Un anuncio musicalizado con la canción de “El reloj”, del mexicano Roberto Cantoral, parece transportarnos al pasado. Pero es el presente y sobre la mesa de trabajo están varias piezas y extensibles para los relojes que serán arreglados. El chachachá también se deja oír en la tarde calurosa por la otrora Verde Antequera mientras la gente transita por la calle.
En un pequeño local habilitado junto a las escaleras interiores del edificio están las vitrinas en las que se observan varios relojes. Y detrás del mostrador está Fernando Valdez Cruz, un oaxaqueño de 68 años de edad que aún ejerce el oficio de joyero y la relojería.
Por diversas circunstancias, adultos mayores como él todavía laboran, en su caso desde oficios que con el tiempo parecen desaparecer o que ya no son tan solicitados como antaño, pero que él trata de mantener en el centro histórico de la ciudad de Oaxaca.
Fernando empezó a aprender de joyería en 1969, en un negocio de la calle Las Casas. “Con el tiempo me aficioné al trabajo, en el mismo taller había un señor que trabajaba la relojería y me empezó a llamar”, rememora el adulto sobre oficios que conoció cuando “se vendía mucho la filigrana” o la conocida como “joyería de ramo”. Entonces, todo era artesanal, cuenta quien poco a poco forjó su propio taller y se independizó.
Sin embargo, en 2013 él y otros joyeros de la calle Las Casas enfrentaron un gran fracaso por el desplome del precio del oro. Desde el 2010, el auge de los teléfonos celulares también comenzó a mermar la demanda para la reparación de relojes. Todo ello lo llevó a hacer una pausa de casi ocho años en su labor, en las que solamente hacía trabajos bajo pedido de otros compañeros.
“Estamos ahora más enfocados en la relojería porque la joyería ha decaído, la joyería de oro laminado ha tenido mucho auge, pero que no tiene mucho valor, su valor es el trabajo, pero que no tiene trascendencia. Se despinta y ya no se puede recuperar”.
Antes, explica, la joyería desgastada o fracturada se podía transformar en piezas nuevas. “Pero el oro laminado no sirve porque es un recubrimiento muy delgado”.
Con los relojes, que cayeron en desuso hace más de 10 años, Fernando observa un nuevo auge. “Ese fue el motivo por el que decidimos reiniciar el negocio”, cuenta al tiempo de señalar que ahora hay nuevas marcas de relojes y con relojes que combinan tecnologías mecánicas y eléctricas. Además de que hay marcas clásicas que no pasan de moda.
En medio de las adversidades o las nuevas oportunidades en estos oficios, así como los cambios en esta parte de la ciudad, Fernando intenta sobreponerse.
Hace unos meses que reabrió su taller, ahora en la tercera calle de Carlos María Bustamante, en el nuevo Andador semi peatonal de la capital.
Desde esta calle, don Fernando también restaura las pocas piezas de oro que aún le llevan para recuperar, especialmente si se trata de joyería antigua. Su lugar también le permite observar el paso de las personas y del tiempo, pero también el saludar a quien entra o sale del edificio.
“Me da mucho por observar a las personas y las veo apresuradas, me digo: ¿a dónde van? Se ven apresuradas, angustiadas. Creo que todo tiene que ver con el tiempo, cada quien lo administra según sus necesidades. El concepto del tiempo es personalizado”, reflexiona el oaxaqueño, quien considera que la pandemia de Covid-19, aunque extinta, dejó sus secuelas no solo en la salud sino en el tiempo, en los hábitos y rutinas.





































