Según el Consejo de Evaluación de Política de Desarrollo Social Nacional, en México aproximadamente 55.6% de la población se encontraba en pobreza alimentaria en 2016, alrededor de 56.1 millones de personas; revela por primera vez el estudio Escala Mexicana de Seguridad Alimentaria (EMSA).
En un comunicado, la institución detalla que una persona está en pobreza alimentaria si el individuo no cuenta en todo momento con comida suficiente para llevar una vida activa y sana, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
De acuerdo con lo establecido por la LGDS, la medición de pobreza incluye dos grandes rubros: a) el ingreso de los hogares y b) las carencias sociales en materia de educación, acceso a los servicios de salud, acceso a la seguridad social,, calidad y espacios de la vivienda, acceso a los servicios básicos en la vivienda, acceso a la alimentación y de cohesión social.
Ya en contexto puedo decir que esa es la evaluación que hizo la exquisita burocracia tecnócrata hace dos años, por lo tanto, el drama alimentario de los mexicanos marginados debe ser más desgarrador en el 2018. En lo personal siempre he desconfiado de las evaluaciones burocráticas centralistas, sin embargo, debo citar dicha evaluación como referencia obligada, al no tener otra a la mano. Por lo demás, el sentido común y la observación personal se imponen en este tema tan delicado y de tanto impacto social y político.
Para medir el hambre de muchos millones de mexicanos, no es necesario recurrir a la estadística burocrática, basta con recorrer las regiones y los municipios incomunicados del territorio nacional. Para cualquiera de los puntos cardinales que dirijamos la mirada veremos comunidades sumidas en la pobreza extrema y por lo tanto con hambre generacional y hereditaria. Por mi profesión y por haber recorrido la mayor parte de los estados de la república conozco esa amarga realidad.
El hambre es un doloroso fenómeno mundial, dicho sea esto sin la menor intención de justificar la falta de atención adecuada a ese tema de parte de los gobiernos. El hambre es inherente a todos los animales y por lo tanto, es inherente a los humanos y de los pueblos. No es un reto de un individuo, ni siquiera de un gobierno, porque va mucho más allá de la economía, la política y las buenas intenciones de desarrollo social.
La causa primaria de ese mal llamado hambre es la corrupción. Corrupción repartida, solapada y presente en cada una de las esferas universales de la actividad humana. Esa corrupción es falta de solidaridad humana, no hay de otra. La solidaridad auténtica, es el fruto que no ha sido cultivado con suficiente eficacia por nuestra raza, a pesar de que los campos están abiertos y dispuestos a producirla.
Con tristeza vemos que las universidades y los centros de investigación científica, en pleno tercer milenio no han desarrollado la ciencia solidaria y fraternal que la humanidad reclama para que todos los seres tengamos alimentos suficientes. A pesar de los avances científicos y tecnológicos, los laboratorios del conocimiento solamente han produciendo una sociedad que no ha superado las cuatro necesidades elementales que tenía el hombre cavernario y que aún tienen todos los animales.
Los animales como nuestros ancestros cavernarios, sólo se preocupaban por: comer, aparearse, defenderse y dormir. Observemos que no hay diferencia valedera, entre la guerra que los hombres cavernarios hacían entre las tribus, y la guerra que unos cuantos gobiernos o grupúsculos adinerados, hacen para engordar con alimentos en abundancia, mientras la mayoría de la humanidad padece hambre.
Mi invitación es a que todos unidos, luchemos para superar esas cuatro necesidades elementales de los animales, incluido como ya se dijo, ese animal inmensamente potencial que se llama hombre. Esto es importante. Y ¡Hay que decirlo!
Es mi opinión y nada más…
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