El lugar en el que nacemos deja de ser un lugar cualquiera si lo vemos con cariño. Sea este un pueblo, una comunidad, un estado, un municipio, una colonia, un barrio, ese horizonte que miramos de tiempo en tiempo…
… O aquellas montañas que vemos a lo lejos y que se cubren de calma, los ríos y arroyos, los valles, las cuencas, los bosques, la floresta viva, colorida y aromática; las selvas o sembradíos, los árboles que presiden nuestro hogar. Todo esto si se tiene el privilegio de haber nacido ‘tierra adentro’.
Y deja de ser un lugar cualquiera porque es nuestro lugar, nuestro espacio, nuestra gente, el lugar en donde vimos la luz y está enterrado nuestro ombligo y, por lo tanto, lo vemos con la mirada cargada de amor, de afecto, de emoción y de nostalgias si el caminar ha sido largo.
Es el lugar que siempre llevamos en las alforjas cuando viajamos por el mundo, y lo llevamos en el modo de hablar o de caminar, o de reír o hasta en la manera de comer, de platicar, de arrobarse ante tal o cual detalle majestuoso; y hasta cómo entendemos la vida a ese paso tras paso, caminando.
A uno se le reconoce el origen en la forma de hablar, digo; pero también en la forma de mirar y hasta en la forma de expresar cordialidad o repudio; depende. En los gustos alimenticios. En la manera de tomar el pan para mojarlo en el chocolate. En la manera de sopear el guisado… En la manera de percibir los aromas que nos recuerdan a la infancia. La vida está hecha de aromas.
Nos la pasamos en tiempo presente. En nuestro aquí y ahora. Carpe diem. Pero al final de cuentas nuestra vida es lo que hemos vivido, que ya es pasado. El presente está aquí y pronto será pasado, en un tris. Y luego nos la pasamos en busca del tiempo perdido, como Marcel Proust.
Pero hay algo que nos conecta pasado-presente-futuro; es nuestra cultura; la expresión viva de nuestro espíritu, de nuestra ánima, de nuestro ser. Porque a fin de cuentas la cultura nos redime de los pecados cometidos; nos eleva al rango de seres creativos, con imaginación y arte.
Y una de esas expresiones artísticas es la expresión de nuestros usos, costumbres, tradiciones, y esencias puestas en fiesta y algarabía; en cariño y cordialidad; puestas en arte y color, en música y en convivencia y solidaridad; puestas en platillos exclusivos y en bebidas que nos ponen los cachetes rojos:
Es la Guelaguetza, en el caso de Oaxaca. Que más que una fiesta es un ritual que representa la diversidad cultural del estado, que representa las distintas formas de ser en una sola entidad, las distintas maneras de corresponder a los demás porque somos correspondidos. Los muchos que somos uno: oaxaqueños de pies a cabeza…
Y esto de la Guelaguetza viene de lejos. Aunque este 2025 apenas cumple 93 años de ser el encuentro de nuestra identidad racial. La costumbre oaxaqueña de colaborar y ayudar en tiempos de alegría o de tristeza viene de muchos años antes. Es prehispánica y ha sido fiesta.
Porque Guelaguetza ha significado por siglos oaxaqueños dar y recibir, apoyar y recibir apoyo; brindar ayuda para recibir ayuda; ofrecer lo que se tiene y luego recibir lo que otros tienen. Es un encuentro en comunidad entonces y hoy mismo, en cada pueblo, comunidad, ranchería de todos los ámbitos de Oaxaca se lleva a cabo la Guelaguetza cuando hay, por ejemplo, un bautizo…
Todos en la comunidad contribuyen con la familia del pequeño para la fiesta. Con algún alimento, con alguna bebida, con algún producto, con algún animal de traspatio, e incluso, si no se tienen recursos, se contribuye “con ayuda” con “labor” para para engrandecer la ceremonia iniciática de un niño y para que sus padres se sientan orgullosos del día en que su nene, o nena, recibió las aguas bautismales.
Asimismo en otras ceremonias festivas, como casamientos, presentación de niños, primeras comuniones o la fiesta patronal; mucho de ello vinculado con el tema religioso.
Como también ocurre cuando alguien muere. Acude la comunidad para brindar solidaridad y amor; cariño y recuerdo. Pero también ofrece algo para contribuir al duelo, que es de todos. La música es primordial en todo evento.
