Un premio internacional puede colocar el nombre de un artista en los reflectores, pero para Lukas Avendaño el reconocimiento no cambia el sentido de una trayectoria construida durante tres décadas: trabajar desde la comunidad, acompañar a las infancias y utilizar el arte como una herramienta para abrir posibilidades donde las condiciones sociales suelen cerrarlas.
Hace unas semanas, el artista y activista originario de Tehuantepec se convirtió en el primer mexicano en obtener el premio internacional para las Artes Contemporáneas de la Foundation for Contemporary Arts (FCA).
El reconocimiento, lejos de convertirse en una meta cumplida, parece haberlo colocado frente a una pregunta más profunda: ¿para qué sirve un premio cuando el trabajo cotidiano de un artista sigue ocurriendo lejos de los grandes circuitos institucionales?
Avendaño tiene una respuesta sencilla: el dinero y la visibilidad deben regresar a la comunidad.
En entrevista con El Imparcial, El Mejor Diario de Oaxaca, el artista habló de su trayectoria, de sus primeros acercamientos con la marginación, de su trabajo comunitario y del proyecto que ahora busca fortalecer con los recursos obtenidos del reconocimiento.
Su relato no comienza en los escenarios ni en las galerías. Comienza en el campo.
ANTES DEL ARTISTA, EL CAMPESINO

Lukas Avendaño nació en Tehuantepec en 1977, en una familia de origen campesino. Antes de pensar en el arte como profesión tuvo que enfrentarse a una realidad más inmediata: trabajar para vivir.
Labrar la tierra fue una de sus primeras experiencias laborales. Después llegó la educación comunitaria.
En 1993 se incorporó como instructor del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE) y fue enviado a una comunidad de la Sierra Sur de Oaxaca.
Para llegar hasta aquella escuela primaria tenía que caminar durante aproximadamente 12 horas.
El contacto con las condiciones de marginación de las comunidades rurales modificó su manera de mirar el mundo y, posteriormente, su relación con el arte.
“Mi primera experiencia con la marginación en el estado fue en 1993, yo fui instructor comunitario del CONAFE”, recuerda.
Aquella experiencia se convirtió en un punto de partida.
Avendaño comenzó a desarrollar en su propia comunidad una labor que él mismo describe como gestión cultural. No se trataba todavía de construir una institución formal ni de perseguir reconocimientos. Se trataba de generar oportunidades.
“Me doy cuenta que las condiciones eran pues más extremas y eso me hace que desde ese 94 […] me vuelva como un gestor cultural, digámoslo así, en mi propia comunidad”, explica.
EL ARTE LLEGÓ POR NECESIDAD, NO POR AMBICIÓN

Su formación tampoco siguió una ruta convencional.
Estudió Antropología en la Universidad Veracruzana, en Xalapa, mientras se acercaba al teatro experimental y a los performances. Con el tiempo se acreditó como coreógrafo y desarrolló una trayectoria dentro de las artes escénicas.
Pero Avendaño rechaza la idea de que desde el principio hubiera trazado un proyecto para convertirse en artista.
“Yo nunca me propuse ser artista. Habían urgencias y necesidades que yo necesitaba abordar…”, afirma.
Esa frase ayuda a entender su trabajo.
Para él, la creación artística no surge separada de la realidad social. Está relacionada con la familia de la que proviene, con el lugar donde nació y con las circunstancias históricas del país.
“Yo solamente he venido haciendo el oficio por circunstancias personales, por circunstancias del país en que me ha tocado nacer, por circunstancias de la familia donde procedo, por el contexto sociocultural en el que he nacido”, sostiene.
Su obra, entonces, no puede separarse completamente de su contexto.
TRES DÉCADAS SIN ESPERAR UNA MEDALLA

