hay que ignorar que esta situación de apatía e irresponsabilidad ha dejado muchas muertes en el sector médico. Con justificada razón han enviado cartas para crear consciencia ciudadana. Son quienes siguen pagando una cuota impresionante de vidas y contagios por salvar la del resto. Y es una barrabasada que haya quienes sigan empeñados en hacer de la sana distancia, del lavado de manos o del uso del cubre-bocas, una broma. Pese a las protestas de quienes por necesidad apremiante tienen que salir a trabajar; de aquellos sectores que han sido muy afectados económicamente, como el caso ya mencionado de los trabajadores del sector turismo y otros, el gobierno estatal tiene que tomar medidas drásticas para evitar más contagios y muertes.


































