Por: Francisco Martínez M.
Hace muchos años, en el valle del antiguo reino de los Señores Mixtepotecas, existían muchos animales viviendo entre la hermosa vegetación, así como grandes árboles que dominaban la llanura, cruzada por varios arroyos, riachuelos y ríos.
Un día, las guacamayas ensayaban sus cantos con sus fuertes voces, era tanto el ruido, que el jaguar se despertó diciéndoles de mal humor que se callaran; las guacamayas indignadas, cantaron más fuerte, entonces todo mundo se despertó. Unos animales reclamaron a las guacamayas, otros al jaguar, algunos a los árboles, e incluso, al amanecer.
La discusión se hizo tan larga y con tantos animales que olvidaron el motivo del reclamo; ahora se dedicaban a reprochar la elegancia de unos o la agilidad de otros, criticaban por igual la forma de un pico, el tamaño de las alas, el color de un pelaje o el tamaño de las garras.
Era tal el ruido que el topo salió de su madriguera, solo para discutir con los tlacuaches. Las truchas también oyeron el barullo, brincaban fuera del agua para escuchar mejor, volviéndose a zambullir después, riendo a carcajadas por el problema, provocando la molestia de las carpas e iniciaron su propia rivalidad.
Solo el cansancio puso fin a la discusión, cada uno se fue a su sitio esperando recuperar fuerzas, no para buscar una solución, sino para seguir el conflicto que se había esparcido como una horrible enfermedad. Lamentablemente todo esto lo escuchó y lo observó con gran dolor la madre naturaleza.
Así llegó la tarde, el cielo se cubrió de grandes nubes; poco después, empezaron a caer grandes gotas de agua que borraban el color de las hojas y de las rocas, el agua de los arroyos se empezó a teñir de muchos colores, ahora parecían de caramelos de muchos sabores.
La lluvia no cesó hasta muy avanzada la noche. Los animales, todos empapados, apenas lograron encontrar refugio entre la oscuridad la lluvia; el caos era tal, que un zorro tuvo que buscar refugio en el sitio de unas palomas que no pudieron llegar a su nido y estas a su vez, se quedaron en la madriguera de un tlacuache, que no tuvo más remedio que pasar con la noche con unos loros muy platicadores que no lo dejaron dormir con tanta charla.
Al amanecer, el sol salió con todo su brillo iluminando el valle entero, cuando se sorprendió al ver lo que había pasado. El jaguar ya no tenía manchas y aullaba como un lobo posado en sus patas de cocodrilo; el perro tenía el pelaje muy largo y cola de armadillo. El cerdo se había hecho tan pequeño que sus orejas de ratón se le veían muy adecuadas, igual que sus alas de mariposa; el caballo estaba cubierto de plumas y se sentía muy raro con esos largos cuernos en la frente.
Todos estaban muy cambiados, incluso los peces ahora tenían unas patitas pequeñitas y sus escamas cubiertas de pelo. Había también un gato revoloteando con grandes alas que se enredaba en las ramas de los árboles, porque no se acostumbraba aún a su cornamenta.
También los árboles cambiaron, pero como ellos se habían mantenido callados, recuperaron su color, la impresión solo se debía a que sobre ellos había plumas de muchos pájaros que parecía que las ramas habían sido pintadas.
En el paisaje aún se notaban muchas manchas de colores, eran de pelaje, escamas y plumajes, entremezclados en los charcos de agua, donde acudían los animales a buscar sus colores para colocarlos en sus cuerpos, pero era en vano, porque después de ponérselos, todo se caía una y otra vez. Absolutamente todos habían perdido el color.
Así transcurrió el día, entre la tristeza de unos por perder su colorido y la extrañeza de otros al no poderse adaptar. Por supuesto, unos de los más afectados eran los peces sintiéndose rarísimos caminando entre la hierba. Unos a otros se veían, trataban de darse alivio, explicando por aquí, el uso de las garras, y por allá, cómo aplicar bien el pico.
Después de varios días esperando a que todo volviera a ser como antes, los animales se dieron cuenta de que lo que pasó, lo habían provocado ellos, por el egoísmo, la vanidad y la envidia que mostraron en otro momento.
Aunque se sentían apenados y tristes, no tuvieron más remedio que aceptar el hecho de que nunca más volverían a ser como antes, sin embargo, cada uno a su manera, prometió un mejor comportamiento pidiendo disculpas.
Al día siguiente, la madre naturaleza conmovida por las sentidas disculpas de los animales decidió darles un obsequio, antes de que despertaran tomó sus pinceles más delicados, los mojó en los más finos tintes y sobre cada uno de los animales trazó aquí y allá pintando hermosos diseños sin dejar un solo espacio sin pincelar.
Al ir de un lugar a otro con tanta velocidad, aquello parecía más una enorme lluvia de color. Al terminar, extenuada, pero con alegría en el corazón, se sintió orgullosa por su obra e incluso convocó al sol para dar el acabado final.
El sol calentó poco a poco los preciosos trazos, se empeñó en darle brillo a cada pequeña parte, consiguiendo también, hacer un ligero cosquilleo en los animales, que poco a poco fueron despertando para darse cuenta de lo ocurrido, todos brincaban de contento, es decir, casi todos, porque los peces, tenían las patitas tan cortas que casi no se levantaban del suelo, pero también estaban muy felices.
Los animales aprendieron su lección, aunque ya no tendrían la forma de antes, ahora ellos se esforzarían por aprovechar sus nuevas habilidades luciendo sus nuevos colores; ahora por dentro también eran distintos, porque eran mejores.
Basado en una idea original de Alexandra Guadalupe Martínez Pérez








