Avendaño compara su oficio con el trabajo de un campesino.
La analogía resulta reveladora: quien siembra no lo hace esperando que alguien le entregue un reconocimiento por haber trabajado la tierra. Siembra porque necesita producir, alimentar y mantener vivo un ciclo.
“Un campesino no espera que le reconozcan su trabajo, sólo siembra y espera cosechar y espera que ese maíz pues pueda alimentar a su familia”, dice.
Y añade:
“Mi trabajo también ha sido como en esa dinámica”.
Bajo esa lógica, el premio internacional llega como algo inesperado.
Avendaño reconoce que incluso desconocía la existencia del galardón que ahora lleva su nombre entre sus beneficiarios.
“No hay ninguna expectativa de algún día esperar un reconocimiento, sobre todo yo ignoraba, vinculándolo con el premio, que existe este premio como muchos otros que ignoro”, comenta.
La paradoja es evidente: un artista que asegura no trabajar para los premios termina recibiendo uno de los reconocimientos internacionales más importantes de su trayectoria.
UN PREMIO QUE LLEGÓ DESDE DONDE MENOS LO ESPERABA

La sorpresa fue mayor por el lugar de procedencia del reconocimiento.
Estados Unidos es, precisamente, uno de los países donde menos se ha presentado.
“El país donde menos me he presentado del continente es Estados Unidos”, señala.
Por eso, cuando recibió la noticia, la pregunta fue inevitable:
“Cómo este país que en donde tengo menos participaciones me da este reconocimiento”.
Su trayectoria ha tenido mayor presencia en espacios académicos y universitarios, donde su trabajo ha sido utilizado como materia de reflexión y análisis.
“Como mi trabajo pues ha sido retomado generalmente por espacios académicos, en el país donde más me he presentado son espacios universitarios”, explica.
Más allá de los escenarios, esa recepción académica muestra otra dimensión de su obra: su capacidad para generar discusión sobre los procesos sociales, culturales y artísticos que atraviesan su comunidad y su país.
EL PREMIO REGRESA A LA COMUNIDAD

El artista oaxaqueño destinará parte del impulso económico obtenido con el premio internacional a consolidar un espacio cultural para las nuevas generaciones del Istmo. Fotos: FB – Lukas Avendaño
La diferencia entre recibir un premio y apropiarse de él parece estar, para Avendaño, en lo que ocurre después.
El recurso económico obtenido no está pensado como una recompensa personal.
El artista decidió utilizarlo para fortalecer el proyecto comunitario que ha construido desde la década de los noventa.
“Si este dinero no lo esperaba y llegó, pues creo que puede fortalecer este trabajo que vengo haciendo desde el 94”, afirma.
Y anuncia:
“Fue así como yo decido decir, sí, voy a colocar una primera piedra para construir este espacio”.
La iniciativa busca consolidar una comunidad cultural y de aprendizaje vinculada con las artes.
El proyecto ha sido denominado Embajada del Conservatorio de las Artes, ubicado en Finca Santa Teresa de Jesús, en Santo Domingo Tehuantepec, y pretende ofrecer a las nuevas generaciones condiciones para acercarse a distintas disciplinas artísticas.
FRENTE A LA VIOLENCIA, UNA OFERTA DISTINTA

