Ahora que Flávio Bolsonaro se postula como candidato a la Presidencia de Brasil ha lanzado como propuesta de campaña la castración química para los violadores.
Eso que está haciendo tiene nombre y lo hacemos sistemáticamente en México incluso fuera de campañas electorales: populismo punitivo.
Aquí ya hemos, por ejemplo, ensayado propuestas de campaña como “pena de muerte a secuestradores” con relativo éxito en el electorado.
A diferencia de otros países, donde el incumplimiento de propuestas de campaña en caso de llegar al poder es causal de activación de la revocación de mandato, nuestros partidos, coaliciones y candidatos pueden proponer cualquier ocurrencia aunque no se pueda o no se quiera cumplir.
Ello ha hecho posible que los procesos electorales sean concursos de ocurrencias para capitalizar la indignación, la rabia o la esperanza de los electores.
Y una de las líneas de promesa preferidas es el populismo punitivo, que consiste en proponer nuevos o mayores castigos a los delitos.
O incluso proponer la creación de nuevos tipos penales.
El ansia de poder nos hace jugar con algo tan serio y delicado como la legislación sin ver o considerar otro tipo de repercusiones que tiene que ver con lo deficiente de nuestro sistema de procuración e impartición de justicia.
Y es que si tuviésemos fiscales, ministerios públicos, policías investigadores y jueces infalibles, todo eso estaría perfecto.
Pero lo que sucede en la realidad es que todos estos servidores públicos fallan, porque lo seres humanos somos falibles, pero además porque en nuestro sistema hacen falta arreglas muchas cosas para funcione de manera aceptable.
Probado está (estadísticamente) que más delitos y mayores penas no reducen la criminalidad.
Y más aún, tratándose de cierto tipo de delitos (como muchos de naturaleza sexual) se cometen de manera oculta. Sin testigos.
Y el hecho de que el dicho de las víctimas tenga valor probatorio preponderante a la hora de juzgar, abre la puerta también a la mentira y a la injusticia.
Cuatro son los fines centrales de nuestro proceso penal: esclarecer los hechos, proteger al inocente, castigar al culpable y reparar el daño.
Por eso Piero Calamandrei decía que los jueces eran casi como los dioses, porque juzgar y dictar sentencia es un acto sobrehumano puesto en manos de humanos.
Por eso cuando nuestros candidatos o nuestros legisladores anuncien la propuesta de más y mayores castigos debemos saber, como ciudadanos y electores, qué se pretende con ello.
Si fuera una medida eficaz contra la criminalidad, desde hace mucho que tuviéramos la pena de muerte o la cadena perpetua para todos los delitos.
*Magistrado presidente de la Sala Constitucional y Cuarta Sala Penal Colegiada del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.





























