Como si fueran objeto de un juego perverso, totalmente inoportunas por las condiciones económicas que ha traído consigo la pandemia de Covid-19, la bancada del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en el Congreso local, aprobó dos leyes: la de Residuos Sólidos, que se podría en marcha el pasado 25 de octubre, luego de un compás de espera de al menos un año y la llamada “Ley Anti-chatarra”, que prohíbe la venta de bebidas con alto contenido de azúcar y alimentos con exceso de calorías a menores de edad. Dada la ignorancia que prevalece en el citado órgano legislativo, dichos instrumentos generaron controversia, además de que carecen de leyes secundarias, por lo que su operatividad y aplicación no han tenido éxito. Como lo hemos publicado en nuestras páginas, en entrevistas con comerciantes y locatarios en mercados, ambas leyes han anticipado severos problemas económicos, algo en lo que nuestras eminencias legislativas jamás repararon siquiera.
El pasado 25 de octubre entró en vigor la Ley sobre residuos sólidos. La citada norma contempla prohibir y sancionar la venta o distribución de envases producidos con tereftalato de polietileno, es decir, del llamado PET, para un solo uso. A partir de dicha fecha quedará prohibida la venta de refrescos o agua, en recipientes de plástico, tan comunes en el consumo del vital líquido o bebidas gasificadas. Sin embargo, no ha sido posible y tiendas de autoservicio o misceláneas siguen vendiendo los productos con sus respectivos envases de plástico. En circunstancias diferentes a las de hoy, posiblemente muchos habríamos de aplaudir la visión de nuestros legisladores en torno a la protección de la salud y el medio ambiente. ¡Vaya!, defensores del entorno ecológico, de la comida vegana y saludable; consumados ambientalistas. Sin embargo, nada tan inoportunas en momentos cuando la pandemia ha hecho estragos en la economía.
Pero, mientras nuestros legisladores aprueban y aprueban leyes, allá en las cúpulas del poder público, la tendencia es todo lo contrario. Y es el tema de las energías en donde se pone de manifiesto esta doble moral. Hay una escalada brutal para que México siga dependiendo de la generación de energía eléctrica, de hidrocarburos y carbón mineral, es decir, de elementos fósiles. Si hay algo de congruencia entre nuestras lumbreras legislativas, ¿por qué no apoyar la generación de energías limpias, de las que Oaxaca es pionera a nivel nacional?
Zócalo: ¿Hasta cuándo?
Hace días estuvo en Oaxaca el embajador de los Estados Unidos en México, Cristopher Landau. Recorrió las calles del Centro Histórico y según testigos, visitó el Centro Cultural Santo Domingo, el Museo, nuestras iglesias coloniales, mercados, galerías, etc. La idea que se llevó de nuestra capital, es de encanto y fascinación. Es decir, nuestra capital tiene un espíritu que cautiva; un imán que atrae a propios y extraños. Justo el pasado lunes trascendió que fue considerada como una de las ciudades más bellas del mundo. Sin embargo, la imagen del zócalo de la capital va en franco deterioro. El corazón de la ciudad; uno de nuestros sitios más emblemáticos, ha ido sucumbiendo ante la abulia y el desinterés de las autoridades. Algo que me cuesta trabajo entender es el por qué no se ha acudido a la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH), para cuestionar las llamadas medidas cautelares, que protegen a unos cuantos indígenas triquis que, desde 2010, se apropiaron de los pasillos del Palacio de Gobierno.
Según juristas y profesionales de los derechos humanos, el citado organismo internacional no solapa conductas que afecten la gobernabilidad ni la paz social. Por ello, consideran que hay argumentos suficientes para reubicarlos ante el daño a la imagen de una ciudad, catalogada como Sitio de Monumentos Históricos, por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y Patrimonio Cultural de la Humanidad, por la UNESCO. La pregunta es, ¿qué se esconde detrás de ese temor, de esa apatía o terror a que una defensa de la ciudad se asuma como violación a los derechos humanos? Pasará otro sexenio, como el anterior, sin que se mueva un dedo para restituir a los citadinos su Centro Histórico. Hoy mismo, el zócalo está convertido en un estercolero. El comercio en la vía pública, a pesar de la contingencia por la pandemia, ha asumido su huésped más distinguido. Inamovible y permanente.
En años pasados, cuando el magisterio afiliado a la Sección 22 realizaba sus marchas, llevaba como cola a comerciantes en la vía pública. No sólo oaxaqueños, sino de Puebla, la Ciudad de México y otras entidades del país. Cuando instalaron su plantón, también se convertía en un gigantesco tianguis. Y desde el mes de mayo se quedaban hasta las fiestas de julio, aprovechando la afluencia del turismo. Lo que sorprende es que las autoridades tanto estatales como municipales, ninguna se comprometa para desalojarlos o reubicarlos. Lo usual es que unas les echen la bolita a las otras. Pero ninguna resuelve.



































