Para el artista plástico Max Sanz, crear no significa repetir fórmulas que ya encontraron aceptación en el mercado, sino construir con paciencia un lenguaje propio capaz de reflejar el tiempo que toca vivir. Desde su estudio Tierra Roja, el creador oaxaqueño cuestiona la creciente comercialización del arte y advierte sobre la pérdida de autenticidad dentro de la escena artística local.
Su trabajo parte de observar el contexto contemporáneo. La rapidez con la que cambian las tendencias, la abundancia de información y la transformación constante de las estructuras sociales se reflejan en piezas donde conviven múltiples elementos, fragmentos y formas.
En su escultura, Sanz establece un diálogo entre arte, arquitectura y constructivismo. Trabaja principalmente con metal y estructuras ensambladas para generar piezas de carácter sobrio y monocromático, alejadas de una representación convencional de la estética colorida asociada con Oaxaca.
“Mi obra siempre habla del contexto en el que vivimos”, explica. En sus esculturas, los fragmentos que se ensamblan representan también la manera en que las sociedades rompen estructuras para reconstruirse a partir de ellas.
La pintura, señala, responde a otro lenguaje. El color se convierte en parte del proceso creativo y no necesariamente está definido desde el inicio. Cada pieza adquiere su propio carácter conforme avanza, en un diálogo constante entre el artista y la obra.
Esta búsqueda de identidad también está presente en su trabajo con botellas de mezcal. A partir de colaboraciones con empresas mezcaleras, Sanz decidió alejarse de la etiqueta convencional para convertir el envase en una pieza coleccionable y trasladar a ella elementos de su lenguaje escultórico.
Sin embargo, uno de los temas que más le preocupan es el rumbo que está tomando el arte en Oaxaca. Considera positivo que exista una mayor profesionalización y apertura, pero advierte que la búsqueda de resultados rápidos puede conducir a la repetición de fórmulas exitosas.
“Esta carrera no es de inmediatez; esta carrera es de tiempo y paciencia”, sostiene.
Para Sanz, el problema aparece cuando un artista reproduce aquello que ya funciona comercialmente sin desarrollar una propuesta propia. En su opinión, la escena local corre el riesgo de saturarse de obras similares mientras galerías, instituciones y otros actores del mercado carecen, en algunos casos, de criterios sólidos para distinguir entre una propuesta auténtica y una repetición.

También cuestiona una interpretación de la inclusión que, a su juicio, puede terminar diluyendo los procesos de formación y selección que tradicionalmente permitían a los artistas avanzar hacia espacios de mayor reconocimiento.
“Estamos confundiendo la inclusión con una apertura”, plantea, al recordar que anteriormente existían distintos niveles y procesos para acceder a determinados espacios de exhibición.
Frente a ello, considera que los propios creadores tienen una responsabilidad. Más allá de las políticas culturales, sostiene que son los artistas quienes deben contribuir a definir el contenido y el rumbo de la escena cultural.
Su propia trayectoria está marcada por esa búsqueda. Entre sus influencias menciona a Salvador Dalí, Henry Moore y Anish Kapoor, aunque reconoce que sus referentes han cambiado con el tiempo, como también lo ha hecho su obra.
Una de las piezas que más lo representa parte precisamente de su interés por transformar la concepción tradicional de la escultura: obras que no dependen necesariamente de un pedestal y que buscan relacionarse con el espacio e incluso con el espectador.
Su imaginario mantiene además una relación con figuras animales, entre ellas elefantes, cocodrilos, changos y caballos, una presencia que vincula con experiencias de su pasado y que ha evolucionado a lo largo de los años.
Este año, su trabajo ha ampliado sus escenarios. Participó en un proyecto para llevar arte oaxaqueño a Canadá; además, prepara una obra para una subasta con fines benéficos y contempla una participación en una feria de arte en París junto con la galería PIAF de Oaxaca.
Para Sanz, salir de los espacios habituales también forma parte de la búsqueda. La intención, afirma, es no encasillarse y construir nuevos escenarios para el arte oaxaqueño sin renunciar a su identidad.
El nombre de su estudio, Tierra Roja, resume parte de esa relación con su lugar de origen. Para el artista, el rojo es el color que define simbólicamente a Oaxaca: intenso, fuerte y profundamente ligado a su imaginario.
Desde ahí continúa construyendo una obra que busca, sobre todo, no permanecer estática. Porque si algo defiende Max Sanz es que el arte, al igual que la sociedad que lo produce, debe mantenerse en movimiento.









































