Migrar siendo mujer: entre la resistencia y la vulnerabilidad
La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos marcó un antes y un después para las personas migrantes. Con políticas claramente antiinmigrantes, su administración endureció los controles fronterizos, favoreció detenciones y deportaciones masivas, y desmanteló el sistema de asilo. En ese contexto, la migración dejó de ser una elección y se convirtió en una necesidad desesperada para miles de mujeres que huyen de la violencia, la pobreza y la desigualdad en sus países de origen.
México, con su historia como país de tránsito, origen y destino, es hoy un territorio donde las cifras reflejan la “feminización de la migración”. Según datos oficiales de la UMPRI, las mujeres en tránsito irregular aumentaron un 472% entre 2020 y 2021. No hablamos solo de números; hablamos de mujeres jóvenes, muchas veces indígenas, con una escolaridad limitada, cargando no solo sus pertenencias, sino también el peso de sus sueños y el miedo a la violencia que acecha en cada paso de su travesía.
Migrar siendo mujer significa enfrentarse a una doble vulnerabilidad. Por un lado, la irregularidad migratoria las expone a delitos, explotación laboral y sexual, extorsión y violaciones a sus derechos humanos. Por otro lado, su condición de género las coloca en situaciones de desigualdad estructural, donde el simple hecho de caminar solas las convierte en blanco de abusos.
La maternidad migrante merece especial atención. Las madres que cruzan fronteras con sus hijos no solo buscan sobrevivir, sino también ofrecerles una vida mejor. En este trayecto, enfrentan la culpa de dejar atrás a sus familias o arriesgarse con ellas en rutas peligrosas. También viven la esperanza de reconfigurar la vida en un lugar más seguro. Este binomio de maternidad y migración se expresa en historias de sacrificio y resiliencia que traspasan fronteras y resisten los límites geográficos.
Ante esta realidad, las políticas de contención no son suficientes. Las estrategias migratorias deben adoptar enfoques de género, derechos humanos e interseccionalidad. Las caravanas de migrantes han demostrado que la solidaridad puede ser un salvavidas en las rutas más inhóspitas, pero es responsabilidad de los Estados garantizar un tránsito seguro, ordenado y digno.
Es hora de escuchar las voces de estas mujeres y reconocer que no migran por elección, sino por necesidad. Su valentía no debe romantizarse, sino respaldarse con políticas públicas que aseguren su protección y bienestar.
Migrar no debería ser sinónimo de peligro, y mucho menos para quienes cargan la vida en sus brazos.
Si de verdad queremos construir un mundo más justo, debemos empezar por dignificar las historias de estas mujeres que, al cruzar fronteras, nos enseñan que la resistencia tiene rostro de mujer.
X @Natali_Cruz_


