Y todo esto nos viene de casta a los oaxaqueños. De origen. De saber que entre todos, todo sale mejor. Es nuestra forma de extender la mano, sin remilgos ni condiciones. Así las fiestas, festivales, festividades o dolores, se vuelven compartidos y son más llevaderos; no se está solo y todos son uno sólo. Y seguirá siendo, así pasen los años.
Resulta que en 1931 ocurrió en Oaxaca un gran sismo. Uno de los más trágicos en la historia de México. Fue el 14 de enero de ese año a las 18.50 horas. Un sismo de 7.8 grados con duración de tres minutos.
Aquel terremoto devastó a la ciudad y muchas otras comunidades aledañas. El panorama de la capital del estado era de tragedia. Casas caídas. Iglesias. Construcciones de vida en el piso. Muertos y heridos muchos.
Luego de ocurrida aquella tragedia, el gobierno de Oaxaca se planteó llevar a cabo una festividad de alivio y de encuentro de las ocho regiones en que se divide la entidad. Originalmente se llamó “Homenaje Racial”; además había de celebrarse el 4º Centenario de haberse elevado a rango de Ciudad a Oaxaca –Nueva Antequera-.
El entonces gobernador, Francisco López Cortés planteó el encuentro a partir de la idea de crear una convivencia entre oaxaqueños luego del temblor. Una concurrencia que también tendría que ver con el 4º Centenario y con la Festividad del Día del Carmen.
Sería del 24 de abril al 5 de mayo de 1932, como fue. Hubo encuentro de etnias, sus bailes y su vestimenta, sus costumbres, su alegría. Hubo juegos. Feria. Bandas de música oaxaqueña; lunadas; desfile de atletas; cabalgatas. También la presentación de las embajadoras de cada delegación presente, sus regalos para todos. Porque un oaxaqueño no llega con las manos vacías.
Un momento emotivo fue con el “Dios nunca muere” como fondo musical; se exhibieron al público las joyas encontradas en Monte Albán. En el teatro Mier y Terán (hoy Macedonio Alcalá) hubo conciertos con la Orquesta Sinfónica de Oaxaca, la Banda de Música y la Orquesta Típica.
Para el encuentro étnico se eligió el Cerro del Fortín, que preside la ciudad de Oaxaca y se haría al aire libre para que los oaxaqueños pudieran encontrarse y mostrarse en sus esencias y en su cordialidad y solidaridad compartidas.
El encuentro comenzó a llamarse Guelaguetza a finales de los años cincuenta, en recuerdo de la costumbre ancestral entre comunidades oaxaqueñas. O “Lunes del Cerro”, también. Y se lleva a cabo los dos lunes siguientes a la festividad de El Carmen.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la fiesta que era de oaxaqueños para oaxaqueños; su encuentro cordial y festivo, con sus costumbres, vestimenta, su forma de ser y vivir que ponían en la mano de otros oaxaqueños, hoy ya no es.
El gobierno estatal hace de la Guelaguetza una fiesta en la que predomina el júbilo escenográfico, casi en tono de carnaval, para atraer turistas nacionales y extranjeros que acuden cada año en multitudes para hacer su propia fiesta. Mezcal-comida-bailes-relajo-color-y costumbres “extrañas”-mezcal-bacanal: La locura festiva en tierra extraña.
Los oaxaqueños prácticamente han sido desplazados de su fiesta anual. A la crítica, este año el gobernador Salomón Jara intenta matizar en el discurso, pero sigue firme la idea de hacer un carnaval para turistas y sus invitados de honor…
Los que ocuparán los lugares especiales en el foro Guelaguetza, pagados con recursos de los oaxaqueños, para desplazar a los oaxaqueños quienes, fuera de las representaciones elegidas (a veces con criterios políticos), acuden para mostrar con orgullo su algarabía y sus bailes regionales. Y lo hacen bien. Y lo hacen felices. Porque son orgullosamente oaxaqueños.
Pero la esencia. La emoción. La intensidad y el ritual de extender la mano para caminar juntos, hombro a hombro, corazón a corazón, entre oaxaqueños, ha desaparecido en la fiesta de julio.
Sí: La costumbre, la vitalidad y la solidaridad social y humana permanecen firmes en la costumbre cotidiana de los oaxaqueños, en sus pueblos, sus comunidades, sus municipios, sus montañas y valles y planicies y mares. En sus días de alegría o dolor. En su día a día…
Desde el primer atisbo y hasta el último suspiro. Siempre que se escucha la música que nos abre los ojos al nacer y nos cierra los ojos al morir: “Dios nunca muere”.



































