Para vincular el arte con la niñez que padece alguna enfermedad y motivarla en un proceso para tratar sus males, el artista oaxaqueño Max Sanz desarrolló una obra en la que colaboraron pacientes del Instituto Nacional de Pediatría. La pieza, una pintura de gran formato (de tres por cuatro metros) fue hecha el pasado 13 de agosto, y se inaugurará el 29 de este mes, en la sede del instituto, en la Ciudad de México.
Max Sanz, quien en otras ocasiones ha compartido su trabajo en sitios distintos a las galerías o los museos, cuenta que la oportunidad de colaborar con menores de edad que plasmaron sus manos en las siluetas de dos elefantes (figuras constantes en su trabajo y que para este caso simbolizan la esperanza) se dio a partir de la invitación del patronato del instituto.
Fue este organismo, que preside Celia Daniel de Mizrahi, el que le externó la intención de dotar de un nuevo rostro a la sede, a fin de integrar a la niñez en actividades artísticas. Si bien, la estancia o visita al lugar tiene que ver con algún padecimiento, la experiencia podría cambiar con la existencia de una obra artística, señala Max, quien complementó la pieza con otros elementos: una campana y libélulas.
Trabajar con más de 150 infantes, que contribuyeron a la pieza, fue acercarse a las realidades de cada menor. Además de colaborar con el personal del instituto y el patronato, durante una jornada que motivó a varios menores.
El mural consiste en 15 paneles en los que Max recreó a los paquidermos sentados en una especie de bancos, como de circos, pero pintados con las manos o pies de los pacientes. Hay, también, una campana que simboliza el fin del cáncer en un niño, quien al superar el padecimiento sigue la tradición de tocar este artefacto.
Las libélulas, que representan a la vida como algo que terminará y en la que lo que cuenta es vivir al máximo el presente, fueron plasmadas en la pintura de fondo negro, que el coautor percibe como fortaleza, serenidad y profundidad, y no como el temor a lo desconocido que podría significar para otras personas.
“Si esa profundidad de donde emergen con todo su poderío dos elefantes blancos que son símbolo de fuerza, sabiduría, lealtad a la familia, inteligencia, fidelidad y longevidad quizá Rafael no les sea indiferente, pues el nombre se relaciona con el patrón de los médicos, las enfermeras y los viajeros, y para mí hoy Rafael está lleno de simbolismo”, externa el artista en el texto que acompaña a la pieza y en el que alude al santo.
Colocada en la sala de consulta externa del instituto, la pieza también habla de la fortaleza y de la enfermedad derrotada por los pacientes que Max ve como personas cercanas a su historia, pues en la adolescencia tuvo que pasar varias veces por los hospitales, a causa de un padecimiento.
Esperanza y regeneración son claves en la propuesta del Max, quien espera que su obra, titulada “Rafael” sea como un personaje que acompañe a la niñez en este viaje para superar las enfermedades, y les ayude a retomar la vida “con una nueva visión”.
“Que esa enfermedad que llegó como un huésped no bienvenido y que se instaló y exigió atención, la invitemos a que se vaya aunque deje un poco de desorden y se quede con la llave. Pero con la esperanza de que en su momento lo único que quede sea el recuerdo de haber vivido con un huésped extraño al que no esperábamos conocer, recordando que no hay lucha que no se gane, ni tristeza que no se acabe”, agrega.
Con esta participación en el instituto, Max espera que sean más los organismos de gobierno u otra índole que se involucren con el arte, pues cree que esta no está inscrita solamente en sitios como los museos o las galerías.
Asimismo, refiere que como artistas debe de haber una intención por contribuir con la sociedad, en este caso a partir de proyectos colaborativos en los que incluso más personas pueden ser parte de ellos.
La obra se inaugura el 29 de agosto y consiste en una donación de Max Sanz al instituto, aunque para su realización hubo recursos conseguidos por el patronato del mismo.











































