Alonso Tolsá
El ruido de los veraneantes y Cuatro maestros del abismo son libros muy distintos entre sí, por ejemplo, difieren en los géneros que cultivan: el primero se enmarca en la narrativa mientras que el segundo abraza el ensayo. Sin embargo, lo que tienen en común es que fueron escritos por jóvenes oaxaqueños con una distancia de un lustro y que, en el momento de su publicación, y también después, no pasaron por el atento radar de muchos lectores.
En las semanas previas a la que corre llegó a mis manos un libro de relatos de Víctor Vásquez Quintas (1984) publicado hace diez años en la colección Parajes de la Secretaría de las Culturas de Oaxaca. Los cuentos de El ruido de los veraneantes lindan temas como la migración, la violencia y las relaciones interpersonales que conducen a situaciones ejemplares.
De finales desconcertantes e intensa colorimetría local, sobre todo, se trata de un volumen honesto y bien ejecutado: la mayoría de los diecisiete cuentos del mismo guarda alguna relación con Oaxaca, el tono doméstico y el estilo directo delata la influencia de autores como Raymond Carver o Lucia Berlin. Por su manera sencilla en la que están narrados, de entrañable carácter visual, y los argumentos afines a la pérdida y el duelo, mis relatos favoritos son La explicación, Preguntas y El ruido de los veraneantes.
Por su parte, el ensayo de Alejandro Beteta (1990) publicado por la editorial Avispero, propone, desde una perspicaz aproximación, la lectura conjunta de Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche, Robert Walser y E. M. Cioran. Cuatro maestros del abismo tiene una intención biográfica y doctrinal, más su valor no reside necesariamente en lo que dice sino en cómo lo hace.
El desarrollo de un estilo propositivo, rico en hallazgos del lenguaje y síntesis crítica, tiene una profunda relación con el hecho de que Beteta decida revestirse de lector, un prescriptor que comparte con el público el hondo, sereno y metódico estudio de algunos de sus autores predilectos. El libro demuestra una tenacidad por el pensamiento universal.
El incluir a Walser, escritor suizo muerto en 1956, tan poco asociado al resto de filósofos que conforman esta reunión, la vuelve una obra arriesgada y original: es como si ese nombre fuera la pieza faltante del trágico rompecabezas de los siglos XIX y XX, años decisivos entrelazados a las vidas de estos maestros del abismo.
Quién sabe qué fuerzas operan en la suerte de un libro, su vida es una botella en el mar. Estos dos merecen llegar, como arriban las olas a la costa, a las manos de lectoras y lectores alertas.









































