Héctor Eloy Álvarez Martínez
Corresponsalía en Oaxaca “Ing. Alberto Bustamante Vasconcelos”
Llegué a Oaxaca por primera vez de la mano de mi padre, en el verano de 1967, cuando apenas había dejado atrás la infancia de la primaria. Venía con la ilusión —casi solemne— de quien ha sido elegido: había obtenido un lugar para viajar a la Ciudad de México y saludar al presidente de la República, entonces el licenciado Gustavo Díaz Ordaz.
Debíamos arribar un viernes por la tarde para incorporarme al grupo de niños oaxaqueños que encabezaba el profesor Froylán Vásquez Cruz y partir en el tren de las siete de la noche. Pero el camino, siempre dueño de sus propios designios y con la ayuda de un camión de pasajeros destartalado, nos retrasó. Cuando por fin entramos en la Verde Antequera, el tren ya se había ido, llevándose consigo no solo a la comitiva, sino también una expectativa que, hasta entonces, parecía segura.
A la mañana siguiente acudimos a las oficinas de la SEP, situadas por aquellos años entre el boulevard Vasconcelos y lo que hoy es el polideportivo. Buscábamos una posibilidad, una rendija, mas no la hubo. Nos dijeron, con la sencillez de lo irremediable, que podríamos alcanzar al grupo solo por cuenta propia. No era posible. Y así, sin más remedio que aceptar lo que el día disponía, hicimos de la pérdida una jornada sabatina distinta: caminamos la ciudad, almorzamos en el mercado y terminamos la tarde —endulzando el paladar con un helado— en el zoológico del parque Juárez, el viejo “parque de los leones”, hoy “El Llano”.
Recuerdo aquella Oaxaca como una ciudad apacible y fresca, de pasos lentos y seguros, hecha para recorrerse a pie, como si el tiempo —todavía entonces— se dejara acompañar.
Tres años después, en 1970, regresé. Esta vez no como visitante, sino como quien intuye que ha encontrado su lugar. Vine a estudiar el bachillerato y luego la carrera de medicina en la entonces Universidad “Benito Juárez” de Oaxaca. Aquí se fue trazando, casi sin advertirlo, la forma de mi vida: aquí me casé, aquí levanté mi hogar, ejercí mi profesión y aquí nacieron dos de mis hijos; el mayor, por azar o destino, lo hizo en la Ciudad de México.
Han pasado cincuenta y seis años desde entonces, apenas interrumpidos por el servicio social y por los años en que viví en el entonces Distrito Federal para estudiar la especialidad. Pero siempre regresé. Volví al perfil familiar del cerro de San Felipe, al pregón persistente de la vendedora de tamales en la mañana, a la música que llega de todas las regiones como un eco antiguo, y al sabor —inconfundible— de una tierra que se reconoce también en la mesa.
Todo ello, acumulado en la memoria y en la vida, me concede —así lo creo— algo más que el derecho: me da la certeza de decir que soy, con orgullo, oaxaqueño.










































