(Segunda parte)
El distintivo y la marca “Hecho en Oaxaca” quedaron formalmente registrados por la Secretaría de Economía (SE) del gobierno del estado. El fin de un distintivo de denominación geográfica es proteger a los productores que se encuentran dentro de ella ante las copias producidas en otras regiones.
Más allá de la falta de imaginación y lo trillado del logotipo es necesario conocer más de este proyecto que, debiendo haber sido debidamente socializado, al menos entre quienes podrían ser beneficiados, es probable que simple y sencillamente se imponga por orden del ejecutivo.
Lanzar un distintivo es bueno, lo malo es gestionarlo a la ligera.
A esta iniciativa le falta algo muy importante, sobre todo en Oaxaca: la vinculación de ciertos productos con la cultura y, por tanto, la voz y el voto del sector cultural en la planeación, diseño e implementación de lo que el mundo conocerá como “Hecho en Oaxaca”.
La falta de la voz de la cultura en la promoción de bienes surgidos precisamente desde el fondo de la cultura popular provoca la apropiación de ésta a manos de oportunistas ajenos, pero con contactos políticos y capital de sobra.
El mezcal es claro ejemplo. Entre el bando del Consejo Mexicano Regulador de la Calidad del Mezcal, A.C. (Comercam) y de la “cámara empresarial” que carece de registro legal, pero tiene miembros influyentes, “Cámara Nacional de la Industrial del Mezcal, A.C.” (Canaimez) han arrastrado nuestro legado cultural al terreno de la corrupción, provocando un deterioro de la imagen de Oaxaca, toda, en el exterior.
Sin problema puede dejarse en manos de la SE el manejo de cuestiones industriales, como la minería o los molinos de viento, pero no debe dejarse exclusivamente en sus manos lo que tenga que ver con el patrimonio cultural, tangible e intangible, que por derecho nos pertenece a todos.
Oaxaca es un caso especial. Así como el norte del país presume su vocación industrial y tecnológica, nuestra tierra presume su cultura y sus raíces ancestrales. Por tanto, hay asuntos que no deben ser gestionados desde el simple punto de vista mercantil.
El divorcio entre economía y cultura va dejando damnificados a su paso. Los pequeños productores, que son mayoría en Oaxaca y que definen y determinan mucho de nuestro patrimonio gastronómico, como las tlayuderas y las tlayuderías callejeras, las tejateras, las tamaleras, pequeños chocolateros, panaderos o conserveros, son medidos y tratados injustamente por regulaciones diseñadas para el sector agroindustrial, como si fueran las grandes empresas del norte o del bajío.
El trabajo de estos pequeños productores es, simplemente, ignorado. Ni son agroindustriales ni son artesanos. ¿Alguien ha visto que Aripo otorgue algún apoyo a quienes no hagan textiles, alebrijes o cerámica? Pues los pequeños productores también son artesanos, agroartesanos sería el nombre correcto.
La falta de comprensión hacia la cosmovisión oaxaqueña los lleva a querer introducir una industrialización que no ha funcionado. Los intentos se han hecho, pero todos han fracasado, aunque también ha sido un redituable negocio para quienes ostentan membretes de supuesta representación empresarial.
Dicen las reglas de uso de la marca Hecho en Oaxaca que la SE conformará un órgano auxiliar y operativo denominado “Consejo Técnico de la Marca de Certificación Hecho en Oaxaca”; también dice que podría invitar a personajes destacados, pero sin darles ni voz ni voto. Así es, esto es una burla para la cultura.
Invitarán a organismos empresariales “representativos”, pero nada garantiza que dichos organismos no sean más que “membretes” de oportunistas y traficantes. La participación de la cultura es la mejor alternativa.
Dicha certificado se aplicará a los “productos más representativos”, representatividad que ellos mismos definirán como, por ejemplo, la inclusión de la cerveza artesanal, un producto que se elabora en todo el mundo y nada tiene de representativo de Oaxaca. La falta de cultura, pero el amor al dinero será la norma.
Se aplicará con base al origen geográfico, lo cual no tiene problema alguno, pero ellos calificarán los procesos y la calidad, sin aclarar qué parámetros usarán. Una vez más, ante la falta del elemento cultural lo único que harán será aplicar normas desarrolladas y definidas para la gran industria y que para los pequeños productores será imposible cumplir por lo complicado y costoso. Ejemplo de ello son las normas de “inocuidad”, que fueron definidas por y para la gran industria alimenticia trasnacional, pero que querrán aplicar a las tejateras, las tamaleras o las tlayuderas si quisieran que su producto tuviera el distintivo. ¿Habrá algo más oaxaqueño que esos alimentos? No y, por tanto, por derecho les correspondería la certificación si están hechas dentro de nuestra tierra.
La implementación de un certificado es buena idea, pero debe ser acorde con nuestras raíces y no una copia de otros planes. (Continuará)
Twitter @nestoryuri



































