Nos fuimos en mi primer auto. Un Volkswagwen 1976. Las placas eran MYC085. Me lo había regalado mi padre unos meses atrás por mis 20 años. La “Banda ligera” nos hacíamos llamar, todos residentes de Tlalnepantla de Baz. Jamás lo hubiéramos creído. Era demasiada belleza esa, y por supuesto no lo supimos controlar. Desde las tres o cuatro de la tarde nos reunimos en las canchas deportivas para tomar unas cervezas y escucharlo, ahora tan cerca, enseñarnos sobre la vida, el amor, la libertad, todo eso que junto llamamos poesía. Traía cada uno sus cintas de hits, los datos en la cabeza, los veo como si fuera ahora, quisiera tal vez que fuera ahora, vestidos más cucos, peinados para atender el ritual, luciendo más que nada la vehemencia, ese nerviosismo que da la adicción a la pura vida. Prendimos el amplificador del autoestéreo, abrimos camiones de cerveza y empezamos a cantar. ¿Y cómo no? ¡Carajo! En el Auditorio Nacional de Paseo de la Reforma, por ahí de los años 88, se daba el acontecimiento: desde la hermana república de la Argentina, nuestro gurú, sensei, padre y hermano y cómplice y alcahuete y luz y diccionario y bosque y electrocardiograma y mejor vino del mundo, el tao antes que nadie y así sería ad vitam aeternam, mandado por los dioses, en pocas horas y a unos kilómetros de distancia: Charly García en concierto.
No pudimos haber hecho otra cosa mejor. Nos emborrachamos. Nos pusimos a la altura de sus sueños. No me interesa y ni podría, por más que lo quisiera, relatar aquí lo que vivimos miles de pares en ese gran poema que se escribió esa noche. Acortaré. Acabando el concierto, toda vez que la seguridad se encargaba de desalojar el inmueble, y dado que todos los que apenas habíamos alcanzado a pagar un boleto de la más alta gayola fuimos invitados a bajar a las graderías inferiores, pudimos colarnos sin ser vistos hasta las puertas restringidas para gafetes “All Access”. No duró. Al llegar a la última puerta un par de policías nos pararon en seco, las mentiras que inventamos les dieron risa. Todo estaba perdido, no podríamos jamás ver al jefe. Tan lejos y tan cerca. Pero el deseo lo puede todo. Y bueno, todo el dinero, chamarras, relojes, y hasta zapatos que uno lleve consigo. Compramos el “ábrete sésamo” y ahí, al cabo de un rato, hasta con varias cervezas invitadas por un par de chicas del staff, lo vimos salir. Apareció el mago con su gente, a carcajadas, cigarrillo en boca, toalla al cuello, y luego de unos segundos de descongelamiento, abrí mi gran boca: “¡Buenas noches, maestro! ¡Que descanse! ¡Gracias!”. “Buenas noches, chicos, y que no descanse ninguno de nosotros”.


































