El actor mexicano Mario Moreno Cantinflas tiene su historia ligada a Oaxaca: su padre fue empleado del correo en Tlacolula y luego en Oaxaca entre los años de 1927 y 1933. Aquí se formó como actor y su madrina fue doña Cristina Pérez Guerrero. Fue un excelente cómico por su forma cantinflesca de hablar; fue el mejor mimo pagado de la historia de nuestro país. Pero lo que sucedió tres días antes de la Masacre de Tlatelolco es lo que hoy comento: lo que Cantinflas dijo esa noche y lo que ocurrió después ante 300 estudiantes que luego murieron.
Todos sabemos que el 2 de octubre de 1968 ocurrió la Masacre de Tlatelolco, en donde aproximadamente 300 estudiantes fueron asesinados y México entró en shock. Pero tres días antes, el 29 de septiembre, sucedió algo que casi cambia la historia. Cantinflas actuaba en el Teatro de los Insurgentes ante unas 2,000 personas, entre ellas estudiantes “revolucionarios”, y de repente alguien gritó desde el balcón:
—Cantinflas, dinos. Queremos pelear.
Todos se pusieron de pie. Si Cantinflas decía “peleen”, México ardería esa noche; si decía “no peleen”, traicionaba al pueblo. Lo que dijo en los siguientes tres minutos salvó o condenó miles de vidas y cambió su carrera iniciada en 1933 en Oaxaca, la cual podía transformarse para siempre. Todos sabemos que 1968 fue un año de fuego en México. El gobierno preparaba las Olimpiadas.
Quería mostrar al mundo un México moderno, ordenado, perfecto. Pero los estudiantes veían otra realidad: pobreza, represión y corrupción. Desde julio las protestas crecían. La Universidad Nacional y el Instituto Politécnico tenían decenas de miles marchando. El gobierno respondía con violencia: granaderos golpeando estudiantes, tanques en las calles, y todo México miraba dividido entre el gobierno y los estudiantes.
Las figuras públicas guardaban silencio. Era demasiado peligroso tomar posición. Todos, excepto uno.
El 29 de septiembre de 1968, a las 8:30 de la noche, Cantinflas se preparaba para su espectáculo semanal en el Teatro de los Insurgentes. Paco, su asistente, entró nervioso esa noche:
—Jefe, hay problema.
—¿Qué problema?
—La audiencia está llena de estudiantes revolucionarios, con pancartas y consignas.
Mario miró por la cortina. Efectivamente, la mitad de la audiencia eran jóvenes con banderas rojas y puños alzados.
—¿Por qué están aquí?
—Porque creen que vas a decir algo, que vas a apoyarlos.
—Yo no hago política en mis shows.
—Lo sé, pero ellos esperan que hables.
—¿Y si no lo hago?
—Van a decepcionarse. Y un revolucionario decepcionado es peligroso.
Mario sintió un peso en el pecho. No había buscado esto; solo quería hacer comedia. Pero México estaba en crisis y, consciente o no, era una voz que la gente escuchaba.
—Está bien, hago el show normal. Si gritan, improviso.
Salió al escenario. La ovación fue ensordecedora, pero no era una ovación normal: era expectativa.
Comenzó su rutina con chistes sobre burocracia y políticos corruptos, material seguro. Pero después de 20 minutos ocurrió algo: un estudiante se paró en el balcón. Era un joven, tal vez de 20 años, con voz temblorosa pero firme:
—Cantinflas…
En ese momento el teatro se silenció.
—Sí —dijo Mario, tratando de mantener el tono ligero.
—Necesitamos saber: ¿estás con nosotros o contra nosotros?
—¿Contra ustedes en qué?
—En la revolución, en la lucha contra el gobierno opresor, en todo.
Mario sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Dos mil personas esperaban su respuesta. Mitad estudiantes revolucionarios, mitad clase media asustada.
Si decía “estoy con ustedes”, se convertía en líder revolucionario. El gobierno lo destruiría. Pero si decía “no estoy con ustedes”, traicionaba a la juventud y se volvía símbolo del sistema corrupto. No había respuesta correcta.
—Joven —comenzó Mario cuidadosamente—, aprecio tu pasión. Todos la apreciamos, pero yo soy comediante, no político.
—Todos somos políticos. Cuando México sangra, nadie puede quedarse neutral.
