Era un niño, pero dada mi cercanía con el periodismo y los periodistas, guardo memoria del sexenio de Luis Echeverría, el sexenio caracterizado por “el estilo personal” de aquel locuaz parlanchín que describió Daniel Cosío Villegas.
Con aquellos recuerdos en mente fui uno de los que no se dejaron seducir por el flautista de Hamelin; no creí en el mundo maravilloso prometido por el presidente, que bien podría llamarse “el mundo al revés”, un mundo en donde existen un lobito bueno, una bruja hermosa y un pirata honrado.
Sí en aquellos años Cosío Villegas pedía un psicoanalista para Echeverría, hoy muchas voces sensatas piden un psiquiatra para AMLO. El “síndrome Echeverría” se repite, corregido, aumentado y convertido en tragedia, en el “síndrome López Obrador”.
El problema del presidente es el poder. Lo tiene, pero carece de la sabiduría y sensatez para usarlo. Antepone sus complejos, traumas y revanchas y termina creando un gobierno, una república y un país de un solo hombre, una sola voz y una sola opinión. Los regímenes de un solo hombre tienen nombre: dictaduras.
El mundo de la niñez y la juventud del presidente ya no existen, pero quiere llevarnos de vuelta a un edén que jamás existió más que en sus propios sueños. El discurso revolucionario de Echeverría lo convirtió de uno disque transformador y anticorrupción. Ni Echeverría fue revolucionario ni este presidente es ajeno a la corrupción.
A partir de ahora y hasta las elecciones del 2021 es muy importante mantener la memoria colectiva de los fracasos, abusos y omisiones del régimen ante la intención de distraernos con una consulta de juicio para los expresidentes.
Humilló a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, hizo de su presidente, Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, un sirviente y éste le dio el instrumento que buscaba para estar en las boletas de 2021. La independencia del Poder Judicial ha muerto y su prestigio esfumado.
Acabó con guarderías y estancias infantiles, un indispensable apoyo para millones de mujeres que deben trabajar. Las mujeres no están dentro de sus prioridades.
Desapareció un magnífico programa de salud, el Seguro Popular. Obligó a millones de personas a pagar por tratamientos que antes el Estado asumía o los obligó a buscar la carísima medicina privada.
Los niños con cáncer son una afrenta brutal y su desdén rencoroso agrava no solo a los niños y sus familias, envenena y divide a la sociedad. No hay consulta distractora que nos borre de la memoria la triste mirada de cada niño preguntándose por qué a él y a esa corta edad.
Atacó al ejército y la marina durante dieciocho años, los acusó de los peores crímenes y abusos a derechos humanos. Hoy, a los mandos los llena de obra pública, a los soldados los convierte en albañiles; a la Guardia Nacional en el servil muro de Trump.
Canceló una gran obra de infraestructura, el aeropuerto de Texcoco, y todos los desarrollos tecnológicos e inmobiliarios que crecerían a su alrededor. Medio millón de empleos perdidos; pero demostró qué él manda.
Se acabó el fondo petrolero y se apropió de los fideicomisos de ciencia y tecnología, va por las Afores y tal vez, como López Portillo, se vaya contra los ahorros y los bancos. Dejarnos sin ciencia y tecnología es dejarnos desnudos ante un futuro tecnológico que está muy cerca.
Sus universidades, programas clientelares y obras faraónicas están consumiendo todo el presupuesto, pero sin resultados positivos ni transparencia en el uso de recursos. La asignación directa de contratos es muy superior a lo que hizo Calderón o Peña Nieto. Igual en la contabilidad de muertos, en apenas dos años ya superó todos los parámetros del horror.
Desde los tiempos del viejo régimen, ningún presidente había tenido tanto poder. Y se ensaña con la prensa, a la que no tolera a menos que se dedique a aplaudirlo. Más que un presidente parece un predicador que simplifica al mundo en dos cosas: estás conmigo o estás contra mí.
En medio de esta nube de opio retórico de reivindicación social y venganzas personales con el que engañó a millones, es importante dejar constancia de que no todos creímos en su mundo al revés. No existe el pirata honrado.
Acabar con las instituciones para concentrar todo el poder en su persona, manejar la economía con criterios ideológicos, negarse a reconocer la existencia de voces discordantes y darles el respeto que merecen muestra que el presidente no es una persona para el diálogo, que lo suyo es el eterno monólogo mañanero y lo nuestro escucharlo, creerle y obedecer.
Estamos de vuelta en la presidencia imperial, en el poder absoluto y metaconstitucional en manos de una sola persona que hará todo lo posible para mantenerlo y heredarlo a un sucesor a modo. Pretende ocultar su fracaso detrás de una consulta inútil.
Twitter @nestoryuri



































