El reciente hallazgo arqueológico en la Tumba 10 de Huizo, en Oaxaca, plantea una reflexión que va más allá del inventario de objetos encontrados: ¿qué entendemos por tesoro? Frente a una visión heredada de la Conquista, que asocia el valor con el oro y los metales preciosos, el sitio revela una riqueza distinta, profundamente arraigada en la cosmovisión zapoteca.
Joel Omar Vásquez, director del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), explicó que en el recinto funerario se han localizado cerámica, restos óseos y estuco, materiales que, aunque carecen de valor económico bajo parámetros occidentales, poseen una trascendencia histórica, simbólica y espiritual incalculable.
“Lo que hemos encontrado es cerámica, evidentemente cerámica contemporánea al auge de Monte Albán… ya lo tenemos completamente comprobado”, afirmó.
LAS PIEDRAS COMO ARCHIVO DE LA MEMORIA
La cerámica y el estuco hallados no son simples restos materiales: son lenguajes, testimonios y archivos de una civilización que entendía el mundo desde otros códigos de valor. En ese sentido, la materialidad misma se convierte en discurso.
“Hemos encontrado sobre todo el estuco, que estamos intentando consolidar para completar la pintura mural que todavía se pueda conservar”, detalló Vásquez.
Cada fragmento de muro, cada capa de estuco y cada pieza cerámica habla de una sociedad con conocimientos técnicos, estéticos y simbólicos avanzados. Aquí, las piedras no son mudas: narran una historia de organización social, ritualidad y pensamiento abstracto.
SIN ORO, PERO CON SENTIDO
El director del INAH fue claro al señalar que no se encontraron artefactos de oro, una aclaración que, lejos de restar valor al hallazgo, cuestiona directamente la noción colonial de riqueza.
“Para nuestras culturas prehispánicas era más importante el jade, la jadeíta o la obsidiana; el oro era más importante para los europeos”, sostuvo.
Esta afirmación pone en evidencia un choque de valores: mientras la mirada conquistadora buscaba metales, los pueblos originarios depositaban significado en materiales vinculados a lo ritual, lo sagrado y lo simbólico. El verdadero tesoro, entonces, no es el brillo del oro, sino la profundidad del significado.
LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL DEL RECINTO FUNERARIO
Los restos óseos encontrados serán analizados para identificar a los personajes sepultados, así como su relevancia social. Además, se considera la posible presencia de un animal, probablemente un perro, elemento cargado de simbolismo en los rituales funerarios mesoamericanos.
“Consideremos que por ahí había algún perrito acompañante, como se ocupaba en estos recintos funerarios”, señaló Vásquez.
Este detalle refuerza la idea de que la tumba era un espacio de tránsito espiritual, no un depósito de riquezas materiales, sino un lugar donde se expresaba una concepción compleja de la vida, la muerte y el más allá.
UN HALLAZGO QUE DESMONTA EL RELATO DE LA CONQUISTA
La Tumba 10 de Huizo también tiene una relevancia arquitectónica excepcional, cuyos detalles confirman el alto nivel cultural zapoteca y cuestionan la narrativa de que la Conquista trajo civilización a los pueblos originarios.
“Un hallazgo como el de la Tumba Diez da cuenta de un pueblo que tenía escritura, una cosmovisión y un entendimiento del mundo”, afirmó el titular del INAH.
Así, el sitio se erige como prueba material de una civilización que no necesitó exclusiva y únicamente del oro para construir sentido, conocimiento y memoria. Un tesoro que no se mide en metales, sino en historia viva.











































