Hoy nuestro país está al punto del colapso, y no se diga de los mexicanos, pues el presidente de la república Andrés Manuel López Obrador sigue viviendo en su “país de las Maravillas”. Sigue desmantelando las instituciones con el pretexto de acabar con “la corrupción”; ahora con su supuesta “Santa Guía moral”, que ya plasmó como lectura obligatoria y que se tienen que adoptar como paliativo a todos nuestros males, y en especial para Pío y Felipa, su prima. ¡Vaya cinismo!
Por otra parte, la estabilidad económica —que forma parte esencial para México— hoy está por los suelos, pues se vive una incertidumbre total al no existir seguridad económica para garantizar las verdaderas necesidades y proyectos del país. Los principales actores públicos que están al frente son viles floreros que dañan a la nación de una forma considerable e irremediable ante la falta de responsabilidad para la toma de decisiones, y no desarrollar e implementar un plan emergente o mecanismo económico para enfrentar la crisis provocada por la pandemia del Covid-19. O sea, simplemente la inteligencia económica no se les da.
Lo cierto es que “La esperanza de México” es una farsa, pues la esperanza debe estar puesta en la Inversión Privada (IP) siendo que esta es primordial para el crecimiento económico, y obviamente para lograr el desarrollo de la inversión pública con fondos privados. Sin embargo, es importante brindar certidumbre jurídica, regulatoria y demás garantías para darle esa seguridad económica al inversionista que hoy se están alejando del país, porque en lugar de crecer, vamos decreciendo, es decir, vamos en picada. La falta de prioridades para la sostenibilidad del pueblo mexicano en los diversos sectores es elocuente. La caída del empleo ante el cierre de cientos de empresas y otras miles que están tratando de sobrevivir ante una cruda realidad económica y sanitaria. ¡No hay esperanza!
