Más estudiantes se levantaron gritando:
—¡Dinos qué hacer! ¡Eres voz del pueblo!
Mario levantó las manos pidiendo silencio.
—Está bien. Si quieren que hable, hablaré. Pero tengo que ser honesto, completamente honesto. ¿Aceptan eso?
—Sí.
Mario respiró profundo. Sabía que esas palabras definirían su legado.
—Hace 40 años yo era como ustedes. Joven, pobre, enojado. Crecí en Tepito. ¿Saben qué es Tepito? Es donde la gente sobrevive, no vive; donde los niños mueren de hambre mientras políticos comen caviar.
Los estudiantes aplaudieron.
—Yo también quería revolución. Quería quemar el sistema. Quería justicia. ¿Y saben qué hice? Nada.
Confusión en la audiencia.
—No hice nada violento. No quemé edificios. No lancé piedras, porque mi madre me dijo algo que nunca olvidé: “Mario, puedes destruir un sistema en un día, pero construir uno mejor toma generaciones”.
Mi revolución no fue con armas: fue con las risas de un pueblo ávido de felicidad.
Usé la comedia para criticar la corrupción, para exponer injusticias, para hacer que la gente pensara. Y funcionó más que cualquier bomba, porque la risa desarma, la risa une y la risa dura.
Un estudiante gritó:
—¡Pero la risa no detiene balas! El gobierno nos está matando.
Mario bajó del escenario y caminó hacia el estudiante.
—¿Cómo te llamas?
—Roberto.
—¿Cuántos años tienes?
—20.
—¿Y estás listo para morir?
—Si es necesario.
—¿Por qué?
—Porque México vale la pena.
—Estoy de acuerdo. México vale la pena, pero tu vida también. No quiero que la desperdicies.
—No es desperdiciarla, es sacrificio.
—Roberto, si mueres mañana, ¿qué cambia? El gobierno sigue, la corrupción sigue, todo sigue. Solo habrá un joven menos que pudo haber hecho una diferencia real.
Más estudiantes gritaron:
—¡Cobarde! ¡Vendido!
Pero Mario no se detuvo:
—No soy cobarde. Soy realista.
Jóvenes, he vivido 57 años. He visto revoluciones. He visto protestas. He visto sangre. ¿Y saben qué aprendí? El cambio real no viene de morir heroicamente; viene de vivir tercamente, de levantarse cada día y hacer un pequeño bien, de usar la voz, el arte y el trabajo para mejorar una vida a la vez.
Un estudiante mayor se levantó:
—Sabemos que el 2 de octubre habrá una marcha grande en Tlatelolco. Todos vamos. Necesitamos saber: ¿vienes con nosotros?
Mario sabía lo que venía. Tenía contactos en el gobierno. Le habían advertido.
—No voy.
Hubo abucheos.
—Tengo miedo —dijo—. Tengo miedo de morir. Tengo miedo de dejar a mi familia. Y está bien tener miedo. El miedo no es cobardía: es instinto de supervivencia. No vayan el 2 de octubre. Sus vidas valen más que un punto político.
Tres días después ocurrió lo que temía: la Masacre de Tlatelolco.
En la Plaza de las Tres Culturas había 10,000 estudiantes reunidos en protesta pacífica. Helicópteros lanzaron bengalas: era la señal. Francotiradores dispararon contra la multitud. El ejército entró disparando sin discriminar. El ataque duró tres horas.
El gobierno dijo oficialmente: “20 muertos”. La realidad fue distinta: entre 300 y 400 cuerpos fueron retirados en camiones militares.
Mientras tanto, en su casa, Mario veía las noticias. Primero dijeron “incidente menor”. Luego comenzaron a filtrarse imágenes: cuerpos, sangre, gritos.
Entre ellos reconoció a Roberto.
Años después, recordando estos hechos, se mantiene viva la memoria de ese momento. Hoy lo traigo nuevamente porque Mario Moreno “Cantinflas” murió el 20 de abril de 1993 en la Ciudad de México, donde había nacido el 12 de agosto de 1911, a la edad de 82 años.
Oaxaca de Juárez, Oax., a 20 de abril de 2026
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la
Federación Nacional de Asociaciones
de Cronistas Mexicanos A.C.





