La apuesta de Avendaño adquiere una dimensión particularmente importante cuando habla de la realidad que enfrentan las infancias en el Istmo de Tehuantepec.
El artista observa que la violencia y la presencia del crimen organizado también modifican el lenguaje y los referentes cotidianos de niñas y niños.
“En tanto que el Istmo de Tehuantepec en el semáforo delictivo ha alcanzado los primeros lugares, pues también me doy cuenta que las infancias han adquirido otras palabras, como hablar del ‘crico’”, señala.
Avendaño advierte, indirectamente, que el Istmo de Tehuantepec enfrenta un creciente consumo de cristal entre infancias y juventudes, fenómeno que ha comenzado a reflejarse en el lenguaje y entorno de las nuevas generaciones.
“Las infancias han adquirido otras palabras, como hablar del crico”, señala.
Frente a esta realidad, apuesta por generar alternativas mediante el arte y la música: “Quiero que este espacio también tenga su orquesta de música”, para que las niñas y niños “repitan notas, que solfeen”.
Frente a esa realidad plantea otra oferta.
No pretende resolver por sí solo un problema estructural de violencia, pero sí generar espacios alternativos de formación y convivencia.
“Yo en contraposición a esa oferta […] quiero que este espacio también tenga su orquesta de música”, explica.
Su propósito lo resume con una imagen:
“Que en vez de hablar crico, pues repitan notas, que solfeen”.
La propuesta es sencilla en apariencia, pero tiene una lectura social de fondo: ocupar el tiempo, la imaginación y las capacidades de las infancias con experiencias que amplíen sus posibilidades.
LA SEMILLA QUE SOBREVIVIÓ 30 AÑOS
Uno de los aspectos más significativos de su trayectoria es la continuidad.
El proyecto no nació con el premio internacional. Tampoco comenzó con financiamiento institucional.
Se ha sostenido durante aproximadamente 30 años mediante trabajo autogestivo, tiempo y recursos propios.
“Este proyecto que he enunciado, simplemente es la continuidad de este trabajo que venimos haciendo desde el 94, de diferentes maneras, de manera autogestiva, desde nuestros tiempos, desde nuestros recursos”, relata.
La prueba de esa continuidad está, paradójicamente, en quienes hoy respaldan el proyecto.
Avendaño cuenta que durante los primeros años fue difícil convencer a madres y padres de familia para que permitieran que las infancias acudieran al espacio.
Tres décadas después, algo cambió.
“Ahora este es el tercer ciclo escolar en que el comité de madres y padres de familia me invitan a seguir dando clases”, explica.
Hay un detalle todavía más significativo: algunos de esos padres fueron sus propios alumnos hace 30 años.
“Estas madres y estos padres pues fueron mis alumnos hace 30 años”, recuerda.
Para el artista, esa continuidad representa una forma de legitimidad mucho más importante que cualquier diploma.
“La credibilidad hacia lo que uno ha venido haciendo durante 30 años se ha sostenido”, afirma.
EL VERDADERO PREMIO: QUE EL PROYECTO SOBREVIVA
La visión de Avendaño plantea una crítica indirecta al sistema de reconocimientos culturales.
Los premios pueden proporcionar recursos, visibilidad y legitimidad, pero no necesariamente garantizan que una comunidad artística permanezca viva.
Su experiencia muestra otra ruta: construir lentamente, sostener vínculos y permitir que las siguientes generaciones se apropien del proyecto.
Por eso su mirada no está puesta únicamente en lo que ocurrirá este año.
Está puesta en quienes hoy son niños y mañana serán adultos.
“Quiero pensar que estas infancias que hoy reciban este espacio y estas condiciones materiales para su desarrollo […] en 20 años van a ser los adultos que puedan sostener este espacio”, plantea.
Es quizá la parte más ambiciosa de su proyecto.
No busca que la comunidad dependa eternamente de un artista. Busca que llegue el momento en que pueda sostenerse por sí misma.
SEMBRAR ANTES QUE CELEBRAR
La historia de Lukas Avendaño puede leerse desde el premio internacional, pero hacerlo únicamente desde ahí sería reducir una trayectoria de tres décadas a un reconocimiento reciente.
Su historia comenzó mucho antes, cuando un joven originario del Istmo tuvo que trabajar la tierra, después caminar durante horas para llegar a una escuela rural y finalmente descubrir en el arte una vía para responder a las urgencias de su entorno.
El premio llegó después.
Y, en lugar de convertirse en punto final, parece funcionar como una nueva herramienta para continuar la siembra.
La diferencia está en dónde decide colocar el reconocimiento: no en una vitrina, sino en una comunidad.
En tiempos en que la cultura suele medirse por festivales, escenarios, estadísticas y premios, la experiencia de Avendaño propone otra unidad de medida: cuántas generaciones pueden beneficiarse de un espacio creado para aprender, imaginar y crear.
El artista que acaba de convertirse en el primer mexicano en recibir el reconocimiento de la FCA no parece particularmente interesado en detenerse a contemplar la cosecha.
Prefiere seguir sembrando.










































